Amor, amor de este tiempo en que te he escrito para castrar el pene de Cronos. Aquí te dejo, pues no es fácil la tierra árida cuando las tormentas llegan. Entonces, pues, aquí te digo tu muerte y tu adiós, tu escupitajo al mundo que es el mío, pero en forma de metáfora de blanca diarrea. África fue tu exilio y tu amor, tu soledad y tu manera de alejarte de toda estupidez humana. Pero caíste en la enfermedad y tuviste que regresar a Francia.

Tu destino era Marsella y cuando llegaste al momento te ingresaron en el hospital de la Concepción. Escribiste a tu familia:

“Marsella

Mi querida mamá, mi querida hermana:

Tras sufrimientos terribles y debido a que no me iban a curar en Adén, decidí tomar el barco de las Messageries para regresar a Francia.

Llegué ayer, tras trece días de dolor.  (…) Va a durar mucho si las complicaciones no obligan a cortar la pierna. En todo caso me voy a quedar lisiado. Pero dudo que espere. La vida se me ha convertido en un imposible. ¡Qué desgraciado soy¡, ¡qué desgraciado he empezado a ser¡

He de cobrar aquí 36.800 francos a cuenta del Comptoir National d’Escompte de París. Pero no tengo a nadie que pueda ocuparse de este dinero. Yo soy incapaz de dar un solo paso fuera de la cama. Todavía no he podido ni ir a cobrar el dinero. Qué hacer. Qué triste vida. ¿No podéis ayudarme de algún modo?

Rimbaud

Hospital de la Concepción. Marsella.”

 

La pierna derecha. La pierna derecha desgarrada en las rocas del desierto, como el desgarro de la voz de los anarquistas, como la herida de los antílopes por el mordisco de los lobos. Tú, visitando los caminos, a pie o a caballo, pero la pierna, un mal paso y la sangre como un reguero del Nilo. Toda la violencia del cuerpo en un solo punto, para conformar el estoicismo y una filosofía de células polimorfonucleares aterradas sobre tu piel, bajo un sol enfermo que buscaba la vida, pero la vida ya era otra cosa, porque a ti el dolor te herbecía desde una latitud de rojo y hueso. Ah, la pierna y las parihuelas y aquellos días terribles tambaleantes y Zeila en una lejanía de siglos y la lluvia empapándote la muerte. La pierna.

Te permitieron empezar a andar con muletas, que es lo mismo que a un niño hambriento concederle un mendrugo de pan, pues perdías el equilibrio a cada momento que intentabas caminar. Permaneciste en el hospital hasta finales de julio en que regresaste a Roche con tu familia. Habían pasado doce años desde que no habías vuelto a pisar la granja. Ahora volvías enfermo, como vuelven los ejércitos de las guerras, pero tu intención era apostar por el optimismo, por labrarte un futuro hacedor de nuevas ilusiones. Con una pierna menos uno sigue siendo un hombre. El tumor, de momento estaba controlado, por lo que la vida te ofrecía una nueva libertad ahíta de jueves y lunes y calles y música y el Mosa de Charleville cuando lo visitaríais y los frutos de la huerta e Isabelle, tu hermana, con la que, casi a diario habías mantenido correspondencia durante tu estancia en el hospital.

Pero no era cierto que en ti no hubiera futuro entonces, ya te digo que, cuando llegaste a Roche, quizá por el piar de los pájaros, entreviste un nuevo revestimiento del mundo, un increíble aliento de pertinaz naturaleza que comenzó a funcionar en ti como la lectura de un poema de Baudelaire. Tenías incluso planteada la posibilidad de regresar a aquello que habías abandonado y que había motivado el inmenso cambio de tu vida: la literatura. La vida familiar en Roche tenía dos caras: por un lado, estaba tu hermana Isabelle, quien mostraba por ti un indecible apoyo moral y con ciertas garantías de cariño y generosidad. Isabelle, entonces, tenía tan sólo diecinueve años y siempre se había mostrado compasiva contigo. Durante tu estancia en África te imaginó como un mito, un hombre capaz de defenderse del primitivismo y de los peligros de aquellas lejanas regiones. Las cartas que te enviaba así lo demuestran. Mientras estabas convaleciente te cuidó con especial ternura, incluso poniéndote flores en la habitación. Isabelle, ya digo, te idolatraba y se sentía muy apenada por la situación en que ahora te encontrabas. En ese estado de cosas, consiguió separarse de la inflexión de tu madre, a la que empezó a no tener tanto en cuenta su mal carácter. Fue tu compañera, tu amiga, tu cuidadora, la enfermera natural y consanguínea que necesitabas en aquellos precisos instantes.

