Cómo te contaba el otro día, amor, mi Rimbe, en estos momentos soy un hombre con dolor que arrastra esta circunstancia creo que con elegancia. “El aburrimiento ya no es mi amor”, escribiste. Pues eso, mi tedio desaparece y me concede ser la solterona de la escritura y de la naturaleza que me envuelve desde la acción, siempre la acción, como dijo Goethe. En Londres, junto a Verlaine, te estabas montando a la grupa de los caballos más bellos de la poesía, pero nadie se estaba dando cuenta, quizá tan sólo el haschischin de Verlaine, pero nadie más. Sin embargo, tú sólo seguías creyendo en ti, en la alquimia de tu Verbo, en la destrucción de los siglos que te precedieron, porque para eso eras un acerado crítico literario, ya lo habías demostrado en las cartas que habías enviado a Izambard y a Demeny y a otros.

Poseías una visión de la literatura muy particular, por no decir excesivamente original. Pera sólo, como ya te he dicho, se salvaba Grecia y algún dios como Baudelaire, más algún resto de la poesía romántica, que fue vidente “sin percatarse bien de ello”. Salvabas también la literatura cabalística, de donde sacaste toda tu teoría literaria para forjar tu célebre “lenguaje universal”. De ellos aprendiste los libros de alquimia y de magia y tu doctrina estética, como te digo. Michelet era uno de tus preferidos en el campo de la ciencia y de las matemáticas, pues consideraba a Satán como el más grande de los magos, y esa situación a ti te atraía poderosamente, tú, “Satán entre los doctores”, el que ilumina la oscuridad del caos, el que ilumina con el fuego de los conocimientos y de los inventos de la palabra la verdadera vida, la que tú deseabas, tu vida de poeta incendiada por las antorchas, porque no lo olvides, tú habías dicho que “el poeta será el robador de fuego”. Tú querías conseguir a través de tus poemas alcanzar el punto central de todos los misterios, como la naturaleza ha alcanzado al mismísimo Reino de Dios, el Sanctum Regnum de la cábala. La naturaleza obedecía de ese modo las órdenes de ese Reino todavía no dado por perdido y era capaz de reinventar nuevos frutos, flores nuevas, distintos mundos, futuros colores. Deseaba poseer la posibilidad de poder establecer la unión de Cristo con Lucifer y cercenar ese árbol siempre tan peligroso entre el bien y el mal, entre el orden y el desorden, entre lo estructural y lo desestructurado, con el único e irrefrenable objetivo de realzar ya para siempre el amor y la reconciliación entre el universo y el hombre.

Abusaste de los colores, porque ellos te conducían, sin duda ninguna, al lenguaje o al telegrafismo que todo alquimista busca para sí, por eso tus imágenes son pinturas modernas en donde se ve el paisaje exterior de tu alma empadronado hacia lo más profundo de ti. Y con el color aparece el símbolo, espuma de la ciudad de tus nortes, búsqueda de tus brumas filosofales, diabetes curadas de tus pensamientos, plenitud onerosa de tus visiones casi perfectas. De este modo, reconocidos los colores como arma para reconstruir el lenguaje inventaste un poema donde le pusiste a cada vocal un color. Ya todos los que te seguimos lo sabemos. Se trata de tu famoso “Soneto de las vocales” y que ha quedado simplemente como “Vocales”.

Este poema lo escribiste poco antes de tu marcha definitiva a París, cuando estudiaste a fondo el porqué de la cábala, gracias a los libros que te prestó Charles Bretagne. Se trata de una versión de las correspondencias baudelerianas, donde la sinestesia nace como punto de partida, y colores, sensaciones, sonidos y estimulaciones forman la compactividad de una idea que al principio genera confusión, pero que siembra un precedente dentro de la teoría simbolista y los experimentos alquímicos. En este poema está claro que tu intención es la búsqueda de lo Absoluto, visión y sonido en una misma naturaleza levantada al ser arrojada en la misma coctelería del idioma. Se trata de un proceso alucinatorio que tú todavía habías desarrollado quizá dulcemente con el alcohol en Charleville, sobre todo con la absinthe, pero que se desprendería y desarrollaría de forma extensiva y en mayor parte satánico ya en París con la ingestión del hachís, como ya hemos visto.

