Seguramente Stefan Zweig fue el escritor más famoso de su tiempo, allá por la segunda mitad del siglo XX. Hoy en día es uno de los grandes olvidados, como un alción que se separa del tiempo. Zweig fue un hombre consciente de su época que narró el catastrofismo de su historia reciente y que por ello tuvo el final que tuvo.

«Zweig fue un hombre consciente de su época que narró el catastrofismo de su historia reciente y que por ello tuvo el final que tuvo»

Gran viajero, este escritor vienés reflejó en sus libros una época convulsa con aparatosidad de baudelairianos elementos biográficos y testimonios documentales que le arrestrojaron a una vida literaria frondada de manifestaciones políticas, sociales y económicas. Le tocó sufrir la Alemania de Hitler, ese señor de wagnerismos helénicos, y se asustó tanto que prorrumpió en frases como: “Mi madre y mi padre eran judíos sólo por accidente de nacimiento”.

Hitler, el gran monstruo del frío, le persiguió al final de su vida hasta el punto de ser causa final de su suicidio. Stefan Zweig se encontraba en Petrópolis (Brasil) con su mujer Charlotte Elisabeth Altmann. Al darse cuenta del turbión y de la decadencia que se le venía encima a Europa con el hitlerismo y, tras el espanto de éste, decidió poner fin a su vida.

Preparó conscientemente su suicidio. Tanto él como su esposa aparecieron muertos, vestidos y abrazados, en la cama de su vivienda, dando fin así a una vida que no quiso ser partícipe del satanismo y del holocausto de una época que estaba a punto de iniciar.

Hitler mató a Zweig, como lo hizo con Walter Benjamin. Lo cierto es que ese itinerario de monumentalidad del Tercer Reich acabó con las aspiraciones de una intelectualidad de escritores y nuevos pensadores que por entonces estaban dando su mejor obra. Algunos se suicidaron (Zweig, Benjamin), otros tuvieron que tomar  el camino del exilio.

Y el hijo de Nietzsche murió de frío en el búnker de sus propios ojos.

El frío. Yo –en estos momentos de la Historia que es este instante en que esto escribo- también tengo mucho frío. Estos días últimos, en esta isla de Mallorca, que es isla de inviernos chopinianos, está haciendo mucho frío. Este artículo lo escribo desde una casa de campo donde venimos a comer la paella del domingo y escrito queda con todo el frío del romanticismo de un cuadro de Turner. Debo de reconocer que soy poeta más de temperaturas gélidas que no de atmósferas veraniegas. Odio el sol como odio los cuadros de los expresionistas alemanes; sin embargo, ay, este frío me quita las ganas de escribir mis poemas líricos de amor.

Por frío, sí, mis amantes persas que acaso esto leáis, se han roto las estatuas del amor, el Andrea Chenier de las revoluciones. Por frío se han equivocado los planes estructurales de las políticas, en su juego infantil de rotos paralelos. El frío. Tengo frío. Tengo frío hasta en el aliento, como le dolía a Miguel Hernández la muerte de Ramón Sijé.

Este frío me congela aquel que fue mi hedonismo y aquella mía ataraxia de poeta salvante de Epicuro. No por casualidad, sino por causalidad, este helor me saja los placeres del mundo arrastrándome hacia la muerte que viene expresada en los cuadros de Odilon Redon.

Soy un hombre con frío que ha perdido la capacidad de amar, que ha olvidado a sus amantes celosas, mis raquetas de tenis, los libros de Quevedo, los poemas malos de Borges.

Ahora ya sólo creo en la cocina del cuscús árabe más que en la libertad en tanto en cuanto las palabras han dejado de ser libres. Soy un hombre que ama a Fiedrich, pero que ha dejado de entenderle, porque el frío me ha dejado descalzo el alma, la imaginación y el pájaro azul de Darío. El frío. Sabiduría de los clásicos.

«Soy un hombre que ama a Fiedrich, pero que ha dejado de entenderle, porque el frío me ha dejado descalzo el alma, la imaginación y el pájaro azul de Darío. El frío. Sabiduría de los clásicos»

Hoy, al bajar a la ciudad, he comprado un grueso volumen en una librería de segunda mano que titula Cómo cambiar el mundo. Los emprendedores y el poder de las nuevas ideas, de David Bornstein -Debate, 2005-.

Lo curioso de comprar libros usados es que existe el genio de la causalidad, como digo. Y es que en la página 307 había inserta una carta de una joven -seguramente la que compró el libro nuevo y limpio de dedos pulgosos- que comienza así: “martes, 5 de julio del 2005, madrugada del lunes en realidad. A ver, no te mosquees, pero déjame recopilar datos: Javi creo que tiene mi misma edad o quizá sea un poco más mayor…”

Acabando de esta guisa: “…aunque quizá haya sido una coincidencia, no sé, la ocasión, y me lo he encontrado otro día, pero ya no surge tema alguno, y nos aburrimos el uno del otro a los cinco minutos, y yo, que deseé que esto se hubiese quedado bonito o al menos un recuerdo curioso de una noche de verano. Yo qué sé…”

En fin, el frío, el frío de estos tiempos en que continúan suicidándose Zweig, Benjamin y hasta todos los martes del 5 de julio de 2005, perpetuo en su madrugada inmóvil.

Sí, el frío de todos los poetas aquijotados en otras diversas partes, todos y todas faciendo muchos tuertos, recostando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuentas audiencias y tribunales hay casi en toda España.

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