Octubre del 2013. Diego Guerrero abandona el Club Allard. La dominicana María Marte se hace con las riendas del emporio gastronómico madrileño, uno de los restaurantes más reputados del panorama gastronómico madrileño. Así, una chef joven, desconocida y sin experiencia, se puso al frente de uno de los pocos restaurantes españoles que lucían dos Estrellas Michelin. Y el resto de la historia todos la conocemos. Renovación brutal de la carta y filosofía del local, la guía Michelin manteniendo las preciadas estrellas rompiendo con su proceder habitual (siempre un cambio de chef había supuesto una pérdida de las codiciadas estrellas), éxito entre los medios especializados, multitud de galardones tanto a nivel nacional como internacional y, lo que es más importante, un local lleno día sí y día también para disfrutar de la cocina alegre, sensual y moderna trasformándose el club Allard de un gran restaurante a un restaurante superlativo. Y es que la chef centroamericana se convirtió en algo más que una gran cocinera, mostrándose casi como una figura icónica en todos los sentidos, aunando su personalidad arrolladora con la magnífica dirección en la sombra de Luisa Orlando. Un gran equipo, gestión más talento. Todo iba a pedir de boca, y nunca mejor dicho. Porque el club Allard es una rara avis en el mundo de la alta gastronomía. Normalmente el Chef es el máximo responsable en los fogones y en los despachos, aunándose en una sola persona todas las decisiones y responsabilidades. En pocos ámbitos tanto empresariales como artísticos se da esta curiosa circunstancia, sorprendentemente asumida con normalidad en el mundo gastronómico. Pues en el Club Allard no es así, presentando una sana bicefalia entre dirección y cocina.

Enero del 2017. María Marte anuncia que abandona la dirección del Club Allard para volcarse en un proyecto solidario en la República su tierra natal. Pocos días después, se anuncia que el chef Jose Carlos Fuentes asume los galones del restaurante madrileño. El Club Allard se volvía a reinventar. Nuevamente Luisa Orlando asumía otra apuesta arriesgada, porque indudablemente en un mundo tan formal, tradicional y apegado a lo “ya conocido” como es la alta gastronomía, cualquier pequeño cambio es un riesgo. Y más cuando no hablamos de renovar la decoración o de actualizar la carta, incluso de cambiar de chef, sino adoptar una nueva filosofía y un enfoque diferente, atacando al corazón y esencia de un restaurante, la personalidad de su chef ejecutivo.

Mirado desde fuera está claro que cambiar cuando todo va sobre ruedas, como era el caso del Club Allard, implica un tremendo riesgo. Todos conocemos esos aforismos de lo no arregles lo que no está estropeado, etc. Pues sí, pero a veces no. Porque tanto o más peligroso es cerrar los ojos a la realidad, y analizando la situación desde un punto de vista estrictamente empresarial, quizás más aventurado se puede considerar el intentar prolongar etapas que tienen una clara fecha de caducidad.  Y es que a veces el éxito puede ser el peor placebo contra el comienzo de una enfermedad (ya lo decían los galenos clásicos, más vale prevenir que curar…) y con más motivos en la gestión de una empresa. No hay que olvidar que un restaurante como el Club Allard es una empresa, peculiar pero una empresa a fin y al cabo, que cuenta con la suerte de contar como máxima responsable con una figura de la valía y personalidad de Luisa Orlando que ha demostrado reiteradamente su olfato para afrontar los cambios necesarios en la dirección del Allard sin que la tiemble el pulso.

Veremos cómo se desarrolla la nueva apuesta del Club Allard, pero si hubiera que apostar, vistos los antecedentes, habría que apostar por Luisa, que ya ha demostrado una innata capacidad para afrontar las dificultades. Y que mayor reto que reinventar el éxito una vez más.

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