El aire acondicionado de la sala de reuniones está un poco alto, pero contribuye a dar un aire de negocios a lo que se está cociendo allí dentro. Tenemos una mesa metálica colocada en el centro de la habitación, justo debajo de un par de focos grises con pinta de ser halógenos, que ahora mismo están apagados. Las paredes pintadas en todos neutros. Láminas de cuadros impresionistas cubiertas con un cristal. Un par de plantas para darle un aire algo personal y cuatro sillas. Tres de ellas ocupadas. En uno de los lados, tenemos a nuestra protagonista. Viste una blusa blanca de poliéster barata, falda a media pierna y sandalias de cuero trenzado. Una leve capa de maquillaje y corrector de ojeras para cubrir los efectos del insomnio que la decisión que acabó por tomar ha acarreado. Noches en vela. De dar vueltas en la cama, fumando un cigarrillo tras otro y acabar viendo amanecer asomada a la ventana, con los párpados hinchados de llorar y un nudo en la garganta a la espera de recibir la respuesta por parte de su contacto. Frente a ella, en cambio, lo que hay es un matrimonio de unos cuarenta años largos. Aspecto de clase alta. Ella, pelo teñido en tonos ceniza, pendientes de perlas, sonrisa de anuncio de dentífrico y un traje de chaqueta que tiene pinta de no ser de Primark. Un Rolex de oro blanco en la muñeca izquierda y un collar de Swarovski con cristales en forma de hoja, que arrancan destellos dorados a la luz que entra por la ventana cada vez que se mueve. Por su parte, el hombre que la acompaña viste de una manera más funcional. Camisa blanca, corbata negra. Las mangas arremangadas con tres vueltas hasta la altura codo. Pantalón de traje negro y zapatos italianos que parecen recién lustrados. Luce un bigote cuidado hasta el esmero y tiene la mirada, y los ademanes, de alguien acostumbrado a salirse con la suya. Un tiburón de las finanzas o en un empresario de éxito, podríamos decir.

Y en medio de la mesa, a mitad de camino del matrimonio y ella, un sobre repleto de billetes. A ojo, aún no ha tenido la oportunidad de contar la cantidad exacta, hay dinero para saldar la mitad de su deuda y quedarse un pequeño pellizco para posibles emergencias. Lo único que tiene que hacer es decir que sí a lo que el hombre le está repitiendo ahora mismo. Nada más. Aceptar la oferta, saldarla con un apretón de manos y esperar, otra vez esperar para su desesperación, a que el negocio propiamente dicho empiece a dar sus primeros pasos.

— Entonces, ha quedado todo claro, ¿no?— pregunta él, aguantándole la mirada durante unos segundos.
— Todo tiene que permanecer en silencio. Nadie de tu entorno debe saber nada de esto. Tenemos que esperar unos cuantos días para poder empezar a hacerte las pruebas, pero si todo sale bien, dentro de nada no tendrás nada de qué preocuparte. Ya te lo hemos dicho. Tus problemas van a dejar de existir— hace una pausa y mira a su mujer, poniendo su mano sobre el dorso de la de ella. Las alianzas de boda se rozan entre sí, dándole un aire materialista a su unión.

Ella sonríe y asiente. La idea de que sus quebraderos de cabeza pasen a la historia, parece gustarle. La liberación de una gran losa que ha llevado demasiado tiempo sobre sus espaldas, a cambio de algo tan sencillo como ofrecerles a ellos aquello que el destino parece haberles negado.

— Todo se hará aquí— señala a su alrededor con la mano que tiene libre—. En esta clínica. Mi clínica. Nada de tener que viajar al extranjero para recibir el tratamiento y volver después. Eso sólo acarrea problemas burocráticos. No va a haber ningún papel firmado.  Este acuerdo no existe. Tú sólo tienes que cumplir con tu parte, y nosotros cumpliremos con la nuestra— silencio calculado, para dejar que sus palabras calen hondo y hagan su trabajo—. Tus deudas con el banco dejarán de ser un problema… Conocemos a las personas adecuadas para hacer que un expediente desaparezca por arte de magia. Un error de tu oficina bancaria y adiós problemas. Hacienda ni se molestará en investigarlo. Hay demasiados documentos que se traspapelan y por uno más, tampoco va a pasar nada. No tienes que preocuparte por ello…

Termina de hablar con una sonrisa de éstas que esperan una respuesta que se conoce de antemano. Lo que acaba de decir ha sonado a lo que es, la posibilidad del indulto a un condenado a muerte a cambio de un favor y claro, eso es jugar con ventaja. La chica asiente, colocándose un mechón de pelo detrás de una oreja. Sus ojos brillan de la excitación. Una voz en su cabeza le dice que no se lo piense más, que coja el sobre con el dinero y se marche cuanto antes. Un baño de espuma y darse algún capricho para celebrarlo. La vida al fin parece volver a sonreírle y ya se sabe, dura poco la alegría en la casa del pobre. Así que mejor vivir el momento, que ya se encargará el destino de hacer que las lágrimas vuelvan antes o después.

