Como la Belleza abarca toda conexión con lo mítico, es imposible llegar a la plenitud sino es a través de la conexión lunar. Enfocar la vida a partir de lo superficial vierte un motivo de necedad a la hora de permanecer inactivo en este mundo. El mito habla más que el hombre y sólo el hombre puede aspirar a la mitificación de lo presente, de lo pasado, del porvenir. Actuar desde el marasmo de la cotidianidad no conduce sino a la vaguedad y a la necedad. Si el hombre resta poder a toda su sinergia constatable, todo se derrumba y cae en una peregrinación que le conducirá a la nada. Todo es posible si miramos de un modo real y paleontológico, como por ejemplo la sinopsis de la astrología y la hechicería. Vivir sin la deidad corresponde al homo sapiens absurdo y cruel. De ahí viene la vulgaridad y todo lo que se expande hacia el vacío y la soledad. Los dioses existen. Sólo basta con mirar el cielo, dejarse llevar por la gnosis de la naturaleza, buscar el difícil camino de la transcendencia, absorber el tiempo mientras el tiempo desaparece por lontananza, pero retorna cada noche, mientras la luna fija la actitud de todo poeta que se sienta como tal. La poesía siempre será nocturna.

Robert Graves adquirió esa balanza entre el irracionalismo y la subconsciencia, que es por donde se mueven los espasmos más intensos de la recaudación del aura, de la virtud, de la desolación, del astro rey. El ideal poético se traduce a partir de la búsqueda anterior del hombre ancestral, que es donde se da el cuévano de la inteligencia, la destreza, la comprensión de lo orbital en defensa de cualquier tipo de humanismo. El lenguaje no se hace, sino que nace. Y ese nacimiento se da antes que todo haya existido antes.

“Robert Graves adquirió esa balanza entre el irracionalismo y la subconsciencia, que es por donde se mueven los espasmos más intensos de la recaudación del aura, de la virtud, de la desolación, del astro rey”

Esta visión de lo mágico acumula en la poesía de Robert Graves toda alteración de racionalismo, porque es el mismo Graves quien no desea ser lúcido, dador de dagas que penetren en todo aquello que no venga de la transcendencia, de lo mágico, de la poesis. El poeta debe entregarse a todo tipo de ceremonia interior, antes que la exterioridad le interrumpa su conexión con lo astral o con lo druídico. Ése es el poder de la palabra, ése es el laberinto de donde se debe salir. Todo lo laberíntico acude porque no se ha entendido con toda perfección el verdadero sentido de la vida, que no puede venir sino es a través de la palabra y de lo dicho con la palabra. Graves conoce muy bien que es a partir del conocimiento la manera en que el ser escapa de la nulidad y de la desesperación. Ver para dentro, ése es su lema. Todo lo mitológico adquiere una definición de verdad desde el mismo momento en que el poeta se acostumbra ya para siempre a la poesía. Robert Graves amaba el poema y es a partir de esa conectividad la única manera en que existió, vivió y se dejó llevar por el estudio de la diosa. Toda ceremonia popular debe fecundar a la Diosa Luna, a la Madre Tierra, a la Dadora de Vida, a todos los nombres que se le da a la mujer blanca que espera vestida de olivos entre los escenarios nocturnos. La noche es el momento preciso en que el poeta debe encontrase a sí mismo si hace caso del silencio que le viene de todo lo que no calla, dice y penetra.

Robert Graves nos enseñó que para escribir es necesario esperar que lo etéreo, lo invisible, la colina nocturna, el silencio, el árbol mago, el imago del espíritu te atrapen, porque si no el poema se escribe de una forma forzada y se volatiliza el primer paso que da cada palabra, el ritmo, la musicalidad, el trovador de la naturaleza. Como se dice en la “Canción de Amergin: “Soy una colina: por donde andan los poetas”.

El verso en Robert Graves camina por la colina de Amergin y atraviesa el alma que amamanta la piel, el gesto, el andar, el pensamiento, el viaje, la casa, porque la sangre del poeta no es cualquier sangre, sino la santificación de la sangre, la cual corre por la lejanía hasta que vuelve a la misma sangre. Robert Graves y sus libros, tanto en poesía como en prosa, pertenecen a la corriente contrarracional de antropología de la cultura y de los mitos que incluye a autores como W. B. Yeats, Matthew Arnold, Andrew Lang, James Fraser, Jane Harrison, Joseph Campbell. Sería útil saber que todos ellos reverdecen de una tradición druida y esotérica a la vez que erudita y almacenada en el humanismo.

La tesis de Graves edita la verdadera poesía a través de la invocación a la Diosa en cualquiera de sus acepciones y andaduras, bien sean terribles o sublimes, liberadoras o protectoras. Existe en Graves una paleontología de la filosofía que se trastada desde lo antropológico a lo religioso, pues aborda todo el episteme ontológico en relación a una cachimba individual y ancestral en sus advertencias del conocimiento que no caben ni nunca cupieron dentro de la academia inglesa, aunque se presta para ser estudiado -este episteme de la cachimba, queremos decir- por investigadores que ven en él un personaje sui géneris que actúa desde la voluntad diferencial y a partir de la originalidad dentro del canon literario.

