Al empeorarse las relaciones legumbrosas entre Mathilde y Verlaine, éste, un poco temeroso de perder el hogar de los Fleurville –Verlaine siempre jugaba la carta de la taberna más pusilánime- te pidió que abandonaras París por una temporada. De este modo, renunciasteis a vuestras jornadas orgiásticas y vuestros braceados encuentros con el hachís y te dirigiste de nuevo de vuelta a Charleville, aunque Verlaine te prometió que en breve existiría entre vosotros un nuevo encuentro para ya jamás dejar de amaros.

Pero como siempre estaba pasando en ti, pronto sucedió que te cansaste de los gritos de Vitalie Cuif y del provincianismo de tu ciudad, que sólo era un tajo de carne cruda en tu corazón ya maduro, aventurero e inquieto. No sabías estar parado. La quietud te proporcionaba la enfermedad de la vid, una telaraña de hastío y odio que te agrietaba todas las formas de belleza que ya habías conocido. Tu nombre, como el poema, estaba en el camino, ir muy lejos, huir adonde fuera, como las aves migratorias o como los pueblos nómadas de los chichimecas en México, o mejor aún, tú ya semejabas a Abraham cuando partió de Ur de los Caldeos hacia la tierra de Canaán. Tu Canaán era el mundo de tu imaginación, todo tu instinto, toda tu versión artística sobre la naturaleza y tu propia visión interior, la que partía de ti hacia ti, en busca de algo, no sabías muy bien el qué, de momento estabas buscando a alguien, y ese alguien se llamaba Paul Verlaine.

En marzo de 1872 saliste de Charleville hasta que en septiembre llegaste por fin a Inglaterra. En ese tiempo escribiste tus últimos poemas en verso. Sin ninguna duda, en ese camino, muy a lo Kerouac de otro siglo, te encontraste con el impertérrito y desbordador motor de la creatividad. En París no habías escrito demasiado, tu tiempo lo habías entregado más a los sentidos y a darte cuenta como las alucinaciones llegaban, una a una, como hijas agrícolas de Mesopotamia o, mejor, como balbuceos infernales que bajaban desde la noche para colgarse en tu memoria y en tu neurología, mostrándote todo lo que Oriente nombra como el Yin y el Yang, el orden y el desorden, la unión y la separación, algo más allá quizá del bien y el mal nietzscheano. Pero en el campo, en plena naturaleza, en la sobriedad de los pájaros y el cielo abierto como un parte médico en beneficio tuyo, el poema sí salía, es decir, querido Arthur, siento contradecirte, pero la pretendida videncia de la que siempre habías hablado, el célebre desarreglo de todos los sentidos como búsqueda del “lenguaje universal” no se daba fumando hachís, algo saldría, sí, tiempo después, pero de momento, lo que te hacía trabajar como poeta era el aire libre y la escapada al Renacimiento de Petrarca, con sus árboles calmosos y sus ríos evanescentes.

Por entonces escribiste “La Chasse spirituelle”, obra que, luego leída por Verlaine, se trataba de tu mejor creación hasta el momento. Desgraciadamente tal poema se ha perdido y no lo podemos comentar. Pero es también de destacar que en aquellas fechas ya empezaste a redactar algunos fragmentos de tus “Iluminaciones”. De modo que se despeja la duda sobre qué fue antes “Una Temporada en el Infierno” o las “Iluminaciones”. Te diré que, a partir de ahí, tú ya fuiste redactando poco a poco esos poemas en prosa tan fuera de siglo, que ya comentaremos en su momento dado, y que tanta fama luego te darían.

Sin embargo, entre los poemas que escribiste en aquel viaje hacia Inglaterra, o una vez estando ya allí, destaca a su vez otro de importancia especial, porque en él existe una concordancia entre el lenguaje que estás utilizando en las “Iluminaciones”, es decir, un lenguaje lanzado hacia la vanguardia, hacia los límites mismos del lenguaje, donde el idioma se convierte en cosificación de los elementos lingüísticos y lo verdaderamente importa es la forma, la asociación de palabras, las imágenes absolutas, el poder de los juegos verbales, la luminaria de la evocación, si bien empleas aún el ritmo clásico, como es el alejandrino, con rima y estrofismo, en un tradicionalismo que aún te ata a la escuela de París, y en donde reside el contenido de tu infancia, narrada con verdadero sentido de la metáfora y el colorismo, dando la impresión que estamos delante de una pintura y no de un poema. El verso lo titulas “Memoria” y te salió como uno de tus mejores creaciones inspiradas por el despliegue de tu imaginación poderosísima: “ I     Agua clara; cual sal de lágrimas infantiles, / Blancos cuerpos de mujer al asalto del sol; / seda en tropel, lises puros, oriflamas / bajo paredes que alguna virgen defendió;/       / ángeles retozan –No… corriente de oro en marcha, / agita brazos de hierba, negros, pesados y frescos, / que sombría, con el Cielo por dosel, reclama / por cortina la sombra del otero y el arco. /       / II    ¡Húmedo cristal despliega límpidas burbujas¡ / Agua muebla de oro pálido, sin fondo, camas dispuestas. / Vestidos de las muchachas tan verdes y desteñidas / que hacen de sauces, donde saltan pájaros sin rienda. /         / Cálido amarillo párpado que es más puro que un luis / nenúfar en el agua –tu fe conyugal, ¡oh Esposa¡- / en el pronto mediodía, de espejo apagado, envidia / al cielo gris de calor la Esfera rosa y querida. /        / III      Demasiado erguida está la Señora de la Pradera, / ahí donde nievan los hijos del trabajo; la sombrilla / en la mano; pisotea la umbela; tan altiva para ella / mientras los niños leen la hierba florida /        / ¡su libro de rojo Marroquín¡ ¡Más, ay¡ Él, como / mil ángeles blancos que se separan por el camino, / ¡se aleja por la montaña¡ Y Ella, toda fría, / y negra, ¡corre detrás de la partida del hombre¡ /         / IV     ¡Nostalgia de brazos jóvenes espesos en hierba pura¡ / ¡Oros de lunas de abril en corazón de santo lecho¡ / Alegría de canteras abandonadas y en presa / ¡a tardes de agosto haciendo germinar las podredumbres¡ /         / ¡Que ahora bajo las murallas ella llore¡ el hálito / de los álamos de arriba es sólo para la brisa. / Y, luego, es el manto sin reflejos, sin fuente, gris: / y un viejo dragador pena en su inmóvil barca. /        / V      Juguete de este ojo de agua triste, no podré coger, / ¡oh barca inmóvil¡ ¡oh, brazos cortos¡ ni la una / ni la otra flor: ni la amarilla que me importuna, / allí; ni la azul, amiga del agua color de ceniza /        / ¡Ah¡ ¡ese polvo de los sauces que un ala sacude¡ / ¡Las rosas de los juncos ha tiempo devoradas¡ / Mi barca, siempre fija; su cadena arrojada / Al fondo de ese ojo de agua sin bordes, -¿en qué lodos?”.

