De vuelta a la habitación. Respiración acelerada y temblor de mentón. Lágrimas y manos sudorosas. Ha oído lo que ha oído. El tipo del salón estaba hablando de ajustar cuentas con alguien. Sí. Alto y claro. Como en una película de gángsters. Lo imagina sentado en el sofá. La taza de café en una mano y en la otra el móvil. Jugando a ser Dios: decidiendo quién vive y quién muere Un grito pelea por escapar de su boca abierta. Se sostiene la tripa, temerosa de que su estado actual pueda tener consecuencias para el feto. Tiene que hacer algo. Escapar de allí. Sabe que suena ridículo. ¿Dónde va a ir en su estado? Es más, ¿cómo una embarazada que si aprieta el paso un poco lo más probable es que se ponga de parto, va a poder escapar de esos tres hombres? Tal vez… Quizá… Si lograra salir a la calle sin levantar sospechas podría tratar de llamar la atención de los vecinos… Sí… Eso es…. Salir de allí y que alguien avise a la policía. Si las autoridades llegaran pronto, sería libre. La pesadilla habría llegado a su fin…

Apoya la nuca en la puerta y levanta la barbilla. Necesita respirar hondo y serenarse. Dejar que el miedo se disuelva en su sangre y afrontar las cosas desde otro punto de vista. Con los tobillos como los tiene, que no se le rompan al andar por su propio peso es más bien un milagro, y la idea de emprender la huida a la carrera es un suicidio. Lo sabe. Es consciente de ello tan pronto como lo piensa. Pero necesita hacer algo. Siente que el aire en la habitación es asfixiante. Caliente, pese a que el invierno ha llegado y fuera de la casa se nota su presencia. La presión en el pecho aumenta y la sensación de ahogo. La ansiedad no va a tardar en aparecer. Y con los síntomas, el pánico aumenta. En su estado, no puede tomar remedios químicos. La única alternativa que le queda es recurrir al autocontrol. Justo lo que ahora mismo no tiene.

Con pesadez se acerca a la cama y se deja caer sobre el colchón. Las lágrimas le corren por las mejillas, empapando la almohada. Cierra los ojos y empieza a acariciarse la cabeza. Una voz en su interior le dice que no hay nada que temer, que todo va a salir bien. Que sólo es cuestión de encontrar el momento adecuado. Lleva demasiado tiempo viviendo con ellos. Conoce sus rutinas y sólo tiene que encontrar el hilo del que tirar. El del coche, lo más probable es que esté durmiendo. Lo ha visto muchas veces desde las ventanas de la casa. Ahí, tendido en los asientos traseros con las piernas en alto. Ése no es un problema propiamente dicho. El que pasea por el jardín suele demorarse demasiado en la parte trasera de la casa. Es el más joven de los tres y el más infantil. Parece tener predilección por los rosales y las plantas que crecen allí. Se tira las horas muertas removiendo la tierra y estudiando los tallos. Si hay suerte, a estas horas debe de estar jugando a ser Gregor Mendel. El problema fundamental es el del salón. Mientras ése esté ahí, cualquier esperanza que pueda albergar no es más que una pérdida de tiempo y energías. Más o menos como tratar de mantener una relación muerta, con la salvedad de que en esta ocasión si las cosas se tuercen, el tratamiento que recibiría no sería un combinado de antidepresivos precisamente…

El olor a tabaco la despierta. Abre los ojos sobresaltada. No sabe exactamente cuándo se ha dormido, pero sí que ha debido ser más de lo que duerme habitualmente. Está anocheciendo. Olfatea como un sabueso buscando un rastro. Mira la hora en la pantalla del móvil. Son las siete y media. Aún no se ha producido el cambio de guardia. Piensa en llamar por teléfono a las autoridades. No lo había pensado hasta ese momento. Sería la solución a su situación actual, aunque, ¿qué puede decir a la policía? No está retenida contra su voluntad. De hecho es libre de hacer lo que quiera. Nadie le ha puesto una mano encima…

Nueva sensación de ahogo. Pinchazo abdominal. Necesidad de incorporarse. Lentamente logra acercarse a la puerta. Cierra los ojos y respira hondo. No hay lugar a dudas: alguien está fumando en el cuarto de baño. Sale al pasillo. El miedo está recobrando el control de la situación y no es consciente de lo que hace, hasta que se encuentra en el salón. Está desierto. Mira a su alrededor con desagrado. Una taza de café vacía encima de la mesa de cristal, junto a dos cercos resecos. La televisión está puesta aunque sin volumen. En la pantalla se ve la repetición de la última jugada de un partido de fútbol. A juzgar por la publicidad y la cara de los futbolistas, debe de ser una liga de Europa del Este.