Tu hermana, ya digo, te ayudaba en todo lo que podías y tú, entre risas, le contabas todas tus aventuras en Abisinia, no sin obedecer a que quedara claro que aquello había sido, en muchas ocasiones, algo parecido a un infierno. Isabelle te conducía a los lugares donde en domingo había concentraciones de gente, te ayudaba a subir y bajar las escaleras, dejaba todas sus ocupaciones para ir de tu brazo a cualquier sitio y tú le contabas las ganas que tenías de nuevo de regresar a África en cuanto te recuperases: “Sé que entre ellos encontraré trabajo y viviré como sea posible”. No descartabas la posibilidad de contraer matrimonio e instalarte en Abisinia, fuera con una mujer francesa o una mujer indígena. Pero tu enfermedad empeoraba con el tiempo. El muñón de la pierna empezó a hacerse tan inmenso como la copa de un almendro y el dolor ya era insoportable. La axila y el brazo casi permanecían en la insensibilidad más permanente. El doctor Beaudier, que era quien te trataba en Roche, no sabía muy bien qué hacer contigo, pero tú frenaste la idea de más posibles amputaciones. Una amputación más hubiera evitado por completo tu idea un tanto utópica de intentar un nuevo regreso a Harar, por lo tanto, a toda costa tu oposición era firme como un tratado de paz. Beaudier te recetó somníferos para que pudieras dormir y también consumías adormideras que Isabelle recogía para ti. Entonces caías en un estado de alteración de la conciencia y empezabas a hablar sin atavismos de tu pasado, de cuando eras un niño por las calles de Charleville, de la vida que en general habías llevado. Beaudier entonces te confirmó lo que tú ya sabías: que en París estabas siendo considerado como uno de los mayores poetas del siglo XIX. A lo que tú contestaste: “A la mierda con la poesía”. Lo cual no cuadra con tu intención en aquel tiempo de volver a acercarte a los círculos literarios. Seguramente los fármacos resolvieron un problema del subconsciente. El uso de las adormideras hay que tener en cuenta que te producía alucinaciones.

El 23 de agosto de 1891 te pusiste rumbo a Marsella, ciudad donde el mar tiene una oficina, la oficina de la sangre. Aquel itinerario semejaba a los practicados en tus expediciones de los climas cálidos, donde el tráfico de armas y hasta el de esclavos te procuraron una consecuencia lógica de las crucifixiones. Al llegar a París consististeis descansar un tiempo antes de dirigiros a la Gare de Lyon. Allí partió el ferrocarril esta vez sí con destino a Marsella, la antesala de Abisinia, pero tú habías sembrado en tu porvenir la posible ausencia de tu curación, por lo que la enfermedad debería ser la camarada con mandíbulas carnívoras de tu regreso a África. Cuando por fin llegasteis a Marsella, puerto de las nuevas iluminaciones, fuiste trasladado al Hospital de la Concepción, donde el trote de los caballos te esperaba de nuevo.

Marsella para ti, en aquel momento, significaba un tiempo de stop hasta que pudieses reanudar la marcha de nuevo hasta el calor de los caminos hariris. Los médicos del hospital te diagnosticaron algo que tú sentiste como una realidad terrible: un carcinoma, más la complicación de la evolución de la sífilis que contrajiste en Abisinia. Creías que el tumor, a su vez, se había detenido en su parte más violenta, pero no era así, se estaba extendiendo en forma acelerada. Los mismos médicos le aseguraron a tu hermana que la duración de tu vida iba a durar poco, días, quizá semanas. No existía medicinalmente ninguna posibilidad de detener lo que te había enfermado. Arthur, amor, ya no estabas salvado, como tantas veces habías repetido en tus poemas, esta vez el fin estaba tan próximo como el límite entre el crepúsculo y la noche. A ti, por no causarte hondo pesar, te engañaron y no te avisaron de que estabas a punto de morir, te crearon falsas esperanzas en torno a una posible curación. Fue entonces cuando te tranquilizaste y esperaste lo mejor para ti. Volviste a soñar con tus ideas de asistir a las noches de Harar.

