¡Bueno¡ ¡Aquí estamos¡ Sonrientes y satisfechos, como ciervos corriendo por los prados, como el barco London que surca los paisajes con copas de coñac en las mesas de la proa. Así vivimos. Lo estamos diciendo. Absortos de todo nudo que nos oprime los trajes, pero que creemos correcto. Pero la corrección no existe. Sólo la apariencia, los clubes nocturnos, los jinetes en sus caballos. ¿Para cuándo descifraremos la duda de Hamlet? Hace años que la Unesco no lee a Melville. Pero nosotros protagonizamos lo más hermoso de la vida. ¿Qué vida? Díganme. ¿Pero a qué vida estamos asistiendo? Hay como un teléfono que suena y que nadie contesta. Hemos perdido todo contacto con la realidad. Padecemos una neurosis colectiva que debería acabar en el diván de Argentina. Amarrados a un árbol, como las hijas del Cid, como José Arcadio Buendía en la novela de Márquez, de este modo nos enfrentamos a un mundo que nos coloca hebillas en los muslos que ya no son muslos, sino el Congreso de los Diputados. Así, así, deprisa, que la vida se acaba. “Collige, virgo, rosas”. Untemos el panecillo con mantequilla y devoremos la muerte. “Tempus irreparabile fugit”. Acudamos a los conciertos de rock sin antes pasarnos por los despachos de los sindicalistas. Hemos visto tantas cosas. Quizá demasiadas. Todas sujetas a las cuerdas de los violines. Pero no hemos a/prendido nada. Absolutamente nada. Seguimos llevando nuestros hijos a los colegios privados sin saber que todos los sacerdotes son pederastas. Bien. Exacto. Prosigamos. Prosigamos mirando la televisión como si eso fuera el pulso que desvía nuestro tedio. Hemos de lanzar las televisiones por la ventana. Nos quitan tiempo. El tiempo necesario para escuchar las tormentas desde lo alto de los campanarios de las iglesias románicas. Pero ya no hay tormentas. El tiempo necesario para intentar reinventar el amor. El amor se nos va porque no fijamos el arlequín de sueño que nos cubre el cuerpo, porque no queda ya en nuestras casas una luz del sol, las caricias mientras tomamos el café, la comprensión ante los errores cometidos, la eternización de los instantes, pues dejamos el amor siempre para el día siguiente, pero el día siguiente nunca está, se muere junto a la basura que bajamos a la calle, se va con otro, con otra, con todos. Amar es la única manera de permanecer vivos y colmados. ¿Para qué queremos más? Sólo amando es suficiente para acumular nuestra existencia. Pero hay que observar a su vez todos los mecanismos del Arte. ¿No lo entienden? Únicamente con el temblor del conocimiento, con los sistemas que nos hacen pensar, mirando un cuadro de Paul Delvaux o leyendo a Boris Vian, y amando –un amor que nos satisfaga y que nos haga irreductibles-, es posible continuar en un mundo que afuera, o tan cerca, nos oprime como un atentado de Al Qaeda.

“Amarrados a un árbol, como las hijas del Cid, como José Arcadio Buendía en la novela de Márquez, de este modo nos enfrentamos a un mundo que nos coloca hebillas en los muslos que ya no son muslos, sino el Congreso de los Diputados. Así, así, deprisa, que la vida se acaba. “Collige, virgo, rosas”