Sin duda ninguna, como vemos, aquí, en este poema escrito con el excursionismo de nuevas leyes estéticas, te estás afianzando ya como el poeta que serás, como el poeta que está siendo, como el poeta que verdaderamente pasará a la posteridad. Como obviar que esta “Memoria” no penetrara en el huevo sinestésico de la vanguardia de principios de siglo, como obviar que asociaciones como “juguete de este ojo triste” o “ahí donde nievan los hijos del trabajo” no fueran tomadas por los hijos de Breton como manifestaciones propias de un surrealismo exacerbado propulsado en el adelanto de los tiempos, cuando nadie, salvo quizá Mallarmé, a esas alturas del siglo, estaba creando el lenguaje carnívoro, el lenguaje del cine surrealista que hemos visto, el lenguaje de las palabras unas encontradas con otras sin más sentido que el valor de la palabra misma. Con este poema, y seguramente con el poema perdido “La Chose spirituelle” rompes definitivamente con tu anterior etapa, y entras de lleno en el universo exclusivo de lo que tú andabas denominando “el lenguaje universal”, el que une vocablos desde la nada con el todo, desde el color con el sonido, desde la apariencia con la psicosis, desde la irracionalidad con el sentido más absoluto de la ruptura del idioma; incluso sintácticamente hay variaciones, pues existen incongruencias oracionales, adquieres la firme libertad de la descomposición del ritmo y lo conduces a tu propia Bastilla enjuagadora.

Te estás creando como el primer poeta moderno del siglo XIX, pues, si bien está categoría la crítica literaria, en su deformación histórica y contextual, acostumbra a animarse y adjudicarla a Baudelaire, éste, como me parece que ya he dicho, todavía se encuentra encorsetado en la forma tradicional y el estrofismo que le delata todavía como un clásico, si bien los temas que trate puedan ser absolutamente modernos. Pero en ti forma y contenido se arropan en una revolucionaria síntesis que protagoniza el actualismo y la más defendible de la literatura que va más allá de los que eran aquellos años finales del siglo XIX. Cómo entender sino un verso como “¡ese polvo de los sauces que un ala sacude” o “Cálido amarillo párpado que es más puro que un luis / nenúfar en el agua…”  Estos versos, hacia 1872, eran inverosímiles, inauditos, no creíbles, imprescindibles para remover los cimientos de la trasnochada poesía que Heredia, Banville, Coppée, Gautier, incluso el mismo Verlaine estaban, en sus orfeones de hierro, escribiendo en París.

No cabe duda que la redacción de aquellos primeros fragmentos de las “Iluminaciones” te habían incautado el malsín para la escritura de tus nuevos poemas estróficos, con los que, como te digo, estabas renovando el diluvio del Ser y la Belleza. Aquellas pulsiones gramaticales, la hogaza de la adjetivación, el disturbio del Padre Verbo, el salón de los preciosismos lingüísticos, el color como una manera del arte contra el arte, o mejor, del arte con el arte, tu impresionismo a lo Cézanne en la velocidad de las palabras más extremas, un cierto cubismo y por fin, te reitero, la vanguardia al completo, con el París de Aragon, de Soupault, de Paul Éluard, de Robert Desnos, de André Masson, todos los cafés literarios que venían desde el automatismo y las imágenes visionarias, de los cuales tu fuiste un país presidencial. En este poema que tratamos, “Memoria”, casi existe la escritura automática surrealista, yo diría que incluso el juego del cadáver exquisito, que ya es eminentemente dadá, y prevalece la metáfora como adelantamiento de una deshumanización de los términos divergentes que confluyen entre la confusión de la lógica y la irrealidad, el mundo de los sueños que los surrealistas tanto amaran en Freud. “Memoria” es un poema eminentemente freudiano y como tal hay que entenderlo, pues la alteración de la conciencia mixturada con tu paseo real o irreal por la infancia solicita el encuentro entre las bases cognoscibles del psicoanálisis del inventor del diván y de los sueños como catapulta para explicar los porqués de una vida real y coherente.

Y aquí lo dejamos, amor. En el próximo capítulo quiero sacarte las tripas para que el lector, o mejor, la lectora, entren contigo en esta “¡Nostalgia de brazos jóvenes espesos en hierba pura¡” Mientras tanto, yo esta semana recitaré tus palabras a todos los dibujos animados de mi infancia. Mi vida hoy es un dibujo. He leído -quizá lo haya escrito yo- por ahí que un hombre con dolor es un hombre elegante.

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