Es importante en ti adivinar la autobiografía moral del poeta. Porque tú, en definitiva, sólo eras un adolescente, un muchacho de largas piernas que fumaba en pipa y que en París practicabas una vida bohemia muy próxima al paroxismo, entre la alucinación y tu rebeldía como compuesto de reinos en el que habitabas. Habías decidido despegarte de las nobles calaveras y únicamente te dedicabas a la acción de las calles y a la vida de los cafés, de los tugurios, del enfrentamiento con una unidad de camandulero que te estaba cerrando todas las puertas, ya lo hemos visto. Pero la fe como poeta no la habías perdido todavía. Ya llegarían años más tardes los paredones de fusilamiento. Si tú llegaste a ser uno de los más grandes poetas de tu tiempo, es precisamente porque decretaste la religión pagana a la poesía. Tú mantenías incólume esta fe que te digo, que luego prosperaría en lo que seguramente son tus mejores libros y tu grandeza se seguía consolidando. Pero en tu caso esta convicción se debe en su mayor parte en que todavía eras un adolescente, un hombre por hacer, con toda una obra por delante. Siendo tal, confiaste en que las palabras podrían transformar la vida, podrían ejercer ese cambio de la realidad a un subterfugio donde las cosas de este mundo se alterasen en un cuerpo y en un alma, por eso elegiste el camino de la videncia, ese tránsito entre lo táctil y lo desconocido, esa feligresía que te iba a llevar a derribar barreras morales y permitirte la indicación de los Números y la Armonía, un trance pletórico de féculas modernas en el que el lenguaje estaría sujeto desde el alma para el alma, en el preciosismo casi lascivo de la compactividad de colores, perfumes, sonidos, “pensamiento que se aferra al pensamiento”, y en el que la mujer entraba de lleno en tu canto a la Diosa, pues de ella era el reino del futura de la escritura.

En este sentido, creaste una verdadera convicción en las ideologías feministas del ya casi nacido siglo XX, porque fuiste uno de los primeros en creer que la mujer iba a tener un papel iniciático dentro del panorama de la literatura, “la mujer encontrará lo desconocido”, y a lo largo de este tiempo, desde que tú no estás, la proliferación de la escritura femenina ha sido tal que, en estos momentos en que te hablo, principios del XXI, las librerías advierten una nómina de libros con nombres de mujeres tan importante aunque no más que la de los hombres. Es decir, fuiste el precursor, el adelantador de estos tiempos modernos en que la mujer se ha incorporado a la cultura como un bien común y como una diligencia necesaria para un sano equilibrio, cosa que no era ni por asomo entendible en los tiempos en que tú viviste.

Más de una vez se ha comentado que tu obra modificaría la vida moral de las personas en su sentido más amplio, en el sentido de su profundización de aspectos insólitos y nuevos que podían sobrecoger hasta los bosques románticos y modernos, y, ante todo, podía modificar la obra de otros que aspiraban a incorporarse a la vida diaria de la otra manera, es decir, desde el rompimiento y la transgresión. Eso es lo que ocurrió con toda tu influencia admitida en el siglo XX, de la cual ya hemos hablado y seguiremos hablando, porque el tigre da para mucho. Hay una serie de hechos que corren en beneficio tuyo, a saber: si bien el motivimismo de Rousseau en la vida contemporánea, en la vida desde la Revolución Francesa hasta hoy, o incluso las manifestaciones delatadoras de todo un Marx han sido muy extensos y muy cautivables en el sentido histórico, yo puedo decirte, y no es pasión de amor, sino mera objetividad, que fueron menos admirables e insondables que tu palabra escrita hacia el mundo, hacia un futuro que se reiteró como referencia de tu importante revolución de la poesía y la literatura y, ante todo, de una manera de demostrar que una vida es capaz de transformar un tiempo inconstante. Porque la influencia de Rousseau o de Marx pudo, eso es cierto, en el mejor de los casos, poseer ciertas aspiraciones a transformar circunstancias obsoletas de la permanencia en unos tiempos determinados de la existencia de la gente. Y esta situación, por mucho que no sea imperecedera, pues, sin duda ninguna, va coaligada a la higiene social y política concreta que va evolucionando, en todo caso no atañe a la vida estrictamente moral de cada ciudadano, no circula por las venas sangrantes del espíritu circular que les conmueve.

