Como hemos quedado, París para ti resultó una espléndida decepción. Tus poemas no habían sido tratados como un Jesucristo en los Evangelios, como un Versalles lleno de obreros, como un azul iluminando en el jardín de la videncia. El Parnaso entero, con sus dioses librepensadores y sus cenas de faisán, te habían echado del poema, de sus poemas, de tu poema. París eran calles malolientes por donde te movías como un ritmo de aldeano, con el desgarbo de tu cuerpo atenazando las miserias que te rodeaban. Al menos tenías un sitio donde dormir, un lugar donde remendar los estragos de tus excesos, de tus noches de embriaguez. Paseabas París como quien pasea el amor cargado de las ametralladoras, como quien rompe destellos contra el viento de Montparnasse y regresa con la ropa húmeda transida de fracaso. Estabas solo, pero no estabas solo, tenías a Paul Verlaine, el único que seguía creyendo en ti. Te contaré algunas cosas sobre él.

Verlaine había nacido en Metz en 1844, se puede decir que pertenecía a una familia pequeña burguesa. Su padre, como el tuyo, era capitán del ejército. Más tarde moriría y toda su fortuna la utilizaría para dilapidarla contigo, en su mayor parte, en todo caso, lo que la madre le dejara, pues su progenitora, también como la tuya, resultó ser una madre severa y estricta y, dado el carácter del hijo y su inclinación a los vicios, mantuvo con él una relación de amor/odio tendenciosa y con conflictos continuados. Tu Verlaine estudió en París y, con el tiempo, llegó a trabajar en el ayuntamiento. Pero él era poeta, ante todo, poeta parnasiano que empezó a frecuentar cafés y salones literarios del París más intelectual y dado al encuentro de los admiradores de Zeus y de las dalias dormidas sobre las manos de las princesas de Oriente. Como ya te he dicho empezó a publicar sus versos en las primeras versiones de la revista literaria “El Parnaso Contemporáneo”, mientras publicaba sus “Poemas saturnianos”, desde la influencia de la mansión vivible de Baudelaire, como era también tu caso. Estos poemas ya tendían a “el esfuerzo hacia la expresión, hacia la sensación devuelta”, según él mismo le escribió en carta a Mallarmé en noviembre de 1866, intención con el que se manifestaría en casi toda su literatura. En 1869 publicó las “Fiestas galantes”, una especie de referencias oníricas evocadoras en la idea del siglo XVIII de Watteau. En 1870 se casó con Mathilde Mauté, quien le inspìró “La buena canción”. Y ahí es donde llegas tú, al año siguiente, en la estación de tren, donde no os encontrasteis y tú te presentaste en la rue Racine de Montmartre de la familia Fleurville. Y ahí queda todo. Ahora estáis tú y él juntos, en la invención de la felicidad de las bestias. Te sigo contando.

Verlaine era, por cuestiones naturales, un hombre frágil y frondoso en razones de vicios, con una preponderancia a satisfacer los caprichos que le bramaban en la república de su mundo siempre palpitante de fogosidad y depravaciones. Era lo que Oscar Wilde llamaba “bimentalista”, es decir, que tanto le hacían bien las mujeres como los hombres. En la época que te conoció, el mal estado de salud de Mathilde y su matrimonio carecía de la estabilidad propia de los inicios, cuando le escribió a su mujer aquel poemario ahíto de buenos sentimientos, propiciaron que detectara en ti el flanco perfecto de su sensualidad y de sus maquinaciones perversas. Fue él quien te inició a la epopeya de las terrazas y las tabernas de los barrios de la ciudad, al consumo desmesurado de la Absomphe, aquellas noches interminables de embriaguez en que todo empezaba con el sarcasmo y acababa con la introspección real de los monstruos. Fue él quien te inició en la ingesta del hachís y en las cien almas de la alucinación, acción que, por otro lado, tu andabas buscando desesperadamente, pues tu videncia te solicitaba ese paso noble y de valle claro para cumplir con tu teoría literaria y estética, además de para dejar que pernoctaran tus días y tus noches más sublimes. París era una fiesta, arremolinada a través de los sentidos y la percepción, otra forma de sentir la vida desde los testículos hasta los colores amamantados.

Fue, entonces, Paul Verlaine, el “culpable” de que tú entrases de lleno en el mundo de la depravación, que, como te digo, es donde más cómodo te sentías. Por otro lado, tú también estabas dispuesto a dejarte llevar por el tiempo de la voluptuosidad, sin ningún tipo de problema moral o religioso. Ya sabemos que habías enviado a la “merde” a Dios. Pero no tenías ningún tipo de experiencia en cuanto al deseo y a los apetitos carnales, que pudiera ser, ya a esa edad te atraían tanto como la libertad a un preso por violación. Así que te dejaste llevar, como las princesas al trono por mandato, y empezó a ocurrir todo lo que quizá estaba escrito en la pintura de Miguel Ángel o en la Academia de Platón.

