«El rico desaparecido. La hermosa de la ficha de juego. El periodista casado con la noticia. Los restos humanos encontrados en la alcantarilla. El cadáver emparedado. La cofusa confesión de la hija del capitán. El culpable murió proclamando su supuesta inocencia.»

Crónica de la España negra. Francisco Pérez Abellán.

3 de noviembre de 1913. Al alba. En las afueras de la ciudad. Un pelotón de fusilamiento y tú frente a ellos. Un nudo en la garganta, pero tranquilo, a fin de cuentas el tema del fuego y las balas no son nuevas para ti. Aunque en esta ocasión sea algo humillante para un héroe de la guerra de Cuba por aquello de la batalla de Peralejo, pero bueno, las cosas son como son y en esta ocasión, como en tantas otras, las cartas te han venido mal dadas.

Tiemblas. No trates de disimularlo o decir que es porque hace frío. Más frío te vas a quedar cuando el piquete del pelotón grite eso de «carguen, apunten, fuego». Frío y tieso. Pero cada cosa a su tiempo, y de momento parecen tomárselo con calma, y tú tienes tiempo para reflexionar y recordar. Te llamas Manuel Sánchez López, natural de Coruña. Sargento por méritos bélicos y demás honores, si bien estos quedaron en agua de borrajas cuando volviste a pisar tierra firme y en lugar de matar insurrectos, lo que matabas era el tiempo jugando a las cartas y apostando. Eso fue el comienzo de tu fin. Lo que se te antojaba como un plan perfecto, fue la gota que colmó el vaso en forma de un cúmulo de chapuzas dignas de folletín.

Un intento de tragar saliva que no lleva a nada salvo a que sientas la boca seca, y nuevos recuerdos. Los apuros. La tensión. El ver que de galones no se vive y la necesidad imperiosa de conseguir una buena racha. Y en mitad de todo eso, tu objetivo que apareció como salido de la nada en mitad de ese Madrid de sombreros, coches de punto y tintes de modernidad con tanto automóvil ahumando el ambiente. El pichón se llamaba Rodrigo García Jalón. Un viudo adinerado con dos pasiones en esta vida: las mujeres y el juego. Y la verdad es que no andaba muy falto ni de lo uno ni de lo otro. Pero con lo que no contaba era con la presencia de un tercer elemento en la ecuación. Un as en la manga, por seguir con esto de los temas de cartas y demás sacacuartos donde te desplumaban a diario, tu hija María Luisa. Se habían conocido en el café San Sebastián hacía unos meses y le conocías de oídas. De hecho, fue ella quien te habló de él y el resto fue coser y cantar. La muchacha estaba cansada de la vida que llevaba, incluyendo una relación incestuosa contigo, o al menos eso es lo que han pregonado a los cuatro vientos los plumillas que han cubierto el caso, y cuando se volvieron a encontrar en la calle Montera, exprimió al máximo la situación familiar en la que vivíais. Deudas… Agobios… Miseria… El bueno de Rodrigo mordiendo el anzuelo y un ofrecimiento escapando de su boca: dar alojamiento a María Luisa y sus cinco hermanos en su propia casa. Emoción al escucharlo, lágrimas de felicidad y una fecha: el 24 de abril para que dieras tu consentimiento, que para estas ya se sabe que sin un sí de por medio, las lenguas de doble filo atentan contra el honor, y en los hombres como tú eso sólo se puede saldar de una manera muy parecida a tu situación actual: pistolas, al alba y diez pasos antes de abrir fuego. Aunque, siendo justos, en esta ocasión el duelo está un poco desequilibrado en tu contra.

Y llegó el día. Y García Jalón se presentó en tu casa de la Escuela de Guerra. Y allí estaban los dos. Sentaditos como dos pimpollos ante una mesa. Él de espaldas a la puerta, y tú entrando con sigilo. Un martillo en la mano y empezó el baile. Dos martillazos. Su cabeza estallando como un melón maduro. La excitación de volver a sentirte en combate y sabiendo que la buena racha que llevabas esperando demasiado tiempo estaba por fin llegando, haciendo el resto. Ojos coléricos. Un cadáver a tus pies. Y hora de hacerlo desaparecer. Eso sí, lo primero es lo primero: los cuartos. Un registro rápido y tu cara convirtiéndose en un poema. Los labios apretados bajo el mostacho engomado que calzas cuando descubres que solo lleva 20 duros encima y una ficha del Círculo de Bellas Artes valorada en 5.000 pesetas. En especias el muerto calza un reloj de bolsillo con leontina, un dije y un par de anillos. Nada más, aunque no estés para razonarlo y asumir la derrota y te líes a machetazos con la ropa. Un pensamiento fijo en la cabeza: seguro que lleva algo escondido en un bolsillo interno.