En tu caso, eso sí que ocurre, pues la pintura moral, aun proveniente del caos o de la más apolínea belleza, fue como una conmemoración que con el correr de los años fue más entendida, estudiada, profesionalizada y, por fin, mitificada. Esto es lo que ciertamente te diferencia de la frecuentación de la poesía que se hizo en el mismo siglo en que escribías. Se da el caso de Lautreámont, que en sus coordenadas vitales y éticas se aproxima bastante a ti. Por una extraña coincidencia en noviembre del año 1870, había muerto en París Isidore Ducasse, que utilizaba el pseudónimo de conde de Lautreámont, un poeta con el que, como te digo, tenías bastante en común, y que era digamos que de un modo voraz absolutamente individualista y revolucionario, como era tu caso. Ducasse murió desconocido a los veinticuatro años, pero sus “Cantos del Maldoror” se han convertido con el paso del tiempo en una de las claras referencias para la vanguardia y para el surrealismo, de manera similar a lo que pasó contigo.

El esplendor de la portentosa imaginación de Lautréamont lleva sin duda ninguna a la precocidad de tus movimientos literarios, aunque, todo hay que decirlo, el uruguayo posee menos intensidad para las imágenes y para las visiones a la hora de recargar sus textos. En todo caso, Lautreámont no aprendió del todo a separar el hada de la brutalidad. Ciertamente te digo que fue una pena que el conde y tú no llegarais a conoceros; te doy por seguro que hubierais congeniado como carne y sol, pues en el fondo compartíais muchas de vuestras teorías literarias. Su doctrina estética, manifestada en su libro “Poesías”, presenta, ya te estoy contando, aunque sea reiterativo, ciertas semejanzas con tu manifiesto literario expuesto en las famosas “cartas del vidente” relatadas a Izambard y Demeny. De todas maneras, tú me contradirás, no es probable que llegaras a conocer la obra de Ducasse. La primera edición de “Los Cantos del Maldoror” se realizó en 1868, por cuenta del autor, como tu harás con tu “Una Temporada en el Infierno”, y pasó prácticamente desde el silencio más absoluto por las hordas nobles de la escuela de París. Su obra completa fue publicada por Lacroix en 1869, aunque nunca se puso a la venta, ya que Lautreámont se negó a efectuar algunos cambios que, en los últimos instantes, cuando ya el libro se encontraba prácticamente en la imprenta, Lacroix le propuso realizar dado el momento desequilibrante político que se estaba produciendo. Posteriormente, como bien sabes, se produjo la guerra contra Prusia y, antes de que ésta terminara, murió el 24 de noviembre de 1870 en la calle del Faubourg-Montmartre, nº 7, según el parte médico, “sin más datos”. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio del Norte de París y en 1890 sus restos se perderían para siempre en el Osario de Pantin.

