“Y continuó con su relato.

Fue el primer día de los Pirineos, el del Tourmalet y el Aubisque. Ya sabes que anduve muy bien cuesta arriba allí. Lo que no le he contado a nadie es que a veces, en mitad de la tormenta que nos estuvo cayendo durante toda la jornada, yo sentía la estela ardiendo en mi pecho, pues la llevaba en un bolsillo del maillot. Y te juro que aquello ocurrió, no me lo invento, aunque realmente no tengo explicación alguna. Y, con todo, no fue lo más raro…

Subíamos el Tourmalet escapados Benoît Faure y yo. Solos, todos los demás a muchos minutos. Había un montón de aficionados allí, pese al mal tiempo, a la niebla, al hecho de que la carretera fuera solo una cambera embarrada donde las curvas patinaban y los precipicios estaban, sí, demasiado cercanos. Hombres y mujeres tapándose en cualquier sitio, bajo los pocos árboles de la zona, refugiados en un saliente rocoso, con boinas y sombreros que chorreaban de agua a esas alturas, animándonos a gritos. Y entonces pasó. Fue en una curva muy empinada, a izquierdas, una que está casi en la cima del puerto. Allí apenas podíamos ver un par de metros por delante de nosotros, tan espesa era la niebla. Pero, creo, a ninguno de los dos nos importaba, porque Faure es de un pequeño pueblo muy cerca de Saint-Étienne, un sitio con cuestas y puertos y bosques, donde la niebla empenacha también las mañanas, como en Cantabria, así que estaba acostumbrado. Y yo…bueno, sabes que me gusta salir a entrenar cuando hay niebla, porque el mundo me parece distinto, y jamás reconozco los lugares por los que paso aunque los recorra cada día. Es algo…mágico, ¿no?

Entonces la vimos. O, más bien, la vi. Estaba en la cuneta, en plena curva, solitaria, nadie a su alrededor. Era como una aparición en mitad de las nubes. Iba igual que la primera vez que la vi, con un vestido claramente insuficiente ara los Pirineos con el que debía estar muriéndose de frío. Un pañuelo anudado en la cabeza era la única diferencia. De su cabello, empapado, caían gotas de agua. Pero era ella, sin duda. Por los ojos. Los ojos, aquellos ojos verdes que escrutaban, que miraban más allá de lo que se ve.

Yo alcé mi rostro, clavé las pupilas en las suyas, la vi sonreír. Miré a Benoît, quería preguntarle si él también la veía, porque aquello me parecía demasiado irreal, pero estaba completamente concentrado, el rostro vuelto al suelo, y ni siquiera alzó la cara cuando le hablé en mal francés. Entonces pasamos a su lado, justo a su lado, mi cuerpo agotado a menos de medio metro del suyo. Y me habló. Me habló. Me dijo unas palabras muy claras. Ten cuidado con la fuente, montañés. Lo escuché perfectamente, como te escucho a ti ahora. Y después, nada. La blancura, la enorme tempestad que nos devoró a los dos. Ella quedó atrás. Lo que fuera ella. Mi sueño, mi imaginación, una persona real. Quedó atrás…

Y, ¿sabes lo más curioso? Me caí bajando el Tourmalet. Me caí yo solo, por mi culpa, no como en el Aubisque, que me tiró un imbécil con el coche. Fue en la última curva, después de haber hecho todo el descenso a rueda de Faure, que conocía mejor el terreno. Bajamos tranquilos, sin arriesgar, sabedores de que hasta la meta quedaba aun un mundo. Y allí donde terminaba la cuesta, en el cruce que literalmente ponía final a ese espacio alucinado que era el Tourmalet aquella mañana, con sus ríos cruzando el camino, sus cascadas que caían sobre tu espalda haciendo daño, allí, justo allí, me resbaló la rueda de atrás y me fui al suelo, golpeándome incluso la cabeza. Me quedé atontado unos segundos, medio minuto quizás, y cuando me despabilé…no podrás creer lo que vi. Una fuente, una fuente justo en un sitio donde hay un cartel indicando la carretera que lleva al Aspin. Donde yo me había caído. Ten cuidado con la fuente, montañés. ¿Qué te parece? Es para temblar, ¿no?

Yo a esas alturas no sabía que responder a Trueba. Lo conocía desde hacía tiempo y las bromas, las fantasías, nunca fueron lo suyo. No era un tipo aburrido, pero tampoco inventaba jamás una historia por entretener a sus oyentes. Eso hubiese ido completamente en contra de cierto sentido de la hidalguía qu tenía arraigado muy adentro. Así que…sencillamente me quedé en silencio, me guardé para mí la pregunta que me salpicaba en la lengua desde hacía un tiempo, y lo animé, más tarde, a continuar. En voz muy baja. ¿La volviste a ver, Vicente? Y el hizo un gesto que yo no supe interpretar, siempre fui torpe para esas cosas. Y continuó su relato.

