En el ambiente flota un leve aroma a limón. El climatizador se encarga de mantener una temperatura agradable. Unos ventanales amplios parecen contemplar el jardín que se proyecta al otro lado de los cristales. Rosales cuidados. Celosías. Un par de enanitos de escayola. Césped cortado con precisión militar y un camino de grava rojiza partiéndolo en dos. Dentro, una estantería de obra está repleta de libros que salvo para coger polvo no sirven para otra cosa. Un televisor último modelo está encendido, y en la pantalla emiten la enésima reposición de un reality insulso. Frente a ella, en un sofá de piel, tenemos a nuestra protagonista. No parece mostrar demasiada atención a las penurias de los concursantes. Se la ve ansiosa. Nerviosa. A juzgar por los movimientos que hace con las manos, no es difícil identificar lo que echa en falta. Un cigarrillo. Poder juguetear con él dándole vueltas antes de encenderlo y echar el humo despacio, apoyando la nuca en el respaldo del asiento. Toda la parafernalia típica que acompaña al vicio. Pero no puede. Tan pronto como dijo al matrimonio, su vida cambió definitivamente de la noche a la mañana. Nada de trabajar. Nada de vicios. Recuperación de la respiración al despertar y no sonar como el fuelle de un herrero cuando algún gargajo matinal se quedaba a mitad de camino entre la garganta y los pulmones. La llamada del director de su oficina bancaria pidiéndole disculpas por el error cometido. La recuperación del olfato a los pocos días y la ansiedad creciendo por momentos. La abstinencia de alguien que se ve forzado a dejar un hábito más por obligación que por deseo propio, pero así son las cosas. Mataría por uno, sólo por uno. Aunque sabe que las consecuencias tendrían repercusiones un tanto nefastas para sus intereses, más allá del fumar mata que durante tantos años ha leído en las cajetillas que han pasado por delante de ella.

Incómoda, se frota las manos. Siente las palmas sudorosas. Sabe que su estado actual no es sólo consecuencia del tabaco. Ha sido un mes estresante y ahora lo único que espera es recibir los resultados definitivos. La confirmación de que todo sigue su camino y atrás ha quedado el peregrinar a la clínica desde que, en boca del hombre que ha contratado sus servicios, y su menstruación quiso hacer acto de presencia, todo iba sobre ruedas.

Unas ruedas engrasadas por un dinero que ella no gastaba, pero que sí sufría en sus propias carnes. Lo primero, al tercer día de regla el análisis hormonal. Tampoco le prestó demasiada atención a lo que le decía el médico. Todo eran siglas que no entendía y la cosa tampoco estaba para ponerse a preguntar. Le habían advertido que no era necesario, pero por si las moscas iba en ayunas y claro, lo que primaba era salir de allí cuanto antes y matar el hambre que la estaba devorando por dentro.

Hasta ahí, todo iba bien. Una analítica, sólo eso. Una simple señal en el brazo y nada más. El problema vino después. Las horas de estar con las piernas abiertas en la camilla. Con los gemelos sudorosos apoyados en los estribos. Una sensación extraña, en la que el frío de los artilugios médicos congelaban su interior cada vez que tocaba realizar un raspado del endometrio en el jodido test de Papanicolau para evaluar posibles infecciones que pudieran alterar su cervix. O el cateterismo en el que para ver la permeabilidad de sus trompas de Falopio por rayos X, le inyectaron un contraste que, aunque el médico que estaba con ella, un chaval con la edad justa para haber acabado la carrera un par de años antes, gafas con montura al aire y cierto aire desgarbado, le dijo que era totalmente inocuo, ella sentía que le abrasaba las entrañas.

Pero lo peor no fue eso. Fue la sensación de miedo y pánico que experimentaba cada vez que volvía a una casa en la que se sentía un huésped forzado. Soledad. Malestar generalizado. Ganas de hablar con alguien en persona. Sentir el calor de un abrazo y unas palabras de consuelo en el oído, susurrando tranquila, todo va a salir bien. Y no las paredes frías, desconocidas, que recibía a modo de saludo. El matrimonio había contratado un grupo de sirvientes para que la atendieran en todo cuanto necesitara, y si bien, en ese aspecto no había queja alguna, la añoranza de su vida anterior empezaba a ser palpable.