“La tesis de Graves edita la verdadera poesía a través de la invocación a la Diosa en cualquiera de sus acepciones y andaduras, bien sean terribles o sublimes, liberadoras o protectoras”

De este modo, nos encontramos con poetas como Ted Hughes o el Nobel Seamus Heaney que celebran su obra a partir de su autogestión gravesiana. Su tesis fundamental rodea el cuaternario de la Diosa Blanca, que seguramente es su obra más conseguida y en la que puso mayor empeño, donde todo lo mítico poético permea todo un bagaje cultural tantos en las ensoñaciones mediterráneas como británicas. Graves encuentra en la Mujer Triple, también así llamada, todo un referente para defender su teoría sobre el ars poética, por eso, al rozar de una piedra llega a decir el propio Graves: “Mi tesis es que el lenguaje del mito poético, corriente en la antigüedad en la Europa mediterránea y septentrional, se desliza desde el lenguaje mágico vinculado a ceremonias religiosas populares en honor a la Diosa Luna, algunas de las cuales datan de la época paleolítica, siguiendo ésta el lenguaje de la verdadera poesía. La función de la poesía es la invocación religiosa de la Musa, su utilidad es la mezcla de exaltación y de horror que su presencia suscita.

Robert Graves amó más la poesía que el dinero, de hecho, escribía novelas para poder vivir de la poesía. El novelismo le daba dinero, pero el poema le exaltaba el astro del alma hasta quedar casi absorto ante su aparición. Graves es de esos poetas que se toman muy en serio lo que escriben, pues no actúa desde la improvisación o el automatismo, sino que más bien espera a que el adjetivo caiga desde los abedules. Deià fue su montaña mágica y desde allí se hizo senderista de la literatura. Para la novela era un profesional, pero para la poesía, un pájaro vespertino que se levantaba al alba y esperaba a que la Triple Diosa le pusiera los zapatos y le cargara el tintero.

Hay poetas que creen en la poesía y otros que la utilizan como una forma convencional de permanecer intactos en el mundo. Graves es mago y húmedo aliento cuando el aliento no llega y hay que buscarlo entre los olivos o en el néctar de la noche. Como Novalis, Graves cree en los himnos nocturnos y es ahí donde se desamarra de todos esos vates que trabajan los folios como si fueran funcionarios del Catastro. Graves es naturaleza pura, atisbo de un paraíso perdido –quizá Milton- que busca en lo invisible lo que se apunta a los ojos y que propone el verso serpenteando entre las palabras. La palabra no se encuentra, sino que baja del animus del Leteo para volver a recuperar la memoria. Graves es el poeta puro y su novela, histórica, biográfica, memorialista le ayuda a ejercer el tiempo dentro del tiempo, porque el hastío –“el hastío ha causado más víctimas que la voluptuosidad, más borrachos que la sed y más suicidios que la desesperación”, escribió François de La Rochefoucauld-a veces llega y no hay manera de quitárselo de encima. Esa lucha contra el spleen le lleva a Graves a la escritura perpetua -Umbral escribió “La escritura perpetua”, un célebre ensayo sobre César González-Ruano-, pues sus libros nacen desde la autoridad del que se siente tocado por el ángel alado, por lo daimónico a veces, por esa necesidad de escribir a partir del tumulto de las civilizaciones, de las cartas hechas páginas, del historicismo, de lo mitológico, de historias reales o irreales, de emperadores romanos, de un Rey llamado Jesús, de aventuras en las Islas Marquesas, de la guerra de la Independencia de los Estados Unidos, de Odiseo y Telémaco, de epopeyas gigantes, de vellocinos de oro, todo un periplo novelístico que se amontona entre páginas voluminosas que huelen a madera de cerezo.

“Decía Robert Graves que el dinero podía comprar casi todo menos la verdad, y recordemos que Sócrates nos dijo que “la verdad nos hará libres”. ¿Qué es el hombre en realidad? Ninguno quizá lo sepamos”

Decía Robert Graves que el dinero podía comprar casi todo menos la verdad, y recordemos que Sócrates nos dijo que “la verdad nos hará libres”. ¿Qué es el hombre en realidad? Ninguno quizá lo sepamos. Los hombres primitivos empezaron, en su acción de conocimiento, a pintar las cuevas en donde moraban. ¿Acaso no es eso una forma de arte?, ¿acaso el primer homo sapiens no estaba ya iluminado por la luna de la Mujer Triple? Suponemos que sí, que el Pan troglodytes, que es de donde venimos, entre otras navegaciones antropológicas por surcar de momento, ya era artista y fundamentó su encuentro con lo grupal y con lo civilizatorio a través de una cultura que se había inventado, o mejor, que tenía la necesidad de inventarse.

Robert Graves es el gran poeta de la sublimación de la naturaleza y de la profundización del espíritu humano, que sólo tiene que rendir cuentas a la luz lunar y a la mujer diosa que lo ampara y que siempre está por encima de él. La Diosa Blanca, en este sentido, perpetúa toda suerte de adivinación entre el hombre y el arte. Así lo dice: “El regreso de la Diosa / Bajo tu Vía Láctea / Y tu Osa de giro lento. / Los sapos del matorral de alisos rezan / aterrorizados por tu día del juicio / Ruidoso es su arrepentimiento / El tronco que coronaron rey / Creció empapado, tambaleante, hundido / Un búho se desliza en silenciosa ala / Agua oscura mana del manantial / Te invocan desde cara orilla / Al amanecer aparecerás / Garza de piernas rojas, / Tú / A quien su miedo conoce tan bien, / Embistiendo con tu pico como lanza / Para llevarlos a casa otra vez. / Suficiente / Tecum / Cariátide / Domnia”

Robert Graves llueve hacia arriba y ve caer la vida desde el mostrador de su inspiración sostenida por el arado de lo infinito.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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