«Dos pastores encuentran un cadáver degollado. El misterio precipita un aluvión de anónimos que abruman al teniente Osorio. Un tremendo error policial y judicial. Los verdaderos asesinos fueron capturados en el transcurso de la investigación de otro horrible crimen».

Francisco Pérez Abellán. Crónicas de la España Negra.

 

Mediados de marzo de 1932.

Temprano, con la fresca de la mañana y dos pastores caminando por la Vereda del Soldado. Aire bucólico. Zona de pastos y campos de cultivo. Olor a mierda fresca flotando en el ambiente, entremezclado con el aroma de la tierra  removida de las huertas. Un cielo azul sin muchas nubes que promete un día de estos que respetan al que dobla el espinazo de sol a sol. Y en mitad de todo esto, una zanja y dentro un cadáver. Una toquilla a modo de mortaja improvisada y un tajo en el cuello. Los paisanos del barrio de Campamento que lo ven, y corren para avisar a la caballería. Eutiquiano y Benito Martín pasan a un segundo, dándose a sus labores pastoriles cuando llegan los tricornios y el juez encargado de levantar el cuerpo y empieza el baile.

A simple vista, las autoridades comprueban que la mujer asesinada es de Toledo. El hábito no hace al monje, pero en el caso de una muchacha joven con una falda, un corpiño y un pañuelo en la cabeza parece servir para acotar su procedencia. 

Pero hay más. Un poco después, con el levantamiento del cuerpo y demás, la información que manejan las autoridades se amplía. Lo primero que se sabe es que la víctima es Luciana Rodríguez Narros, natural de Herreruela de Oropesa y que solía acudir a la capital a vender sus bordados y encajes. Con este hilo en la mano, llega la hora de tirar de él hasta llegar a la madeja. O eso es lo que piensa el teniente de la Guardia Civil encargado del caso, Miguel Osorio. La información es abundante y las primeras hipótesis dan lugar a las segundas y las cosas empiezan a sucederse. Se alojaba en una pensión de la Cava Baja, y cada pieza que vendía bien valía sus cien duros largos. Entre su clientela habitual había miembros del Ministerio de la Guerra y la alta burguesía madrileña. Y más aún, tenía un hijo militar con el que solía verse cada vez que venía a capital en la Plaza Mayor, aunque en esa ocasión no lo habían hecho. La causa de la muerte había sido lo que sospechaban, un tajo que había partido en dos la yugular, los culpables habían despojado el cuerpo de cualquier objeto de valor, pudiéndose apreciar en la zona de los hechos tres pares de pisadas distintas, y para terminar de sazonar el caldo de cultivo que se empieza a guisar entre el pueblo llano, la buena de Luciana tenía familiares en Madrid con los que, al parecer, mantenía unas relaciones tensas y escasas.

Y así están las cosas. El crimen ganando fama entre la gente, una tormenta de anónimos que recibe el teniente Osorio que más que ayudar lo que hacen es despistar, y la Brigada Criminal que se sube al carro de la investigación. Las detenciones de sospechosos habituales no se hacen esperar, las investigaciones en el pueblo de la víctima parecen dar pistas sólidas y, sorpresa, sus dos primos que vivían en la capital son engrilletados y sentados delante de un juez. Las contradicciones de los acusados, Leoncio Alia y su hermana Bienvenida, se suceden y para que se aclaren las cosas y hagan memoria, el juez les receta una temporada a la sombra. Las cosas no son muy creíbles, todo parece metido con calzador, y la prensa se encarga de airearlo a los cuatro vientos. Pero ya se sabe, la justicia es ciega y tampoco están las cosas como para andar ampliando una investigación que está resuelta. Errar es de humanos y que un par de inocentes se coman una condena que no es suya, parece entrar dentro de los daños colaterales esperados.

La vida sigue su curso y los tan de aquí algo habrán hecho para acabar en la cárcel se encargan de silenciar las dudas sobre la inocencia de Leoncio y Bienvenida cada vez que alguien trata de sacar el tema en una conversación, hasta que la gente pasa a centrarse en sus problemas y el olvido hace su trabajo. Son tiempos de cambio y quien pestañea se los pierde, y no están las cosas para andar pensando en algo que ya ha pasado y no tiene remedio.

