Si no pudiste leer el capítulo anterior, aquí te lo dejamos: Capítulo 4

Poco a poco, se ha ido haciendo a la idea de lo que tiene por delante. Las pruebas médicas, al fin, pasaron a la historia. De la misma manera que lo hizo la inseminación artificial. Una experiencia que no le produjo ni frío no calor. Algo rápido, aséptico. Una espera pendiente del calendario para atinar con el momento idóneo de la ovulación por parte del ginecólogo. Volver a abrirse de piernas en la consulta, y salir de allí habiendo sido embarazada. Nada del otro mundo en comparación con la sensación interna con la que había salido de allí con anterioridad. Sólo una quemazón por dentro, a nivel emocional, en la que sus pensamientos, cada vez más recurrentes, de ser una pieza más en una cadena de montaje iban adquiriendo otra dimensión. La de verse a sí misma como una vaca encargada de producir una camada que, quisiera o no, tan pronto como fuera posible le iban a quitar para que fueran otros los que criaran a su cachorro. De la misma manera que el médico no dejaba de ser el mamporrero responsable de que todo llegue a buen puerto, por muchas sonrisas y palabras de ánimo que quiera dedicarle al explicarle las sensaciones por las que va a pasar. Y el matrimonio, la cúspide de la pirámide de todo. Los ganaderos ansiosos de tener entre sus manos ese ternerito con el que tanto han soñado, asegurándole un futuro próspero y prometedor en el que él nunca llegue, si quiera, a preguntarse quién fue en verdad su madre…

Y no solo eso. El malestar general puede llegar a ser algo llevadero, sólo es cuestión de tiempo y resignación. El problema al que se enfrenta va a más. La mentira que ha ido creando en su círculo de amigas sigue su curso. Lo que empezó con un simple «buah, vais a flipar, chicas. Me ha salido un curro en Málaga, en un chiringuito de playa y no he podido decir qué no», ha ido dando paso a una vida totalmente inventada. Ellas, mostrando interés por su trabajo. Deseando que llegue la Semana Santa, que está al caer, para pasarse por allí de visita. Y claro, hay veces que mantener algunos secretos implica un esfuerzo sobrehumano y éste, antes o después, acaba pasando factura. Horas de releer lo que se ha escrito. Interpretar las respuestas. Maquinar nuevas formas de salir del paso. Y demasiado tiempo de no hacer nada que no sea ver la televisión, hojear alguna revista, pensar y seguir retroalimentando su vida ficticia en conversaciones que se alargan hasta las tantas. Porque claro, en horario laboral le resulta imposible desatender las mesas y contestar.

La única ruptura de esa rutina, es la visita del matrimonio. Suelen pasarse por la casa cada dos días. Ella, la mujer, está entusiasmada. Habla y habla sobre el niño y pregunta por unos síntomas que aún ni existen. Sus ojos brillan y su sonrisa es hasta contagiosa y tras un par de horas con ellos, siente que está haciendo algo maravilloso: hacer feliz a alguien, aún a poniendo su salud en juego, que con estas cosas nunca se sabe y a veces salen mal.

Por su parte, él, siempre se mantiene frío y distante. Separado de ellas. Como si su presencia fuera circunstancial y se limitara a estar allí, vigilándolas. Viendo pasar las horas con el gesto serio, despedirse con un apretón de manos, una sonrisa forzada y dejarla a solas con una sensación extraña flotándole en la boca del estómago.

Y hoy no iba a ser una excepción.

Están los tres en el salón. Las dos mujeres sentadas en el sofá, y él en una silla frente a ellas. De espaldas a la televisión apagada. En la mesa bajera que les separa, hay dos cafés y un vaso de agua. El servicio ha dejado también unas pastas de té sobre una bandeja que nadie ha tocado. La conversación parece ser más interesante. Y en cierto modo lo es. El matrimonio ha decidido que no quiere saber el sexo de la criatura que está por venir. Esas cosas ya no se llevan y han decidido ir a tumba abierta con la decoración de la habitación infantil. Tonos neutros, que el rosa y el azul son muy del siglo XX y han pasado de moda. Y así se lo hace saber, enseñándole cunas, cambiadores, y demás zarandajas en el iPad que sostiene entre las manos con pulso tembloroso por la emoción.