“Los Cantos del Maldoror” narran una historia en el ímpetu del satanismo. Maldoror, ser más allá de la humanidad, combate desde diferentes aspectos formales contra Dios, al que, como indicación de la pluma luciferina de Ducasse, sitúa, por ejemplo, en un burdel. Aplica asesinatos en los que pone de manifiesto su sadismo y se depravación. Incluso se delatan tintes autobiográficos cuando se refiere a un diálogo con Danzet (un amigo de colegio, de Tarbes, cuyo nombre sería suprimido en posteriores ediciones de la obra). Desde una perspectiva épica se manifiestan todo tipo de actos excepcionales y extremos. Se da la circunstancia de que los objetos, las realidades, hasta incluso los animales desarrollan diálogos; las metamorfosis, pues, se unen como características del éxtasis y la exageración de todos los personajes. Maldoror se convierte en la alianza de una especie de vampirismo que une y desune el fenómeno literario. La trama continúa y aparece el adolescente Mervyn, seducido por Maldoror, quien ante la inutilidad de Dios y sus mensajeros zoológicos no logra deshacer el encanto sentimental. Existe una escena que es paradigmática para la impresión que mantenía Ducasse en relación con su opinión sobre la literatura. El momento se sitúa en la proyección que se da tras la columna Vendôme hasta la cúpula del Panteón, donde Maldoror pretende desintegrar todas las novelas escritas hasta el momento en este mundo, así como su ciudad emocional que formaron parte de ellas. Ducasse, como te cuento, querido Arthur, practica en su extraño libro escenas de mundialista violencia, en donde la desgracia y la melancolía son fuentes de pájaro en el travesaño de un tiempo en el que convive el poeta, asomando de este modo su sublimidad. Para ello se decanta por una versión del Apocalipsis en donde se refieren todo el Mal que infiere en esta tierra. No es de nada descartable que Lautreámont para la confección de su obra tomara como referencias obras como el “Manfred” de Lord Byron, el “Konrad” de Adam Mickiewicz y hasta el “Fausto” de Goethe. De ellos extraerá su impulso satánico y su enfrentamiento contra la idea de Dios. Este satanismo lautreamontniano te empareja irremediablemente a tu idea del Mal y de la destrucción y es por eso, como te estoy diciendo, que son más cosas las que os unen a Ducasse y a ti que las que os separan.

Sin embargo, a diferencia de Lautreámont, pervive en ti, en los supuestos que pueden realizarse de una derivación hacia los tiempos, una clara diferencia entre otros escritores, que llamaríamos de culto, que te rodearon en tu propia época. Casos como los de Baudelaire o Mallarmé, por grandes que sean, se pueden considerar como única referencia de la escritura, por excelsa que ésta sea, pero tu caso marca un diálogo de estructuras distintas. Tú alegas tus enseñanzas hacia profundidades a las que ni Baudelaire ni Mallarmé llegaron, en todo caso, se trata de una perpetuación de la conciencia de cada individuo que, un decir, Mallarmé propuso, pero únicamente en el ámbito de la expresión verbal, de las distintas combinaciones que el lenguaje le permitía. Mallarmé, que podemos tratarlo como un poeta simbolista, a la par que Baudelaire, no cabe duda que, superadas las influencias de Gautier o de Banville y del mismo Baudelaire, se embarcó en una tarea dichosamente más ambiciosa. Ejerció, como tú, el bulevard de la renovación, con experiencias lingüísticas que le aproximaron al calzado del oscurantismo y a la violencia del esteticismo, relacionados quizá con un cierto impresionismo y orfismo que derivaría, por ejemplo, en la poesía de Rilke o en la pureza de Valéry.

Existe un hecho que te conforma en igualdad con el autor de “Preludio a la siesta de un fauno”, y éste es la reconfortación del todo moderna en el verso libre, de ese modo la fraseología cobraba más libertad de actuación y la convocatoria del ritmo se producía en un sentido diverso, conduciendo la acción del poema hasta lo que se denominaría prosa poética, entre la cual tú fuiste uno de sus pioneros. De ese modo el lenguaje adquiría nuevos valores, más estrategias de encanto, menos estrangulamientos –provocados por la siempre sofocante rima y métrica, ya tan clásicas para vosotros- y más ambientación lírica en la inserción del estiramiento de una sintaxis que iba hacia las aguas del río Sutjeska.