Es posible que esta teoría alucinatoria de “Vocales” te surgiera en las tabernas de Charleville, junto a Charles Bretagne y la influencia de sus libros cabalísticos –la absenta tiene esos poderes coloristas y esas sensaciones estridentes-, pero el esquema básico del poema parece tener su realidad, si lo podemos tratar así, de la vaquería del subconsciente, que es donde te gustaba trabajar a ti. De alguna manera, entre otras cosas, a eso te referías cuando hablabas del “Yo es otro”, y digo, entre otras cosas, porque la disertación sobre esta aseveración tuya ha dado y dará para mucho.  Los colores que utilizas en el desarrollo del célebre poema se ordenan de acuerdo a lo indicado durante el proceso de la alquimia a la hora de obtener el punto de oro de un equilibrio filosófico, esto es, la pócima secreta de la vida.

Veamos tus colores mágicos: “A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul: diré, / Vocales, algún día su virtual nacimiento. / Negro corsé velludo, la A, moscas brillantes, / Bombineando en torno a crueles hedores. /         / Golfos sombríos; E, candor de vapor y tiendas, / Lanzas de altos glaciares, reyes blancos, umbelas, / Escalofríos. I, purpúreas, sangre escupida y risas / de hermosos labios en ira y embriagueces penitentes; /          / U, ciclos y vibramientos divinos de mares verdes, / Paz de pastos sembrados de animales, paz de arrugas / Grabadas por la alquimia en frentes estudiosas; /        / O, supremo Clarín de estridores extraños, / Silencios atravesados por Ángeles, por Mundos: / -¡Oh la Omega, violeta el rayo de sus ojos¡”

Este poema, compuesto poco más o menos por las mismas fechas que “El Barco Ebrio” ya denota el claro viraje que, antes de tu partida hacia Paris, habías realizado en tu original estética literaria. La composición a base de asociaciones insólitas de vocablos y que más atrás hemos visto como realizas a su vez en un poema como “Memoria” te identifica como el poeta nuevo que empiezas a ser, como el poeta que fractura el lenguaje y lo convierte en un luis de su condición, en una propiedad privada en la que ya nadie jamás entrará, porque, como digo, insisto, has hallado el idioma, lo has encontrado y lo has renovado, “paz de arrugas”, “negro corsé velludo”, “candor de vapor y tiendas”, jamás hasta la fecha nadie había sido capaz de unir palabras tan distintas en su significado y en su significante. Se trata de la exploración vitalicia de tu mensaje moderno que se pasará de siglo e irá, insisto, a parar a un porvenir donde te esperarán con los brazos abiertos. Nunca un poeta había entrado tan directamente y tan profundamente en la modernidad, ni siquiera Baudelaire. Tú recompusiste una lengua, la francesa, y con ella te inventaste toda una literatura, la que dio de beber, en la alquimia de tus colores, a todo un siglo XX que existió por tu afán de hacerte vidente y de robar el fuego a las realidades más paganas. Sí, pintaste las vocales, más tarde lo recordarías tú mismo en “Una Temporada en el Infierno”, pero lo que coloreaste fue un lenguaje cabalístico mediado por la costumbre de que disponías ya de la deconstrucción, de la abstracción de las sensaciones y la musicalidad, de una melodía interior que eras tú mismo, con tu amargura de adolescente que ascendía hasta los cielos como ascenderían los aviones de guerra ya en el siglo XX.