Ella asiente. No sabe muy bien si por instinto maternal o porque las imágenes que ve son bonitas. Tampoco quiere pararse a pensar en ello. Ya habrá tiempo cuando se vayan, y ahora toca disfrutar de su compañía, piensa mientras estira un brazo para coger su bebida. Sus acompañantes hacen lo mismo. La mujer da un sorbo al café antes de devolverlo a su platillo. En cambio, él no bebe. Se limita a darle vueltas con la cucharilla de manera mecánica, sin perder detalle de lo que las dos mujeres se dicen o sus cuerpos dicen sin que sean necesarias las palabras. Lleva demasiados años tratando con mujeres embarazadas, y conoce a la perfección la respuesta hormonal que acompaña a su estado, y lo que está viendo no le gusta.

Por momentos, parece que quien está embarazada es su mujer y no la joven a la que han contratado. Aún es pronto, también lo sabe. Antes o después, la expresión manida y desgastada de esa sensación de sentir cómo una vida crece dentro de ti hará acto de presencia y todo seguirá su curso. Siempre y cuando ella no… Antes de tiempo…

Se niega a dejar que sus pensamientos cojan cuerpo. En su lugar, siente un escalofrío que hace que la cucharilla tintinee sobre la taza. A toda prisa, tratando de disimular lo que ha pasado, se la acerca a los labios, fingiendo beber.

— ¿Estás bien, cariño?— le pregunta la mujer, dejando el iPad en el sofá y haciendo ademán de ponerse en pie.

Él asiente con la cabeza y esboza una sonrisa fingida, antes de dejar la taza en la mesa y coger una pasta.

— Ahí donde le ves. Tan serio. Ahí sentado, con la espalda recta como si tuviera un palo metido en el culo… En el fondo, está tan encantado con la situación como yo, niña— sigue diciendo—. Por las noches, tenías que verle. Entra en la habitación y muchas veces le veo mirando las paredes, como si pensara qué mueble poner aquí o allá, o qué color sería el más adecuado para que el ambiente allí dentro sea tranquilo y relajado…

— Cariño, por favor— protesta, tratando de parecer ruborizado.

— Hombres…

Y la reunión sigue su curso como si no hubiera pasado nada. Las dos mujeres hablan y se ríen. La cosa va siendo cada vez más fluida entre ellas dos. Una chica del servicio ha entrado hace un rato para llevarse las tazas vacías y preguntar si iban a querer algo más. Nadie ha querido nada y de hecho, parece que la visita se está alargando más de lo que se pretendía en un primer momento. O eso es lo que parece decir el gesto del hombre. Ahora está más serio y su rictus es cansado. Pero su mujer no parece preocuparse por ello. Sigue a lo suyo. A jugar al cuento de la lechera, construyendo castillos en el aire y tratando de compartir su excitación con nuestra protagonista. Aunque ella también empieza a estar cansada de lo que está escuchando. Le gustaría echarles de una manera educada, pero se contiene, sabedora de que luego, la sensación de culpa y soledad se encargarán de ocupar el vacío con el que comparte las cuatro paredes en las que vive y echará de menos las conversaciones que ahora mismo le resultan cansinas.

Como si acabara de leerle el pensamiento, el hombre se pone en pie dando por concluido todo.

— Cariño, se está haciendo tarde. Va siendo hora de irnos, que la chica tendrá que descansar— sus palabras suenan cálidas, sinceras.

— ¡Ay, sí!— exclama ella, imitándole tras guardar el iPad y el móvil en un bolso que huele a piel nueva y cuidada— La próxima vez que pase esto, hija, échanos cuando quieras, ésta es tu casa y ya sabes, las visitas gusto dan, pero cuando se van

Los tres ríen. La joven se levanta también y se dispone a acompañarles hasta la puerta. Pero no le dejan. Se despiden allí mismo, en el salón. La mujer le da un abrazo y dos besos, antes de apoyar las manos en su vientre y besarlo también, como si lo que quiera que haya dentro pudiera sentir ese gesto afectivo. Ella se ruboriza y sonríe, hasta que su mirada se cruza con la del hombre durante unos segundos que se le antojan eternos. Él actúa como si no hubiera pasado nada fuera de lo normal. Le da un abrazo y se marchan, al mismo tiempo que un miedo instintivo, casi animal, se adueña de ella cuando se queda sola y se deja caer en el sofá. Tiene la televisión encendida, pero no le presta atención. Sus pensamientos siguen centrados tanto en él, como en la tensión nerviosa que se ha apoderado de ella haciéndola sentir un ratón que acaba de encontrarse cara a cara con un gato callejero, y supiera que esa mirada fortuita estaba preparada de ante mano y las consecuencias van a ser nefastas para ella…

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