Pero tú, dada tu inteligencia y tu instinto de naranjas que tan profundamente demostraste cuando estabas formándote como estudiante en el instituto de Charleville, con tantos premios que sacabas como si fueran odas a los árboles o reinos de taifas, aquellos poemas que empezaste escribiendo en latín o aquellas clases en que dejabas bajo la impresión de las abejas a todos tus profesores, y dado a tu fuerte carácter y tu salvaje rebeldía aprendida de una adolescencia precoz mantenida por las circunstancias de las aguas que circulaban alrededor de los castillos que un día te hicieron daño, muy pronto superaste la influencia de Verlaine y te apoderaste de él, como un trono de Ana Bolena, primera marquesa de Prembroke, siendo como ella más tarde también decapitado por incesto y traición, pero eso ya lo veremos, ejerciendo sobre el mago Verlaine tu poderosa influencia, que te venía de tu quijote revolucionario y “communard”.

Verlaine enseguida se dio cuenta de la seducción que tú ejercías sobre él y los dos os dejasteis llevar por las hondas exploraciones de la erótica, la ebriedad y el deslumbramiento. Dejasteis para los que creían en los pasamanos morales las inhibiciones y los sentimientos de culpabilidad y no es conteníais en nada. “¡Me estoy condenando¡”, decía tu amigo. Pero la vida utilitaria gravada en la escuela de los excesos era una verdadera vida de poetas o de filósofos, se trataba del arte de gozar, tal y como lo había propuesto la idea del hedonismo en su historia de la Grecia antigua, y que tanto habías estudiado tú, como por ejemplo, los cirenaicos, quienes postulaban que los deseos personales debían satisfacerse de inmediato sin hacer excesivamente caso al prejuicio de los demás, y ahí estaba Aristipo, gran fundador de la escuela cirenaica, que identificaba la alegría con el placer. Aristipo presentó los instintos sensuales y alternaba las enseñanzas de sus proyectos filosóficos con los placeres de la vida mundanas, hecho que sus discípulos y seguidores arrastraron hasta unas zonas peligrosas que dichas clases indicaban. Él fue el primer filósofo del movimiento hedonista, cuya escuela prosiguieron pensadores como Epicuro y ya más tarde Hobbes, Locke, Hume, Bentham, Stuart Mill y Spencer. El hedonismo es un teatro universal abierto al mundo donde el cuerpo se abre en dos esperando la vida experimental que solidifique el proyecto de un pensamiento sólido. Esta idea la practicasteis tanto Verlaine como tú hasta límites insospechados y acercasteis toda la filosofía clásica a vuestros actos de la carne y la ebriedad.

Así proyectasteis hacia dentro el Jardín de Epicuro y su doctrina quizá tergiversada a lo largo de la Historia. Epicuro consideraba que la felicidad consistía en vivir en continuo placer y deseo, porque de esa forma se excitaban, como la lluvia al caer en los charcos, constantemente los sentidos y lo que justamente excita los sentidos son los placeres sensuales. Para Epicuro ésa era la única manera de desalojar, como agua que se achica del barco, el dolor y la terribilidad, la constancia de que vivir es un momento de muerte al que nos exponemos si no escapamos de él desde el enfrentamiento del goce como causa utilitarista y pragmática. El Jardín de Epicuro era algo así como el vino que se escancia en las copas antes de Dante se pusiera a escribir “La Divina Comedia”. Vosotros, epicureístas, encontrasteis el Jardín en los cafés de Montmartre y en el ajenjo de las tabernas del Quartier Latin, o en Café du Rat Mort, donde posteriormente tendríais un altercado, que ya contaré, y sobre todo, en el hachís que fumabais a escondidas en la habitación de la rue Campagne-Première, donde tú vivías por entonces, y donde practicabais todo tipo de experiencias sexuales y carnales, sodomía, como lo habían hecho Oscar Wilde o Byron o Sócrates.

Desde el punto de vista filosófico, y poético también, os dejabais llevar por la lógica del instinto, de las pasiones y de las pulsiones. Esa mera cuestión ya la conocíais de antemano, la veías, la experimentabais. Pero también había una razón erótica, que era capaz de esculpir, como Rodin esculpiría “El beso” en 1887, que apareció originalmente entre el grupo de relieves decorando la monumental puerta de bronce de la mansión Cozzi, “Las Puertas del Infierno”, esos bloques de energía salvaje que no erais capaces de controlar. Esta energización os motivaba aquella naturaleza obrera de manera tan brutal hasta el punto de transformaros en vez de en seres humanos en verdaderas conmociones animales sometidas a la pura fatalidad y abducidas de forma integral a sus leyes acéfalas. La cultura erótica actuaba de este modo sobre el sexo natural para producir artificios éticos, efectos estéticos, júbilos dorados en la jungla, en el establo o en la fosa, que ya era la buhardilla. El libertinaje, de este modo, es otra forma de la ética que toma color y forma en la época en que se manifieste. La versión china o griega, etrusca o romana incluso, en una misma zona geográfica, Europa, por ejemplo, la modalidad feudal, clásica, la más moderna, encubre un conjunto diverso y a veces, por qué no contradictorio. Yo te digo: ¿qué tienen en común esos momentos históricos? El deseo de una ataraxia filosófica, o sea, de relaciones sexuadas y sexuales más proclives a poner en peligro el equilibro existencial adquirido a fuerza de trabajo sobre sí mismo. El eros liviano proviene de una dietética que apunta sobre todo al estado filosófico de la serenidad libidinal, pero a veces eso no suele ocurrir así, y es cuando aparece el primitivismo o la depravación.