El versolibrismo, tan practicado ya en el siglo XX, gracias a vuestras influencias, maneja la apertura de lo lírico hacia zonas que el clasicismo no permite, porque el clasicismo es reducible, inmanente, apretador como el corsé de una dama, mientras que la sintaxis suelta, larga, en plena acción obedece más a un sentido de libertad y de plena expresión, hasta conseguir alcanzar el verdadero sentido de las cosas. Así te sucedería a ti con “Una Temporada en el Infierno” y con las “Iluminaciones”, que desarrollarías, gracias a la mensajería de la textualidad sin trabas, todos los aspectos relativos a tu verdadero yo, la conciencia de espíritu y la transformación de la realidad. El verso libre, pues, despeja dudas, se incorpora al caos, prolonga matices y urbaniza las ideas. Contra la atadura de la métrica, que viene desde la salvación de la Historia, la sintaxis prolongada se remodela y sitúa al poeta en una nueva eclosión, en una distinta expresividad, en el untamiento disparado de la caloración de las palabras, que están ahí esperando a que les den permiso para la convulsión de los volcanes.

Toda libertad de verso es un volcán, que estalla desde el mismo momento en que se pone en funcionamiento el removimiento de la tierra, que ya es el lenguaje en sus ejes menos convencionales. El verso no es un ahogamiento del tema, sino una prolongación de los disparos. Lo fundamental en poesía es la transformación del No Ser por el Ser, y eso sólo sucede cuando existe liberación en la palabra y su musicalidad entendidas como fragmentaciones de contenido. Tú fuiste pura fragmentación, entre el tiempo devorado y las tormentas de julio.

Mallarmé estuvo, tú lo sabes, estudiado como uno de los pioneros del decadentismo. Se acostumbró muy pronto a la experimentación, que es la verdadera calzada del poeta moderno. Alcanzó construir un tipo de poesía en la que el hipérbaton y un vocabulario fuera de todo tradicionalismo, junto a un ritmo endiablado que iba y venía como los tiburones que nadan en las Islas Marquesas, descubiertas por el español Álvaro de Mendaña en 1595, como si fueran un anticipo de “Una tirada de dados jamás abolirá el azar”, la obra de Mallarmé quizá más renovadora, asumieran las características más sonantes de su obra, junto a las sonoridades y los colores, el sentido cotidiano de sus palabras, y una reflexión sobre el propio lenguaje.

Pero, como te estoy diciendo, tanto Baudelaire como Mallarmé se quedan en la mera escritura, en los recursos formales, en la concienciación divagatoria y adivina del lenguaje, que fue lo que les hizo poetas poderosos. Mientras que tú diste un paso más enfrente, llegaste al fondo del volcán, porque reuniste en un cuerpo y en un alma, apropiándote, tal y como lo hizo Mallarmé de una experimentación verbal sin precedentes, de la reflexión y el pensamiento, dando de ti todo lo que tenías dentro, tus luces y tus sombras, tu infiernalismo y tus proverbios, la plena alianza con el mundo de las ideas, una concienciación que fue yo creo adonde te arrastraron las corrientes marinas.

Tú, se puede decir así, con tu obra, realizas una concentración con la identidad de cada individuo, reflejando a toda costa el mundo exterior, por eso lo que en definitiva consigues es el ascensor de la sacralidad. Te has convertido de repente, aun tú sin saberlo, en el buen salvaje, en la creencia de la luz que viene de fuera pero que se inserta dentro, como un dios del fuego, “de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma”, le escribiste a Demeny. Siempre fuiste consciente de que habías encontrado el lenguaje, algo de lo que a tu alrededor nadie poseía, tal vez Mallarmé, te lo estoy diciendo. Pero el adelanto que llevaste en tu tiempo en relación con los demás era abisal, como ciudades que se encuentran separadas por fronteras imposibles. Tú fuiste el primero de la Gran Reforma, de eso no te quepa la menor duda y lo más sorprendente de todo, y es lo que siempre ha admirado a todos en los que sembraste tu original influencia, a todos los que te han estudiado, te han escrito libros, te han llevado a las universidades, a las academias, al oro de la literatura, es que lo realizaste siendo sólo un muchacho, un jovencito de dieciséis años que lamentablemente sólo escribiste durante unos pocos más.

Por eso, amor mío, yo no es que te ame, sino que fuiste tú el que me amó añadiendo en la distancia de los tiempos el color verde de tus ojos a los míos. Continuará…

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here