Volvió a aparecer. Cinco veces más. En las etapas más importantes. La vi en una de las curvas del Braus, pero allí iba en un pequeño grupo y entre la velocidad, la gente y el propio trazado de la carretera apenas me pude fijar. En serio, te podría jurar que estaba allí, pero también que jamás una mujer con sus características estuvo en aquel puerto. Pero no tengo dudas del Allos. Allí sí, a pocos metros del cielo, en un camino estrecho y rectilíneo. Recuerdo que la saludé, recuerdo que me saludó. Vas bien, montañés, me gritó, en mitad del resto de los gritos de la gente. Muy bien, intenté responder yo en voz bien alta, pero aunque tengo vozarrón allí, entre el calor y el esfuerzo, tan solo me salió un pequeño hilillo. También apareció su figura en el Galibier, y en el Aravis. En el primero fue especialmente extraño, porque estaba situada a la salida del túnel. Tú no has estado allí, y te va a resultar difícil comprenderlo. Ese túnel…es diferente. Único. Porque estás subiendo hasta el mismísimo cielo y, de repente, te metes en las tripas de la tierra. Una línea recta de casi cuatrocientos metros. Parece poco, ¿verdad? Pues no lo es. Aunque no te lo creas allí hay un instante en que la oscuridad es total. Un puñado de pedaladas, nada más, pero es suficiente, te lo juro, para aterrarte. Piensa que llegas con las piernas temblorosas, con la cabeza un poco atontada por la altitud, por el mismo esfuerzo…y entonces es como si se hiciera de noche en un instante. Es aterrador. Allí adentro hay silencio, solo se escuchan los jadeos de los ciclistas, el silbar de las ruedas sobre las piedrecitas que recubren aquel camino. Pero, al margen de eso, silencio. Es como si la montaña se te hubiese tragado, glotona. ¿Sabes? He subido dos veces el Galibier y en ambas he tenido la misma sensación. Que aquel puerto maldito no me iba a soltar, que me quedaría para siempre pedaleando en aquel espacio negro que no es de tiempo. Estremece, de verdad.

Y entonces ella.

Tragó con fuerza. Creo que si le hubiese dicho algo en aquel preciso instante se hubiese asustado. Porque Vicente había olvidado que yo estaba con él.

No tenía que estar allí. No era lógico. Quiero decir…si hacer el esfuerzo de subir hasta el final de la tierra para ver a los ciclistas lo más normal es que te apostes en una curva empinada, en algún lugar desde donde puedas atisbar varios kilómetros de carretera. No, desde luego, en la boca de salida de un túnel justo al comienzo de un descenso. Pues ella estaba, qué importa lo que quiera contarte, ella estaba. Vestía diferente esta vez, con un largo abrigo blanco que la hacía refulgir por encima de aquella montaña parda y antipática. Me miraba igual que me miraba siempre, con sus ojos de acechar, de depredador en la noche. Me miraba y yo la miré, claro, y ella me habló. No vuelvas a subir el sillín, montañés, me dijo, y en ese momento una enorme bola se me hizo zquí, en el estómago, como si hubiese firmado un contrato sin haber leído la letra pequeña. Muy extraño. Y encima la piedra empezó otra vez a palpitar, a encenderse, a desprender calor. Al terminar la etapa, cuando me quité el maillot, sobre la piel del pecho tenía una marca circular con extraños símbolos. Como si me hubiese quemado. Solo que minutos más tarde ya no estaba, y hasta dudo que alguna vez estuviera, porque al final el Tour es un lugar donde te llevan al límite, y uno nunca puede creer todo lo que ve, o lo que escucha, porque igual ni ha pasado, y es todo cosa del cansancio, y de la falta de oxígeno, y del morirse un poco que es lo que vamos a hacer a Francia. No sé. Lo que te puedo asegurar es que esa vez me lancé puerto abajo, enlazando una curva tras otra, aterrado. Al día siguiente, en el Aravis, volvió a aparecer, justo después de un cambio de vertiente, cuando la carretera se retorcía camino hacia un riachuelo. Intenté no mirarla, pero lo hice. Y siento que ella pudo notar mi esfuerzo, pudo notar que claudicaba. Y se echo a reír. Te lo juro, se echó a reír muy fuerte, tanto que pensé que iba a provocar un alud en mitad de los Alpes. Así que aceleré, me fui para adelante, intenté alejar de mí aquella imagen. Pero, ¿sabes lo que más me asustó? Que nadie más parecía verla, nadie hacía gestos jocosos al ver a aquella mujer tan hermosa en mitad de un col salvaje, en sitios extraños, con ropas que turbaban la imaginación. Nadie. Solo yo.”

  • “Una pulga en la Montaña”
  • Autor; Marcos Pereda
  • 978-84-946928-9-5
  • Editorial: LIBROS DE RUTA

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here