Cada martes y durante todo el verano en The Citizen.

Capítulo 1:

Estamos en invierno. En la sierra de Madrid. Ambiente bucólico, de estos de mañanas frías y nieve en la cunetas de la carretera. Junto a una urbanización de adosados de estos que en los 90´parecían reproducirse por esporas. Nombre contundente, con solera. Muy campestre y con tintes evocadores, para que el urbanita que escapa de la gran ciudad un viernes tras fichar en el trabajo se sienta en el paraíso. En un oasis lejos de los atascos, el estrés y la polución, en el que relajarse, disfrutar de caminos embarrados, olor a mierda de caballo en los caminos, un paseo para darle un uso a las botas de montaña que le regaló la suegra en navidades y como colofón, marcarse una barbacoa antes de echar el cierre y volver el domingo por al día a día.

Y en mitad de esta estampa, la verja de una parcela se abre para dar paso a un pastor alemán y un hombre que le acompaña. El animal corretea alegre entre los matorrales, olisqueando y marcando territorio. Por su parte, el humano, cierra los ojos e inhala una bocanada de aire fresco. Parece sentir la pureza del ambiente que le rodea, sobre todo cuando el frío matinal se le clava en los pulmones como alfileres y tose.

Poco a poco empieza a recuperarse. Escupe como para dar por concluida la limpieza pulmonar y empieza a caminar por un sendero que rezuma agua a cada paso que da. El perro, en cambio, sigue a lo suyo: investigar cuanto le rodea. No parece presentar las mismas inquietudes que su amo, que, ataviado con ropa de cazador comprada en Decathlon, a juzgar por la etiqueta que cuelga del pantalón, y de la que parece no haberse percatado, canturrea con las manos enlazadas a la altura de los riñones, tratando de evitar cada charco no vaya a estropeársele el atuendo o a contraer una amebiasis fulminante.

Un poco más tarde.

En medio de un prado. Junto a un arroyo que baja crecido. El hombre está apoyado en una roca, mientras fuma con aire distraído. La versión española de los vaqueros de Marlboro, podríamos llamarla. Un canto a la libertad y la vida en la naturaleza. Hace un rato que ha perdido de vista a su compañero de faenas de cuatro patas, pero tampoco parece preocuparse demasiado por ello. Da una calada larga y suelta el humo despacio, como si se deleitara en lo que hace. A su alrededor, el campo va ganando peso, alejándose del paisaje prefabricado de la urbanización con sus arizónicas cortadas en bloque. Los caminos de arena prensada que se adentran en la naturaleza ignota que ahora le rodea y las conversaciones que los tabiques de piedra de la casa no pueden silenciar de sus vecinos. Los mismos ¿podemos salir al jardín a jugar al fútbol? Jo, papá, vaya rollo esto de ir al campo para quedarnos encerrados en casa y demás cosas que tiene la vida con niños soberbios y malcriados que escucha cada mañana.

Aquí, en cambio, se siente feliz. Relajado. Distraído. Y eso es lo que necesita. El médico le ha aconsejado tratar de llevar una vida libre de estrés. Los nervios son muy traicioneros y cuando menos te lo esperas, atacan. Y como para corroborar esto último, palpa el bolsillo del pantalón, donde el tacto de su teléfono móvil y un blíster de ansiolíticos parecen constituir una tabla de salvación a la que agarrarse llegado el momento.

La sombra de un águila revoloteando sobre el campo rompe su ensimismamiento, haciéndole mover la cabeza como si acabaran de tirarle un cubo de agua helada. Da una última calada, tira la colilla al río (al parecer su amor por la naturaleza no es que sea de estos que se puedan decir incondicionales), llama al perro y empieza a caminar por un sendero cubierto de maleza entre dos fincas.

La humedad es palpable. Siente los pantalones mojados, que no calados, pero no parece importarle demasiado, ni eso ni los resbalones que se da cuando debajo de la hierba húmeda hay una roca oculta. Más bien al contrario. El andar bajo las ramas desnudas de los árboles que le rodean y los zarzales que hay a cada lado del camino parecen tener un efecto revitalizante. Hasta que una cerca de piedra y unos troncos cruzados haciendo las veces de empalizada (tranquera en términos rurales) le dice que le toca darse la vuelta.