En 1870, cuando andabas los campo de Bruselas, escribiste un poema donde reflejabas los placeres de vivir y que titulaste justamente así: “Mi bohemia”, ese poema está redactado antes de tu revolución estética y antes de encontrar tu verdadero soporte lingüístico como poeta moderno: “Me largaba, las manos en mis bolsillos rotos; / mi paletó también se volvía ideal; / bajo el cielo iba, Musa, y yo era tu vasallo; / ¡cuántos maravillosos amores he soñado¡ /      / Mi único pantalón tenía un siete enorme. / -Soñador Pulgarcito, desmigajaba rimas / en mi camino-, Era la Osa Mayor mi albergue, / y mis estrellas en el cielo hacían un frú-frú dulce; /       / y yo las escuchaba, sentado en las cunetas, / en esas noches de septiembre en que la frente sentía las gotas / de rocío como un vinillo reconstituyente; /       / o en que rimando en medio de las sombras fantásticas, / como cuerdas de liras, yo tiraba de los cordones / de mis malheridos zapatos, con un pie cerca del corazón”.

La bohemia, como modelo dinámico, te pavimentó el camino hacia una libertad que tu anhelabas como monstruosidades atroces, pues hallaste en el anatema de la Naturaleza y las ciudades que visitabas el paroxismo de tu humanismo interior, como si fuera un verdadero encuentro contigo mismo. Atrás quedaba Charleville, con sus avenidas burguesas y con sus misas de domingo y, sobre todo, con una madre que, dedicada a la postre a una educación férrea que te castraba no sólo la imaginación, sino el ambiente puro de tu extraño espíritu, tan desarrollado por tu síntesis cultural, embadurnada con su misericordia de provincia aleteada de analfabetismo y tedio. Tú naciste para la libertad. Y ésta la citabas en la chaira de los sembrados y las tierras llenas de árboles frutales, en un vagabundaje que te hizo lógico, ilógico, transcendental y gobierno de tu cuerpo, el cual acostumbraba a despojarse de los más naturales cuidados, pues no eran pocos los días en que pasaban en que las ropas se te deshacían como tiras de papel y en que tus cabellos se te agolpaban de esos bichitos que ya eran como un ejército que formaba parte de tu capitanía, y al que dedicarías poema.

Te gustaba estar así, tumbado sobre la hierba fresca, observando el mundo desde el mundo que había dejado de existir, beber el agua fresca de los ríos, como si elixir de oro alquímico se tratase, detenerte en alguna casa perdida en medio del bosque para preguntar si existía la posibilidad de ofrecerte algo para saciar tu hambre, que era tan brutal como la batalla de Cleómenes. Eras un oficio andante perdurando ante la soledad de tu catarsis, la cual realizabas mediante el sonido arrastrante de tus botas, ya destrozadas de tanto engarce, y a la vez mediante tu fe en la palabra muda que pervivía en ti como un argamenón en busca del hundimiento de la Tierra. Tu bohemia era el monismo del canto de los pájaros, el cuartel donde las hojas nacían para metamorfearse más tarde en lirismos de chaquetas rojas, la anatomía de la lluvia cayendo sobre tu cuerpo como si pareciera un romanticismo de Sturm and Drung o una balada lírica de Coleridge. “Bajo el cielo, Musa, yo era tu vasallo”. Y ese vasallaje te anexionaba al púlpito griego de Diógenes, entre la miseria de tu cuerpo sucio y la mirada azul donde los astros te trasladaban a la diversidad de la conexión: naturaleza y tú, como una matrimonio de reinados posibilitados por la imagen siempre visionaria de tu rima, de tu pensamiento colgante como los puentes de París, de tu idealismo ancón entre la mirada del sol y la sugestión que iluminaba todas tus acciones: caminar, tumbarte, leer, soñar despierto como un muerto que todavía no ha nacido, acostumbrarte a la noche como tu protectora virginal que te pedía el nombre a cada deslumbramiento de cada astro.

Y hasta aquí por hoy. Seguimos la semana que viene. Pero no olvides, amor, que yo, como tú más o menos señalaste, tampoco, atendiendo a mi dolor como bendición de la elegancia, hoy mismo en que te escribo de nuevo tampoco sería capaz de pedir el alivio de una paliza, pues -y en eso algo tengo de ti- no me veo con fuerzas para embarcarme en una boda con Jesucristo por suegro. Como más tarde diría Cortázar: “No tiene familia. Es escritor”. Je ne sui pas prisonnier de ma raison.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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