Es la hora de regresar. Y lo hace con las manos vacías. En cualquier caso, está acostumbrado. No es la primera vez que Vito deambula sobre el alambre y éste se tambalea. Escapar del nudo de carreteras que envuelve Madrid es un proceso orgánico. O, al menos, se le parece. Supone que una vena insignificante acabe depositando el coche tras un recorrido metódico en una vena principal. El Suzuki Swift no tarda en confundirse con otros vehículos. En ocasiones, Vito cree que el resto de los conductores arrastran historias. Como si, más allá de la mera apariencia, tuviesen su parte de humanidad. Bastan un par de adelantamientos, incorporaciones, cesiones del paso para que se disipe aquella posibilidad. En la jungla urbana tan solo existen enemigos por cada metro² de asfalto. El Suzuki Swift se diluye lentamente en el vacío. El coche de pronto no es más que algo inyectado en un momento anterior. Prácticamente sin origen. Prácticamente sin destino.

Pisa el acelerador. El cuentakilómetros del Suzuki se dispara hacia los 140 km/h. Entonces Vito aparta la vista, como si el salpicadero se convirtiera en el cadáver de un animal en mitad de la carretera. El habitáculo del coche vibra en su totalidad. Primero la A-66. Más tarde, a la altura de Mérida, engancha con la A-5.

Esta vez el viaje resulta insoportablemente monótono. Es la misma carretera que 24 horas atrás. Es la misma carretera, sólo que en sentido contrario. Y en ningún momento lo parece. Vito cree desesperarse. El viaje es como un anuncio de automóviles en el corte publicitario de un telefilm;  por así decirlo, demasiado fiable, demasiado seguro.

El coche se desplaza como una atracción de feria, encorsetado entre raíles.

El horizonte ejecuta el mismo movimiento. Como el correcaminos, avanza a cada kilómetro que recorre el coyote. Aquiles frente a la tortuga. La carcajada de Zenón parece oírse por los altavoces interiores del vehículo. Vito apenas tiene que mantener el volante recto, pisar a fondo el acelerador. Libera el pie del pedal de embrague. Da repetidos golpes sobre el suelo con el pie izquierdo. Un pez fuera del agua. El pie se parece a un animal que se muere lejos de su hábitat.

El tedio de los kilómetros acentúa el hiperrealismo en la visión de Vito. Hasta tal punto, que hay momentos en que no tiene la certeza de conducir un Suzuki Swift azul cobalto de regreso a casa. Las manos pierden sujeción. Parecen posarse sobre algo distinto. Un joystick en imitación al volante de un automóvil. Exactamente igual que el que tenían algunas máquinas recreativas de finales de los años 80.

La desgarradora homogeneidad del exterior es el principal inconveniente. Empuja a la mente a su absoluta dispersión. Como consecuencia de la repetición, el paisaje llega a aparecer ficticio. ¿Quién sabe? Tal vez sólo fuera un decorado. Cartón piedra tras el que se oculta un abismo o la nada. O ambas cosas: una detrás de la otra.

La pérdida de intensidad de la realidad propicia lo absurdo. En más de una ocasión Vito se impele a controlarse. Algo le pide hacer un movimiento solo para descartar lo que asume como imposible. Y aun así lo hace. Con el rabillo del ojo busca una presencia en el asiento de copiloto. Vito sabe que racionalmente es imposible. Partió de Madrid solo. No se ha detenido. Por lo tanto, debe seguir en la más estricta soledad. Lo achaca a una secuela del cansancio. Pese a ello, está seguro de que alguien ocupa el asiento de copiloto.

Una sonrisa apenas invisible. Por más que su mente racional se empecine en negarlo, hay alguien junto a Vito.

Una chica. Un rostro de 8 bits que jamás ha sido contemplado, pero que Vito puede imaginar sin demasiado esfuerzo. El cabello en oposición al viento. Rasgos de una actriz porno angelina. La acompañante del OutRun recorre kilómetros a bordo del deportivo rojo. Y lo hace, sin inmutarse. No tiene otra. Debe confiar ciegamente en el temple a los mandos del piloto que, al igual que ella, es sólo la visión de un tipo de espaldas. Un tipo que fácilmente podías imaginar que eres tú mismo.

Vito controla la necesidad de obtener el respaldo físico. Sus manos en ningún momento llegan a separarse del volante. Lo que no puede controlar es el vacío que se sostiene en su propio pecho. Durante las horas en que se articula el viaje de vuelta, Vito siente una profunda compasión por ella, la chica rubia del videojuego. Su imperiosa necesidad de permanecer serena, condujese quien condujese y, sobre todo, lo hiciese como lo hiciese: bebido, narcotizado o completamente sobrio. En honor a la verdad, no sabría Vito decir cuál de estas circunstancias resulta más desfavorable para encontrarse a los mandos de un Ferrari Testarrossa virtual a más de 160 km/h. Un diseño gráfico que, como consecuencia de la limitada capacidad gráfica de la tarjeta, podría haber sido confundido con cualquier otro deportivo rojo.

La chica lo más que puede hacer es gritar.

El videojuego, como todos los arcade de conducción automovilística, allá por el pleistoceno de aquellos juegos, es mudo. Lo único que el jugador percibe es una horrible melodía. Latina o caribeña según la versión. Una melodía que, en la mayoría de las salas recreativas o bares de los años 80, queda soterrada bajo una nube de ruidos autóctonos. Por si fuera poco, en la posición en la que la chica rubia se muestra, es decir, de espaldas, no hay posibilidad alguna de conocer sus expresiones. Quien maneja los mandos del Ferrari desde la realidad, como en este momento lo hace Vito, no puede interpretar, de sus labios, los gritos y las maldiciones y los tacos que debe exhalar con una voz que imagina que, en caso de haber tenido, es una voz dulce y a la vez arrebatadora. Una voz con la que luego los niños que entonces contaban con 10 o 12 años tendrán sueños eróticos. Y ello, a pesar de que apenas recordarán más que su cabello rubio profundamente oxigenado, oscilando al viento como la bandera de un barco a la deriva. Una voz como tienen las mujeres hermosas que más que hermosas son inteligentes, pero sobre todo lúcidas para comprender los alcances explosivos de su belleza.

Aquello era lo único que le queda a la rubia copiloto. Algo así como una navaja en la caña de su bota izquierda. Eso y agarrarse con todas sus energías, hasta clavar sus uñas esmaltadas en rosa Barbie en los bajos del asiento de cuero del Ferrari virtual. Quebrándolas como si fueran de cristal, mientras permanece aparentemente inalterable.

Ese es el rol de la acompañante rubia del OutRun: kamikaze consorte.

Aquella forma de devorar kilómetros con sabor a nada llega a convertirse en algo verdaderamente insoportable. Vito acaba de tomar la decisión: abandonar la autovía en la siguiente salida. Asume sus escasas alternativas. Solo puede tratar de huir o arrojarse a toda velocidad contra otro vehículo o tal vez contra el seto que crece de forma longitudinal en la mediana. En su estado es como la dulce línea de un pubis femenino. Está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de comprobar que efectivamente el Suzuki Swift surca una carretera de realidad.

Vito pisa aún más el acelerador. Deja entonces de prestar atención a los gritos de atención que marca la aguja del cuentakilómetros. Aún queda un buen puñado de kilómetros para encontrar el siguiente cartel de salida. Prefiere una estación de servicio. Estirar un poco las piernas, comer alguna chocolatina Milka antes de volver a la autovía con la esperanza de que recobre la sensación de pertenecer a la realidad.

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