El día D y la hora H están al caer. Nuestra protagonista se siente cada vez más pesada e irascible. Y para terminar de complicar las cosas, el matrimonio ha decidido contratar a tres especialistas que permanecen las veinticuatro horas pegados a ella. En el fondo quiere creer que lo hacen por su bien. Pero lo que es innegable es que se siente intimidada por ellos. Parecen tipos cortados por el patrón de un personaje de los bajos fondos de una novela barata. Trajes caros. Mirada de hielo. Mandíbulas cuadradas. Anchos de espaldas. Alguna que otra cicatriz en la cara. Manos grandes, ásperas. Más preparadas para partir a alguien por la mitad que para otra cosa. Aunque ya se sabe, el hábito no hace al monje y, según las explicaciones que le han dado, más él que ella, son de lo mejor que se puede encontrar en la sanidad privada. Sí, su aspecto puede dar miedo, eso es innegable. Son exmilitares, no te vamos a engañar, pero por eso son tan valiosos si por lo que sea, Dios no lo quiera (mención divina acompañada de gesto compungido al santiguarse), te pusieras de parto en casa o tuvieras algún imprevisto de última hora. Han salvado centenares de vidas en campos de batalla y, con ellos a tu lado, puedes estar tranquila.

 

Y eso es lo que ha intentado durante las semanas que llevan metidos en la casa. Sentirse tranquila rodeada por ellos y sus maneras silenciosas. Parecen espectros, sombras. No los nota hasta que se gira y se topa de lleno con esos iris claros que la miran sin emitir ninguna emoción, antes de dar media vuelta y volver por donde han venido. Pero cualquier intento se queda en eso: un intento por ambas partes. Ella, intentando mantener la calma. Ellos, por su parte, bajando la guardia y suavizando las cosas. En lugar de estar en todo momento en su puesto, han optado por montar guardias de ocho horas. Uno se queda en la casa. Otro permanece en el jardín y el tercero descansa dentro de un todoterreno. Así las cosas parecen más llevaderas y cumplen con las órdenes que han recibido: evitar que intente huir sin tener que recurrir a la violencia. Sólo asustarla lo suficiente como para que si en algún momento ha llegado a tener ganas de levantar el vuelo, éstas desaparezcan y les ahorren quebraderos de cabeza a estas alturas del negocio.

 

Sin embargo, con lo que nadie cuenta es con lo que ella pueda sentir o dejar de sentir en su fuero interno. Las molestias son cada vez mayores No duerme y es incapaz de encontrar la postura en la que, al menos, tratar de descansar las lumbares, que siente doloridas como si trabajara estibando fardos en un muelle. Y quizá, de la mano de este reposo, lograr deshacer el nudo que siente en la garganta cada vez que piensa, animada, que ya no le queda nada para poder abrazar al bebé y el dolor de la certeza al caer en la cuenta de que probablemente eso no llegue a pasar nunca, recordándole que no es más que un engranaje más de una maquinaria de la que forma parte.

Y para colmo, las visitas del matrimonio han comenzado a distanciarse cada vez más. Ahora hablan por teléfono. La mujer se muestra tan alegre como siempre. Interesándose por ella en todo momento. Por sus sensaciones y las molestias que pueda experimentar. Le da ánimos y siempre promete tratar de ir a verla tan pronto como pueda, pero hija, estamos dando los últimos retoques a la habitación del bebé y esto es un caos.

Aunque lo que verdaderamente es un caos, piensa, es mi cabeza. Las ansias de desaparecer del tipo que tengo pegado a mi espalda como una sombra y que todo esto acabe de una vez. Poder abrir los ojos un día y ver que no estoy aquí. Encerrada con un carcelero que se turna cada ocho horas. Poder salir, disfrutar de la vida y que toda esta mentira en la que vivo se acabe. Poder dar de mamar a mi hijo sentada en el sofá, sintiendo el calor de su cabeza contra mi pecho. No andar como un jubilado, temerosa de tropezar con todo cuanto aparece ante mí…

Pensamientos que pasan por su cabeza en avalancha. Un remolino de ideas que, unidas a lo avanzado del embarazo, hacen que lleve más de una hora tendida en la cama. Tumbada de costado y con los ojos abiertos, mientras se acaricia el vientre en un vano intento de relajarse y poder dormir un rato la siesta.

Malhumorada y con bastante esfuerzo se sienta en el borde del colchón, mientras busca a tientas las zapatillas con los pies. Con más esfuerzo aún logra incorporarse y automáticamente se lleva las manos a la altura de los riñones y aprieta los dientes. Un golpe desde dentro parece decirle que a su compañero de viaje no le gusta demasiado el cambio de postura. Contiene la respiración unos segundos y cierra los párpados. La presión disminuye. Suelta el aire despacio y repite la operación. Inhalar-exhalar. Todo vuelve a la normalidad. Empieza a andar despacio, a una velocidad geológica como aquél que dice y llega a la puerta. La abre despacio, temerosa de encontrarse con el centinela de turno apostado en el pasillo. Pero no. Hay suerte. Debe de estar, a juzgar por las voces que oye, en el salón. Una bofetada de olor a café recién hecho le sacude primero el olfato y después la garganta en forma de arcada, como para ayudarla a ubicar al hombre. Frunce el ceño y decide que ha llegado el momento de dejar las cosas claras. Lo ha dicho de buenas maneras y al parecer no lo han entendido. Debe ser por la barrera idiomática o algo por el estilo. Nada de tomar café dentro de la casa. Le produce náuseas. Y si no lo entienden, ya se encargará el matrimonio de hacérselo entender…

Con esto en la cabeza y una mano apoyada en la pared, va avanzando por el pasillo. Arrastra los pies y el corazón le late con fuerza en las sienes. No sabe si eso es bueno o no dado su estado, pero lo que si tiene claro es quién va a pagar los platos rotos de su malestar general. Le faltan pocos pasos para desembocar en el salón y entonces, lo que escucha hace que se lleve una mano temblorosa a la boca mientras que con la otra se sujeta la tripa y una lágrima silenciosa se desliza por su cara, al mismo tiempo que el miedo se adueña de ella una vez más, dilatándole las pupilas y haciéndole ver qué clase de médicos ha contratado el matrimonio para velar por su seguridad…

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