— No sabes la ilusión que nos hace, de verdad— interviene la mujer, antes de que ella pueda abrir la boca—. Somos tan felices. No sabes la de veces que lo hemos intentado por métodos naturales— el hombre carraspea algo incómodo, como si hablar de eso en mitad de una reunión de trabajo no tuviera cabida—. Y ahora, cuando casi habíamos perdido toda esperanza, apareces tú. Debes ser una señal divina, hija. No sabes cuánto te lo agradecemos. Muchas gracias, de corazón.

Acompaña sus palabras con un gesto de éxtasis que podría compararse con el de un niño pequeño al abrir un regalo en la mañana de reyes. Su marido, en cambio, guarda silencio. Lo que tenía que decir ya lo ha dicho. Lo demás es innecesario. Sólo es cuestión de zanjar el asunto cuanto antes y a otra cosa.

— No hay que darlas— responde al fin. Habla rápido. Está nerviosa. Por momentos empieza a pensar que la idea, tal vez no haya sido tan buena como creía. La mujer que tiene delante tiene los ojos llorosos y hasta le ha llegado a temblar la voz cuando hablaba. Demasiada tensión afectiva alrededor de algo que, en un principio, para ella no era más que ofrecerse a un matrimonio desesperado. No pretendía experimentar los vínculos emocionales que ahora mismo siente—. Sé que una vez que todo esto haya empezado, os haréis cargo de mí en todo cuanto necesite— logra decir al fin—. Pero hasta que llegue ese momento, prometo trabajar y ahorrar un poco para no ser un problema económico para vosotros. Bastante vais a hacer por mí al ayudarme a saldar mis deudas con el banco…
— Ni hablar— la interrumpe el hombre, frunciendo el ceño con severidad—. No vas a trabajar. Tan pronto como te hagamos las pruebas y la fertilización sea viable, no tendrás que hacer nada. Sólo esperar a que el tiempo pase. La fecundación la haremos aquí y todas las pruebas que permitan ver que todo sale bien. Tú lo único que tienes que hacer es relajarte y olvidarte de todo lo demás.

Su voz, un tanto severa, suena como lo que es: una orden. Quizá por ello, para aliviar un poco la tensión que acaba de producir, se excusa saliendo de la sala con el teléfono en la mano. Las dos mujeres se miran a los ojos unos segundos. Una, con el gesto serio y algo parecido al miedo asomando a sus pupilas. La otra, tratando de quitar hierro a la escena que acaba de tener lugar. No se lo tengas en cuenta, dice, está muy nervioso con esto de la paternidad. Es un buen hombre, aunque a veces se comporte así, de una manera tan impulsiva. Sé que parece que vive enfadado con el mundo, pero ha sufrido mucho por mí. Soy estéril y nunca he podido darle un hijo como quería. Ya hablaré con él para que suavice sus formas cuando estés embarazada, hija. Ha dicho lo que ha dicho. Las maneras le fallan, pero analízalo. Estando embarazada, no podrás seguir trabajando en lo tuyo. ¿Qué efectos tendría eso en el niño? Horas de estar de pie… Estrés… Falta de sueño…

Y ella escucha. Y lo que la mujer le dice surte efecto. Y cuando quiere darse cuenta está asintiendo, convencida. Y cuando el hombre entra de nuevo en la sala de reuniones, le mira con otros ojos. Y él habla. Y ella oye lo que dice como si fuera la justificación a un problema matemático, asombrándose ante sus razonamientos. Y cuando quiere darse cuenta, está de vuelta en su casa, haciendo la maleta. Y mirando con alivio el salón, al tiempo que coge las llaves y cierra la puerta. Suspirando, sintiendo que su vida está cambiando a marchas forzadas y el vértigo que siente al bajar las escaleras hace que recuerde algo que hasta ese momento ni se había molestado en pensar. ¿Qué le ocurriría si el resultado de las pruebas de fertilidad no son las esperadas, o no logra quedarse embarazada, pese a las estadísticas de efectividad que tiene la clínica y que el hombre ha repetido hasta quedarse afónico?…

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