¿Cómo pensar, por lo tanto, en una homosexualidad libertina? “Todo placer quiere eternidad”, dijo Nietzsche. En ese sentido a menudo vivimos todavía en un cuerpo platónico, yo te diría incluso, amor, que en un cuerpo esquizofrénico, troceado en dos partes irreconciliables, una de las cuales, según parece, ejerce una poderosa presión sobre la otra. Yo te digo que la carne, como el cielo a la tierra, domina el alma, la materia oprime al espíritu, las emociones desvalecen la razón, según confirman los valedores de las teorías ascéticas. Por una parte, querido Arthur, tú que ya me vas conociendo y he aquí mi modo de expresarme, te seguiré diciendo que sin duda existe el mal de la encarnación; por otro, la posibilidad de salvarse gracias a las brumas de la inmaterialidad, de la cual, paradójicamente, parece comentarse que se encuentra casi invisible o imposible de vislumbrar o localizar en la sustancia esparcida. De modo que el cuerpo occidental, vuestros cuerpos, el de Verlaine y el tuyo, rebozados en besos modernos y caricias oscuras y penetrantes, revueltos entre las telas de tu habitación de la rue Campagne-Première, como si fuerais dos griegos en la piscina de Platón, sufre esa dicotomía en la vida cotidiana, la que vosotros vivías por las calles de los barrios de Le Marais, no cabe la menor duda, pero también en ambientes más problemáticos, como son la salud, la medicina, los hospitales, las curaciones y todo lo que concierne a la bioética. Este método displicente cuestiona y lanza hacia abajo, como una pendiente por donde bajan los carros llenos de frutas de la madrugada de París, la tradición filosófica idealista, la cual no se siente capaz de dar respuesta a los desafíos que indican disciplinadamente estas nuevas cuestiones, y que, de alguna manera, sólo una filosofía utilitarista, como la que vosotros estabais poniendo en práctica, y pragmática puede resolver.

Una especie de vampiro del Este se cierne sobre el subconsciente, el del ángel bello, modelo extravagante del esquema platónico-cristiano. ¿A qué me refiero con la referencia del ángel bello? Te explico: se trataría en todo caso a una criatura de cosmos y espacio onírico, un ser que vive pero que no vive, una encarnación sin carnalidad posible, una profundidad materialista sin materia, un cuerpo cuyas reglas interiores le impiden adquirir un verdadero cuerpo, que no nace ni muere, no disfruta ni se aflige, no descansa ni se alimenta, no reflexiona ni practica sexo. De este modo el ángel es prácticamente impracticable, inaccesible, le corresponde por derecho la eternidad, la incorrupción, la eficacia para no desfondarse. Nada de esto sería práctico, entonces, si el modelo estándar no fuera constituido por la euforia del cuerpo occidental, el cual se haya compuesto por cuerpo, pero también por alma, hasta visto en Freud –según la materialidad de la carne y la inmaterialidad del subconsciente-. El cuerpo real, a diferencia de el del ángel, tiene sus funciones vitales, que son propias a la del ser viviente, bebe, descansa, se duele, va envejeciendo y finalmente muere; no se compone de cosmos, sino de sangre y vísceras, de pura materia, es pura inmanencia, pese a su contacto con Dios y lo divino. La construcción del cuerpo occidental se tradujo tras las aberraciones mentales de Pablo de Tarso, quien él mismo se despreciaba de su propia materialidad y no contento con eso despreció todo lo que tuviera que ver con lo terrenal y lo próximo a lo mundano, lo cual odió como se odió a la obra de Jules Michelet. Varios siglos de filosofía griega y latina, de escolástica mediaval y de metafísica idealista fueron sustituidas por predicaciones, sermones y misas atados y vulgarizados por un clero que se dirigía mayormente al vulgo, analfabeto y catalizador de la ideología religiosa, más los más de mil años de movilización de una simbología de propaganda, con una cultura del miedo y el pudor, dejaron al cuerpo occidental mutilado y sin miembros, que siguió a la búsqueda de su redención por medio de la estación de ida y vuelta de un monismo en las nuevas recobranzas existenciales, hasta que surgen los periodos de liberación y se posibilita el exorcismo y el planteamiento del placer como terreno para deconstruir la crisis teológica.

Y fue así, mi amor, Rimbe de un París de has y enculamientos cómo Verlaine y tú os devorasteis hasta que el amor comenzó a herir el desnudo de un viaje hacia arriba, que no era otra sino el del humo de las palabras fluyendo de las gotas del esperma. Continuaremos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here