Más aún cuando los primeros resultados llegaron junto a una visita por parte del hombre y la mujer. Los dos estaban serios. Él fue quien se encargó de explicar lo que les había borrado la alegría de la cara y no se anduvo por las ramas. Al principio, ella no entendió muy bien qué significaba aquello de que la histerosalpingografía no había sido concluyente y se apreciaban algunas cosas raras. Lo único que experimentó fue que algo dentro de ella se encogía, temeroso de tener que volver a pasar por la misma sensación con la que salió de la consulta del ginecólogo. Más que el dolor físico, que tampoco era para tanto, era un dolor moral en el que por momentos se sentía como una res en un canal de engorde. Todo optimizado para llegar al resultado deseado. El de la vaca, acabar siendo filetes. El de ella, ver si era apta para adoptar durante nueve meses el bebé de una familia incapaz de procrear por métodos naturales.

… Eso no significa nada, siguió diciendo él, con una mirada fría y gesto de confianza en sus palabras. Habrá que hacer un par de pruebas más. Una histeroscopia y como mucho, según cómo lo vean los médicos, una biopsisa endometrial. Sólo eso. Si todo sale bien, que ya verás como sí, no va a haber ningún problema. El contraste a veces juega malas pasadas y da información errónea. Lo importante es que estés tranquila. Esto sigue su curso…

Y siguió, como no podía ser de otra manera. Ellos marchándose, después de que la mujer repitiera varias veces que además habría que hacer un estudio del cariotipo no fuera a haber complicaciones con el feto. La puerta cerrándose. Ella quedándose sola y rompiendo a llorar cuando una vez más, y ahora con más fuerza, se sentía como algo meramente prescindible para ellos dos y que no dejaba de ser eso. Un envoltorio en el que gestar lo que anhelaban desde hacía años y una vez cumplida su misión, simplemente darle un par de palmadas en el hombro y decirle que muchas gracias por los favores servidos.

 

Angustiada, mira el reloj en la pantalla del móvil. Son las doce y media de la mañana. La llamada que espera, aún no ha llegado y en su lugar, quien acude puntual es el recuerdo. Quiere gritar. Necesita aliviar toda la rabia y el miedo que tiene dentro. Desahogarse, en lugar de revivir una y otra vez la sensación que experimentó cuando el gel lubricante del histeroscopio le arrancó un chillido de sorpresa, que rápidamente dio lugar a una curiosidad por saber cómo era por dentro a medida que la cámara iba barriendo su cavidad intrauterina. Otro gallo cantó, en cambio, cuando le llegó el turno a la biopsia. Eso si que fueron palabras mayores. En ese momento, el espéculo se le antojó más frío que otras veces, de la misma manera que cuando el especialista le comenzó a limpiar el cuello uterino e introdujo otro instrumento para, según le dijo mantener el útero quieto, algo parecido a una descarga eléctrica recorrió su cuerpo, como si le clavaran agujas al rojo vivo por dentro…

Pero todo eso forma parte del pasado, piensa poniéndose en pie. El tiempo sigue pasando y los informes del laboratorio aún no se han materializado en un apto no apto. A fin de cuentas, no deja de ser un examen, ironiza. Y mientras espera, camina de un lugar a otro de la habitación sin rumbo fijo. Necesita estirar las piernas. Tratar de pensar en otra cosa, aunque esto último se le antoja imposible. Mire donde mire, lo que ve es siempre lo mismo. Una casa que no es la suya y en la que tiene alojamiento completo mientras dure la locura en la que se ha embarcado. Un jardín en el que le gustaría pasear y tomar el sol, pero al que no sale porque aún éste no es más que un espejismo en el cielo de marzo. Dos mujeres pendientes en todo momento de sus caprichos y necesidades, y que hacen que se sienta violenta. Desde siempre ha sido capaz de valerse por sí misma y tirar hacia adelante sin atenciones ni cuidados. Aunque una voz en su cabeza, se encarga de hacer una pregunta retórica que tira por tierra su estado anímico, y es que, si siempre has sido autosuficiente, ¿por qué has llegado a esta situación?

La certeza le golpea con fuerza. Se siente como si acabaran de darle un golpe en el pecho y las lágrimas vuelven a agolparse en sus ojos. La necesidad de salir corriendo de allí a toda prisa, de olvidarse de todo. De desaparecer y olvidar, aún a riesgo de tener que enfrentarse una vez más al agobio de no llegar a fin de mes y tratar de negociar sus deudas con el banco, empieza a antojársele como la mejor solución a su situación actual. Lo piensa. Se muerde los labios como si con este gesto buscara la determinación para hacerlo, pero en ese momento su teléfono suena. Tiene que responder a la llamada. Lo que no sabe es si las noticias que va a recibir van a hacer que despierte de la pesadilla en la que cree vivir, o por el contrario, lo que está por venir va a ser peor que todo lo que ha sufrido hasta ahora…

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