Los gestos de complicidad se suceden a su alrededor. Luís mira al resto de compañeros de clase desde su asiento. Sonríe a los gestos que recibe. Se siente importante. Además, ella le está mirando. Nota sus grandes ojos azules clavados en la nuca. Se gira y la sorprende sonriendo. Tiene el apoyo de la clase. Está protegido. Nada puede salirle mal. Llega el momento. Con toda la seguridad que Luís ha podido reunir, se levanta. La señorita le mira asombrada. Le cede la palabra. Al principio balbucea pero, en un gesto de aplomo, aclara su garganta y le pregunta con una petulante voz clara: “¿puedo hacer una observación?” Las sonrisas de sus compañeros, aliñadas con gestos de sorpresa, dan paso a alguna carcajada furtiva, resoplidos y bufidos expectantes. La señorita, tras pedir silencio al resto de los alumnos, le dice que sí. Luís, con una gran sonrisa victoriosa, pone su mano derecha sobre las cejas y mira a la clase de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Las risas se vuelven alaridos y aplausos. Recibe una grandiosa ovación. Todo ha ido según lo previsto. Luís sonríe  satisfecho. Es un héroe. La señorita se lleva las manos a la cabeza. El castigo es inapelable. La señorita le ha enviado a meditar a una clase vacía. Estará ahí esperando hasta que lleguen sus padres. Tendrá que decirles que, por esa conducta inapropiada aderezada con el bajo rendimiento académico, va a ser expulsado una semana.

Sus compañeros empiezan a decir que es un castigo injusto. Se levantan al unísono y van al patio prometiendo no volver a clase hasta que perdonen a su amigo Luís. Es su manera de hacer huelga. Tan es así que la profesora, que tiene fama de tolerante, decide reunirse con los alumnos. Le dicen que no puede ser, que ese castigo es demasiado duro. Verían bien otro tipo de castigo, uno menor, pero no ese. Le dejan muy a las claras que opinan que ese castigo es desproporcionado. La señorita les dice que, cuando alguien al hablar de una medida tomada dice que es desproporcionada o injusta, lo que quiere decir en realidad es que no se ajusta a la consecuencia que se había imaginado. Pero eso no quiere decir que sea injusto. Para poner un castigo, les cuenta, se reúne la información que se tiene del hecho y del que lo cometió.

La justicia, les dice, es impartida por un juez sometido siempre al imperio de la ley y de acuerdo a unas herramientas que maneja. No puede ser que un grupo dicte sentencia basándose en sus filias y fobias y que la justicia o no del veredicto dependa de la coincidencia con la decisión imaginada por ellos. La justicia requiere seguir unos pasos, ya que se basa en unos hechos investigados previamente; una presentación de pruebas; la escucha de las distintas declaraciones de las partes; la elección de un escenario de normas aplicables al caso que ocupa; el estudio de agravantes o atenuantes y, tras analizar todo ello, el juez dicta una sentencia. No es una decisión a la ligera de una turba ni de un grupo de amigos tras tomar unas cervezas.

El problema, continúa, es cuando se os muestra que las redes sociales son más importantes que los jueces y juzgados o que cualquier otro poder público. Se os engaña cuando se sugiere que tienen una importancia sobre la vida de las personas que es totalmente ficticia. Es falso y engañoso hacer creer que las decisiones las toma el que más alto grita. Como falso es también pensar que la decisión tomada ha de ser la más retuiteada. O que debe ser la que con más “me gusta” haya sido agasajada. Por más que os hayan enseñado que hay que gritar para conseguir los fines perseguidos, estos se alcanzan con la razón. Es absurdo utikizar las redes sociales, como lo es echarse a la calle, como vemos en las noticias, para conseguir modificar la decisión de un juez. Esas no son más que presiones estériles.

Pero, alegan los chicos, las redes sociales son las que nos informan a diario como antes hacían los periódicos. No, dice la profesora, desde las redes sociales vuestros contactos emiten opiniones interesadas. Sois vosotros quienes tenéis que decidir qué opinión es considerada meditada y reflexionada y cuál es una patochada y una ocurrencia imbécil. Puede ser, además, que se trate de noticias falsas. Las redes sociales pueden ser una herramienta para hacer creer a la gente lo que  uno quiera que piense de determinada información buscando su beneficio. A veces, como esa opinión proviene de un amiguete o de un familiar, la damos por buena sin pensar mucho más y de eso se valen los creadores de opinión para crear una corriente afín.

Abrid vuestros móviles y veréis que esos gurús de la opinión podrán decirnos una cosa o la contraria. Se hacen amiguitos vuestros contando los chistes que analizando los datos compartidos, os gustan. Van publicando sobre vuestros gustos y poco a poco os van metiendo la opinión que os quieran decir. Si miráis el timeline de uno de esos gurús y echáis lo suficiente para atrás en el tiempo, veréis que son capaces de decir lo mismo y lo contrario según sus filias y fobias siempre utilizando como demócrata o no a sus afines o rivales. Son las que yo llamo “paradojas democráticas”. Veréis también cómo se hacen eco de noticias falsas para desprestigiar a sus rivales políticos. Gastan mucha poesía barata, citas falsas de personajes famosos y filosofía de arrabal en querer justificar lo injustificable y en querer criminalizar la corriente política rival. No dudan en hacer, para ello, de las redes sociales y de la calle un tablero de juego. Los únicos tableros de juego válidos. Se está, como podéis ver en las noticias, llegando a un punto en que todo se dirime en las calles. Quieren dictar sentencias sobre temas cruciales en cualquier bulevar o desde cualquier escritorio de un ordenador. Pero el uso de la calle o de las redes para sus fines no implica democracia sino aborregamiento. Ahora lo llaman adoctrinamiento. Todo lo que no es afín es porque el otro está adoctrinado.

Por otro lado, debéis saber que, como Luís va a ser castigado, los que le han animado a hacerlo podrán serlo también. Las cheerleaders de clase que han hecho que lleve a cabo esa broma pueden serlo. El código penal incluye al instigador como coautor del hecho. Atribuyéndole de este modo responsabilidad penal. Dijo todo ello con una sonrisa. Los chicos se miraron sorprendidos ante el giro de los hechos y comenzaron a removerse en sus asientos. Pero, dijeron, no sabíamos que esto fuese así. La señorita les enseñó la famosa máxima que dice que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Una cosa era organizar una fiesta para no ir al cole supuestamente por su amigo y otra muy distinta compartir su mismo castigo o uno parecido. Hubo un murmullo de sorpresa en el grupo de chicos y uno a uno fueron regresando del patio a la clase. Al cruzar el garaje del colegio pudieron ver cómo los padres de Luís le regañaban mientras le instaban a entrar en el coche familiar. Un suspiro de alivio recorrió toda la fila cuando, tras un traqueteo, el coche de la familia se Luís desapareció de su vista. Regresaron al aula y, con ellos, volvió la normalidad al colegio.

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