Y así llegamos al mes de agosto. Quien quiere aprovechar la fresca mañanera como hicieran en marzo los pastores que encontraron el cuerpo de Luciana, ahora tiene que madrugar bastante, que el calor aprieta y tampoco apetece mucho llevarse un sofoco a deshoras, y eso es lo que deben pensar los dos individuos que aporrean la puerta de una casa baja en la calle del Arroyo de las Pavas. Uno golpea con fuerza, el otro, por su parte, no deja de mirar a su alrededor. Se les ve un poco alterados, hasta que alguien desde dentro abre y desaparecen de la escena, aunque para lo que está por pasar tampoco importa demasiado.

A los pocos minutos, el ruido que escapa de la casa es alarmante. Gritos de auxilio, muebles cayéndose y gemidos agónicos. Un paisano que pasa por la zona decide llamar a la Guardia Civil, que ya se sabe de valientes está el cementerio lleno y mejor dejar a los profesionales que intervengan. Y eso hacen. Encontrarse cara a cara con un tipo joven armado con un hacha, llamado Julián Ramírez Expósito, y a sus pies un hombre tendido sobre un charco de sangre. El asesino está sofocado, jadea y resopla cuando las autoridades le ponen los grillos, justo al mismo tiempo que su compinche, un pipiolo menor que él y que responde al nombre de Leandro Iniesta González, es descubierto debajo de una cama por dos uniformados.

Las cosas empiezan a cuadrar desde el primer interrogatorio. La víctima era Mariano Megino, dueño de una taberna con no muy buena fama que se ganaba un sobresueldo con asuntos turbios, y amigo de alardear de joyas y jurdós. La idea que Julián y Leandro tenían en mente era sencilla: quitarle de en medio y quedarse con todo lo que pudieran pillar. El señuelo era la venta de una furgoneta y de esta manera fue como Leandro le llevó hasta la casa del Arroyo de las Pavas de donde iba a salir dentro de un saco de lona. 

A medida que los hechos se van aclarando, un detalle hace que en la cabeza de los agentes que llevan el caso algo haga clic, clic, y un par de piezas que quedaban pendientes sobre la muerte de Luciana encajaran a la perfección. La autopsia revelará que Mariano había recibido dos cortes debajo de la barbilla con un arma afilada, antes de que le apiolaran a golpe de hacha. Y claro, con esto delante, las pesquisas se suceden, los hechos hablan por sí solos haciendo que los acusados por la muerte de la encajera sean absueltos y los culpables se coman un marrón que es suyo y que empezó el 11 de marzo, cuando por cuestiones de azar y destino, Julián conoció a Luciana en el paseo del Prado, mientras esperaba la llegada de Leandro, y qué mejor manera de que matar el tiempo que dándole a la húmeda y escuchar con atención a la encajera cuando ésta empieza a quejarse de lo difícil que está de vender el género en los tiempos que corren. Julián pegando la oreja y orquestando todo. Una conocida mía podría estar interesada en comprar unos encajes… Mañana quedamos con ella y le enseñas tu mercancía… Y así llegarán a la mañana siguiente Julián y Leandro a recogerla en un taxi a la calle Toledo. Un viaje largo por Madrid hasta llegar a un descampado, todo para ganar tiempo y esperar a que caiga la noche. Ella sin olerse la tostada y cuando lo hace ya es demasiado tarde. Julián le echa un abrigo por encima y un estilete en la otra mano hará el resto. Ella cayendo al suelo, ellos registrando sus bolsillos antes de darle un nuevo corte, coger su estuche con bordados y a salir por piernas de allí. 

Los días siguientes, la tensión y el miedo empezarán a dar sus frutos y de la mano de estos, una certeza: había que deshacerse de la caja con los encajes, escondiéndolo en una conejera de la Casa de Campo. Hecho esto, se dedicarán a la vida contemplativa hasta que los cuartos se acaben y toque tratar de desplumar a Mariano Megino. Ahí su suerte se acabará y su modus operandi se encargará del resto. Nadie más volverá a saber de ellos, y los inocentes que acabaron enjaulados recuperarán la libertad, aunque ya se sabe, la procesión se lleva por dentro y las consecuencias de un error a la hora de analizar las pruebas, se encargará de ser la semilla de las comidillas de las comadres del pueblo durante generaciones. 

 

Fuentes:
http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1932/08/06/024.html

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2016-08-06/crimen-encajera-degolladores-carabanchel_1243161/ http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1933/11/08/035.html

Crónicas de la España Negra. Francisco Pérez Abellán. Págs. 211-215

 

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