Pero todo sucumbió de repente cuando un día entró en la sala de enfermos el médico y te puso sobreaviso de que la parálisis ya se había extendido a los órganos internos, además de advertir un intenso bulto en la ingle de la pierna que no tenías. Entonces lo entendiste todo. La muerte no es mala, lo difícil es el pensamiento de la muerte.

Los médicos mantenían tu dolor a base de morfina. ¿Era ésa una morfina también para el alma, para la angustia de tu invisibilidad? El que no cree, según se pensaba, y según Pascal, podía perder su lugar azul en lo eterno, que, al fin y al cabo, es allá donde vamos a pasar el resto de nuestra muerte. Las montañas eran las que te iban a llevar a los espacios infinitos, las casas de Zeila, el tiempo de los desiertos de Zankuber, hasta el chantaje de Menelik. La morfina que te aplicaban te hacía reproducir verdaderas alucinaciones, las últimas de tu vida, después del desarreglo de los sentidos. Era el final de tu videncia como poeta. De este modo le explicabas a Isabelle como veías paisajes intensísimos de extrema belleza, diosecillos envueltos en piedras de mármol, columnas de cuarzo provenientes de los Urales, visiones que bien podrían haber compuesto tus últimas “Iluminaciones”. De este modo, amor, moriste siendo poeta, tal y como empezaste. La historia de una vida se repite desde los pañales hasta la mortaja y no hay antropología que esté dispuesta a negarlo. Por lo menos ése fue tu caso. Como fue el caso de Goethe, que murió escribiendo palabras en el aire. De todo tu cuerpo, paralizado completamente, eran los ojos los únicos que permanecían vivos, como si se resistieran a perder de vista la belleza del mundo, esa belleza que en tantas ocasiones habías bruñido en tus poemas. Pero el poema se te acababa, finalizaba el tiempo de los asesinos, la historia de una de tus locuras. Adiós a todo eso. Adiós a tu revolución romántica, cuando creías que la vida era cambiable y deseabas domesticar a los hombres para que olieran a dalias y al sur de las olas. Todo tu esfuerzo por conmover al mundo terminaba, pero lo hacía sólo con tu cuerpo, no con tu cesión a la literatura, pues ya se había construido un tiempo en que tu poesía era culminante y deslumbradora en un París de aguaceros y tradiciones que iban decayendo.

Moriste el día 10 de noviembre de 1891, tres semanas antes de cumplir treinta y siete años. Isabelle regresó a las Ardenas con tu cuerpo lleno de barro. “Me vuelvo a ver, la piel roída por el barro y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos, y con gusanos aún más gordos en el corazón, extendido entre los desconocidos sin edad, sin sentimiento… Execro la miseria”, habías escrito. Ya en Charleville a las diez de la mañana tu madre, la cual no quería que estuviesen presentes en el entierro ni tus amigos, profesores ni toda aquella gente que, según ella, te habían llevado por el camino de la perdición, celebró una misa en la iglesia. La ceremonia estuvo rodeada de todo tipo de detalles lujosos. Enterraban al hijo de Madame Rimbaud. Eso tenía que quedar claro. Un enorme ataúd tirado por caballos enjaezados y empenachados salió de la iglesia con destino al cementerio. Solamente, aparte de los sacerdotes, el coro de niños y los huerfanitos, seguían el cortejo Isabelle y tu madre. No hubo discursos. Estabas solo en la muerte como estuviste solo en la vida. Hay momentos en el tiempo en que es mejor morir despacio y sin nadie que esperar a que las estatuas empiecen a moverse. Moriste como poeta y las gárgolas empezaron a dejar de oxidarse. El mundo recompensa a aquel que vive para escribir o escribe para vivir. Tú realizaste ambas cosas. Ahora te esperaba la eternidad, los labios verdes de los dragones que empezaban a buscar en tu belleza la vocal perfecta para creer de nuevo y para siempre en los barcos que se embriagan.

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