Resignado, mira a su alrededor buscando al perro. No sabe dónde está y por un momento teme que se haya perdido. Ya se sabe, todo lo que no se usa se atrofia, y un perro de ciudad tampoco es que sea un referente en guiarse por instintos. Silba y grita, tratando de agudizar el oído. El corazón empieza a latirle con fuerza en el pecho y las manos a sudarle. Deshace un trecho de lo que ha caminado, deteniéndose de cuando en cuando para ver si su fiel amigo da señales de vida.

Y las da. Corriendo alegre en una de las fincas. Ladra, gruñe, zigzaguea entre la hierba y vuelve a desaparecer de su vista. La excitación canina se traslada al dueño, quien, tras un par de intentos, logra trepar la valla de piedras y ramas secas, para encontrarse en un campo que parece abandonado en el que avanza mirando a su alrededor mientras sigue llamando a gritos al perro escapista.

A medida que camina, un penetrante olor a quemado empieza a rodearle, hasta que al fin lo ve. En un extremo de la parcela, un montón de ceniza y su mascota mordisqueando algo. No puede reprimir la náusea y echa a correr. Se tropieza. Cae. Se levanta y sigue corriendo. Lo que ahora paladea al respirar por la boca, es el aroma de un trozo de carne en la parrilla. Las ideas se suceden en su cabeza a toda prisa. Quema de pastos. Animal muerto y calcinado. Alguna res que se ha quedado tiesa y que nadie se ha tomado la molestia de llevar a donde se lleven las reses muertas, y ha optado por convertirla en cenizas a la manera clásica…

Pero lo que ve, rompe sus esquemas. Lo que tiene delante parece un torso humano consumido por el fuego. La náusea y el grito compiten en su garganta. Vomita. Se desgañita llamando al perro que ha huido con algo en la boca y saca el móvil. La necesidad de una benzodiacepina empieza a ser apremiante. Los síntomas son los de siempre: palpitaciones, sensación de ahogo, mareos… Y a ellos se une la de estar perdido en mitad de la nada, junto a un cadáver y un teléfono móvil sin cobertura con el que avisar a las autoridades.

Medio trankimazim sublingual, una caminata considerable y una llamada a la Guardia Civil después, la escena es siguiente. Sirenas tiñendo de azul cuanto les rodea. Uniformes verdes pateándose la zona. Un cordón de plástico que baila al son del aire. Gestos serios. Búsqueda de pruebas. Perros adiestrados olfateando el terreno. Sensación de sorpresa por parte de las autoridades. Conversaciones entrecortadas cada vez que alguien cree haber encontrado una pisada fresca o una rodada entre la hierba.

La cosa pinta difícil. Esto no es CSI ni nada por el estilo. Nada de autopsias por facultativas vestidas con traje de chaqueta y tacones de aguja. Tampoco tenemos delante a polis duros, excombatienes de siete campañas bélicas que han colgado el casco para hacer cumplir la ley y el orden. Lo que tenemos es un grupo de hombres y mujeres, de un puesto de guardia en un pueblo tranquilo, que de tras una noche lluviosa y fría, a la hora del cambio de turno, han sido avisados desde el 112 de que ha aparecido un cuerpo calcinado en mitad de un campo. Y claro, la sorpresa y la tensión son palpables. Más aún cuando aparece por allí el juez de guardia, acompañado de dos oficiales que avanzan a toda prisa. Uno de los guardias señala al rincón donde han destinado tanto al excursionista que ha encontrado el cuerpo, como al perro escapista. Al final ha habido suerte y su presa no era de carne, sólo un trozo de madera medio quemado. De lo contrario, a estas horas no estaría sentado junto a su dueño y los dos guardias que le dan apoyo psicológico, moviendo el rabo cada vez que la unidad canina pasa cerca de él sin hacerle caso.

La prensa aún no ha sido avisada, o si lo ha sido, el frío de la mañana ha resultado incompatible con sus ganas de trabajar. Y eso es algo que se agradece. La presencia de unos cuantos plumillas indagando por allí no haría más que dificultar la búsqueda de unas pruebas que parecen haberse esfumado (en concreto, disuelto en los charcos que les rodean) y a nadie parece apetecerle demasiado responder a las preguntas de turno con un «de momento no tenemos ningún indicio de quién puede estar detrás de este macabro hallazgo».

Eso ya llegará, pero de momento, mejor empecemos la historia desde el principio…

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