Pero no. Verdes las han segado. Ni un perra chica más sacas de él y ahora vienen las prisas por hacer desaparecer el cuerpo. Una orden, que para algo has llegado al rango de capitán de reserva en la plaza Conde de Miranda, y María Luisa obedeciendo: poner a aceite a calentar, que ha llegado el momento de desmembrar el cuerpo y tampoco es plan que toda la casa huela como el tajo de un carnicero. Machetazos certeros. La cabeza, a la cocina de carbón. Las vísceras, por el desagüe. Las extremidades y demás despojos, entre dos muros de la planta superior de la casa. El resto, a emparedarlo y a las pocas horas ni rastro de lo que se ha cocido allí dentro. Sólo es cuestión de esperar un poco, tomarse un chato para templar los ánimos, recuperar el aliento y empezar a darle salida a lo que has pillado.

Y aquí empiezan los problemas. El primero, cuando Rodrigo García Jalón se volatilizó. Demasiada gente le echaba en falta y empezaron las pesquisas sin que tú supieras qué se estaba orquestando, más aún cuando la noticia llegó a oídos de Francisco Serrano Anguita, periodista en nómina de El Imparcial y éste empezó a ganarse los garbanzos. Preguntas y pesquisas. Y tú, primo, yendo a la calle Barquillo a dejar en prenda las alhajas que te quemaban en las manos y que te morías por fundir en metálico.

Pero hay más. Lo que en verdad querías cambiar, y cuanto antes, era la ficha de mil duros del Círculo de Bellas Artes. Esa era la piedra de bóveda con la que poder saldar las deudas, pero claro, ya eras conocido por esos lares y tampoco era plan entrar como Pedro por su casa. Las ganancias no habrían llegado a salir por la puerta, así que mandaste a María Luisa. Otro error. Uno más. Era norma de la casa que las mujeres no entraran, pero pensabas que con ese quintal encima harían la vista gorda. Pero no. La única vista que pintó algo ahí fue la que se alegraron el grupo de babosos que se comieron a tu hija con los ojos, al tiempo que le decían que se fuera por donde había llegado. Esa ficha sólo podía retirarla su propietario, y si éste no estaba presente, por muchos vínculos afectivos que hubiera entre ellos dos, no iba a ver ni un duro. Así que nada, el castillo de naipes cayendo por su propio peso. María Luisa saliendo a la calle, tu interrogándola con la mirada. Un movimiento de negación y cara de circunstancias. Hora de salir de allí sin llamar la atención, pero la llamasteis. En concreto la de un botones, de nombre Antoñito, que os siguió con la mirada hasta que os engulló la muchedumbre.

El resto, aún está demasiado reciente como para que te detengas a recordarlo. La detención… El tratar de inculpar a tu hija de los hechos… El hallazgo de los restos en el alcantarillado bajo tu casa… El pestazo al aparecer los brazos y las piernas… Y una sentencia que ya conocías de antemano: consejo de guerra, con lo que todo eso acarrea y puede resumirse en los nervios previos a una ejecución que parece tomarse su tiempo, y el sentir cómo el corazón se desboca en tu pecho cuando una voz grave da la orden de cargar y apuntar. El resto no llegas a escucharlo. Sólo sientes las balas haciendo su trabajo y cuando hacen blanco y ponen fin a una existencia que arrastraba demasiadas malas rachas consecutivas. Tu vida.

 

Fuentes:

http://www.abc.es/abcfoto/revelado/20141031/abci-crimen-capitan-sanchez-201410301903.html

El crimen del capitán Sánchez

Crónicas de la España Negra. Francisco Pérez Abellán. Págs. 31-35.

 

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