El desorden que la rodea, hace que por un momento eche en falta a las chicas del servicio. Cuando esos tres fueron contratados, a ellas las despidieron. Hasta ese momento no se ha dado cuenta, pero ahora es consciente de cuánto las añora. Ya se sabe, no se echa de menos algo hasta que se pierde, o eso dicen.

Un paso más. En dirección a la puerta de la calle. Mira por encima del hombro. La luz del cuarto de baño sigue encendida. Agarra el picaporte. Abre despacio, más por evaluar qué puede encontrarse al otro lado que porque una última corriente de pensamiento racional haga que se lo piense dos veces.

No hay nadie. No se escucha nada. Respira hondo. Se agarra el vientre y empieza a caminar lentamente. Los escalones del porche se le antojan resbaladizos y el frío cortante. Ni se ha molestado en coger algo de ropa de abrigo y ahora se arrepiente. Le castañean los dientes y su cuerpo se contrae tensando los músculos.

Un paso.

Otro.

Y así llega a la grava del jardín. Procura caminar sin hacer ruido. Asentando las pisadas y sintiendo cómo las piedras se le clavan en la planta de los pies. A su alrededor todo es oscuridad. Los vecinos no deben haber llegado del trabajo aún, o si lo han hecho, tienen las persianas bajadas para que no se escape el calor. El aire le corta en los pulmones como si estuviera respirando cuchillas de afeitar. Cierra los puños y sigue andando, con los nervios crispados cada vez que algún ruido inesperado se escucha a sus espaldas. Trata de mantener la cabeza ocupada. No pensar en lo que puede pasar o lo que pueda estar por pasar. Pero es en vano. Cualquier intento de ello, hace que la parte racional de su cerebro le repita una y otra vez que lo primero es lo primero. Salir de allí. El resto, ya vendrá.

 

El cambio de textura y temperatura que experimenta al pisar el asfalto hace que se sienta reconfortada. Casi puede acariciar la libertad. Ha sido tan fácil después de todo… Un nuevo paso. A menos de diez metros hay una cerca de piedra. Todo es cuestión de llegar a ella. Buscar una puerta o alguna manera de avisar a los que estén dentro y pedirles ayuda. La adrenalina se va difuminando poco a poco, pero la excitación ahí sigue. Dentro de ella, el feto también debe de sentirse alterado y no para de moverse, obligándola a detenerse en mitad de la carretera para soportar el dolor. Y entonces, todo se desvanece entre sus manos como un sueño al sonar el despertador para golpearnos con la cruda realidad.

Todo sucede demasiado rápido como para asimilarlo. Las luces de un coche. Un claxon rasgando el silencio de la noche por la mitad. Dos sombras corriendo hacia ella a toda velocidad. Se gira y trata de huir. Idea ridícula. El sonido de la puerta del todoterreno cerrándose de golpe. Un intento de correr. Dolor. Pisadas cada vez más cerca. Gritos. Falta de aire. Un golpe en la cabeza. El asfalto acercándose cada vez más a su cara. Después, negrura.

Caos. Los tres hombres están a su lado. El que le ha golpeado se lleva las manos a la cara. Está nervioso y deambula de un lado a otro. El otro está agachado junto a ella, tratando de tomarle el pulso. Le cuesta, pero cree haber detectado un latido. El tercero, por su parte, trata de imponer cierto orden.

— Metedla en la casa. Algo habrá que hacer— dice al fin.

— Esto nos va a traer problemas. Joder, lo siento. No lo he podido evitar. Ha sido un acto reflejo— se lamenta el que le ha golpeado.

— Entrad en la casa y poned agua a hervir— añade el que estaba comprobando las constantes vitales—. Hay que sacarle al niño antes de que sea demasiado tarde.

— Per.…

El que iba a hablar no termina la frase. La manera en que le mira su compañero hace que se le hiele la sangre en las venas y las palabras se le congelen en la boca.

— A nosotros nos pagan por lo que lleva dentro. Hay que salvar la vida del niño. Lo que le pase a ella no nos importa. Acabemos lo que hemos empezado. Avisemos al jefe y ya nos desharemos del cuerpo. Conozco un sitio alejado donde pasará bastante tiempo hasta que lo descubran. Daos prisa, el tiempo juega en nuestra contra…

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