Seamos sencillos. No busquemos árbitros de fútbol si no hay un partido en el Estadio Maracaná. Nos hemos acostumbrado a, con una continuación que maúlla, emprender los viajes imposibles. Baudelaire tuvo que desechar su ida hasta la India a bordo de un paquebote. Llegado a la Isla Mauricio, regresó a Francia. Eso está bien. Siempre hay que estar regresando, recuperar la memoria como quería Séneca, pues la vida no es como es, sino como la recordamos –Valle-Inclán-. Como decían los punkies: “No Future”. Así lo vio Foucault y así hemos de verlo todos. Pero no porque no exista el futuro, sino porque nos lo han arrebatado, como pirañas en un aquárium. Existe un modelo de Estado, repartido desde la internacionalidad, que no desea que vivamos más arriba, hacia delante, con sueldos dignos, con el reparto de la riqueza, con la antiglobalización desmontada por el béisbol del Poder. ¿Entonces, qué hacemos? ¿Es imposible cambiar la vida? Creemos que es posible, pero hay que armarse de valentía y entrar en todas las instituciones políticas y económicas con la rosa de Ronsard en la mano y levantar de sus sillones a los que están ingiriendo nuestro mundo a base de cocaína y paraísos fiscales. Hay que entrar en los despachos y sacar, amablemente, a los que nos han dejado sin futuro, sin punkies, sin la generación beat. No leamos jamás ya un periódico. Están todos trucados. La mentira son los días fríos de las empresas privadas que manejan la información. Existe una desinformación generalizada porque nunca se atreverán a contar lo que de verdad ocurre. Incluso Internet, con el tiempo, será sólo un pedazo de madera en manos del Gran Ojo. Hemos perdido el control de los días, de las raquetas de tenis, de los relámpagos. Sólo nos queda esperar o actuar. Entonces. Preguntamos. ¿Qué hacemos? ¿Dónde ponemos el ordenador? ¿Qué escribimos? ¿Para quién? ¿Para qué? Jesús, Gandhi, Giordano Bruno, Martin Luther King, Lennon, todos fueron asesinados por levantar la voz. ¿Acaso queremos que nos den muerte los espías rusos? Nos han quitado la voz. No tengamos ni la menor duda. El que habla, al atardecer, siempre se está muriendo. Ése es el único cantar de gesta. No nos queda nada más. ¿O sí? Preguntamos. Quizá tan sólo habitar en una cabaña muy lejana, toda llena de libros y una máquina de escribir, intentando amar a alguien como nunca lo hayan amado.

“¿Qué escribimos? ¿Para quién? ¿Para qué? Jesús, Gandhi, Giordano Bruno, Martin Luther King, Lennon, todos fueron asesinados por levantar la voz. ¿Acaso queremos que nos den muerte los espías rusos?”

Somos las tuberías por donde corre el agua sucia. Sin embargo, nos seguimos lavando los dientes con un dentífrico de Nueva Orleans con esa misma agua. Tenemos las casas llenas de insectos, que provienen del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo. Nos acusan, constantemente nos están acusando de que somos herejes, mendigos, negros, marxistas. Pero. Pero resistir y actuar ya es tan necesario como creer que Einstein ya no tiene razón. Todo evoluciona, pero nosotros sólo vivimos el instante. “Collige, virgo, rosas”. Y aún, así estamos satisfechos, reímos sobre las plataformas del buque London y seguimos cambiando los pañales a nuestros hijos. Pero llegará el tiempo en que no queden pañales, porque habrán sido incinerados por el agujero de Ozono. ¿A dónde irá toda la porquería? A las tuberías, las que nos han instalado para que dejemos de ser periodistas libres.

Modigliani murió de amor, y no había vendido un solo cuadro, porque pintaba para otro siglo. A Lorca lo fusilaron por amar demasiado. Amor, amor. ¿Por qué nosotros no morimos de amor?, como en las baladas francesas. Sintámonos sólo una balada, un cuerpo diagonal contra otro cuerpo algebraico. Nos han dejado solos. Entonces entreguémonos a esta soledad que tanto nos asusta. Habitemos nuestros dormitorios como si fueran los bosques de Nigeria. Amemos con la fuerza que nos proporciona la juventud o la vejez, los espejos o el juego del ajedrez. Es, creemos, el único modo de reencontrar nuestra identidad, tan perdida como una nave de la NASA. A/proximémonos a las manos que se nos ofrecen cuando llega el invierno, pero ya no tenemos gas porque no podemos pagarlo. Recomencemos el resto del mar que nos han dejado y besemos los pies de quien está a nuestro lado como si eso fuera la última vez que lo hiciéramos. Luego podemos salir al balcón y fumarnos un cigarrillo. Insistimos. Hay tantas cosas por hacer. Hay tanto miedo del cual escapar. No nos dejemos engañar. Ya somos mayores. Hemos cumplido los años de los carpinteros de la Edad Media. No subamos jamás a los barcos. Se acabaron los viajes. O todavía hace falta buscarlos. Pero ¿adónde ir? ¿Hacia qué hielos o hacia qué restaurantes? Si todo está ocupado por los ejércitos y por los libros de los hadiz. Toca esperar. ¿Quieren ustedes que esperemos? No decimos nada. Así que pasen cinco años.

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