Y, por fin, llegas de nuevo a Baudelaire. Dices: “Pero cómo examinar lo invisible y escuchar lo inaudito es algo completamente distinto de retomar el espíritu de las cosas muertas, Baudelaire es el primer vidente, rey de los poetas, un verdadero dios. Desgraciadamente vivió en un medio demasiado artístico, y su forma literaria, elogiada con tanta frecuencia, es mezquina. El descubrimiento de lo desconocido exige nuevas formas”. Es decir que hasta a tu nuevo maestro, a tu “verdadero dios” eras capaz de apalear. Sin duda, cuando tratas de mezquino a Baudelaire te refieres a la máscara formal y algo tradicionalista en la que se vio envuelto, en el sentido estrófico y uso de la rima, tan clásico todavía. Tú, como decías, buscabas “las nuevas formas”.

Para proyectar tu teoría literaria debían ser óptimos todos los medios que posibilitaran alcanzar el olvido de uno mismo, aunque se tratara de drogas, alcohol, cualquier cosa que pudiera erradicar el espíritu humano de su máscara mortal y proyectarla hacia lo eterno, hacia lo desconocido, todo aquello que impidiera cualquier atisbo de racionalidad. Debías convertirte en un desinhibido y dejar salir de ti toda la ira y toda la pasión que mantenías ocultas en un estado natural de las cosas. ¿Qué importaba que todos esos medios fuesen peligrosos, derivados del veneno o produjeran a la postre desequilibrios mentales? Eran los mecanismos que te iban a permitir transmutar la tierra en espada, el cielo en pianos, la verdad en eterna, el misterio en cabalístico, la vida en un desorden azul y armónico, como una sinfonía de Brahms. Tú, a diferencia de Baudelaire, nunca creíste que el encrapulamiento fuera vicio o pecado; sin embargo, esta relación con la Crápula, con el tiempo, te llevaría a un verdadero descenso hacia los infiernos. Se trata del proceso del sufrimiento que tan bien explicas en las cartas que enviarías a Izambard y Demeny. Tuviste claro que sólo después de cuidar la agricultura de tu alma ibas a alcanzar el infinito. Aspirabas a un lenguaje nuevo que no estuviera sujeto ni a la lógica ni a la gramática ni a la sintaxis. “Hay que encontrar un lenguaje”, exclamarás. “Y además, como toda palabra es idea, ¡llegará el momento de un lenguaje universal¡” Así también pensaba Ballanche, el filósofo ocultista, para quien el lenguaje no sólo es un instrumento que debe utilizarse para comunicar una determinada ideología con otros hombres, sino que debe estar preparado para el paralelo de la intuición sobrehumana. Tú deseabas devolver a las palabras el mismo significado inicial que mantuvieron en otro tiempo, en los principios de todo, de ahí que tu poesía prácticamente sea indescifrable, porque no pertenece a un tiempo concreto, sino a un más allá que ya no entendemos y que somos incapaces de entender.

La segunda “carta del vidente”, la enviada a Demeny, además de ser más larga, proporciona más aportaciones sobre tu teoría estética y sobre tu nueva manera de entender la poesía. Se trata de todo un tratado sobre la creatividad:

CARTA A PAUL DEMENY

“Charleville 15 de Mayo de 1871

He decidido daros una hora de literatura nueva. Comienzo seguidamente por un salmo de actualidad.

CANTO DE GUERRA PARISIENSE. POEMA.

He aquí una prosa sobre el porvenir de la poesía.

Toda poesía antigua desemboca en la poesía griega. Vida armoniosa. Desde Grecia hasta el movimiento romántico, -Edad Media-, hay letrados, versificadores. De Ennio a Turoldos, de Turoldos a Casimir Delavigne, todo es poesía rimada, juego, apoltronamiento y gloria de innumerables generaciones de idiotas. Racine es el puro, el fuerte, el grande. Si se le hubiesen soplado en las rimas, revuelto en los hemistiquios, ¡el Divino Tonto pasaría hoy tan desapercibido como cualquier primerizo autor de “Los Orígenes”¡ Después de Racine, el juego se enmohece. Ha durado ya dos mil años.

No es broma ni paradoja. La razón me inspira más certezas sobre el tema que cóleras tuvo una Joven-Francia. Por lo demás, ¡permítanos a los nuevos execrar a los ancestros¡: estamos en nuestra casa y en nuestro tiempo.

Nunca se ha enjuiciado bien al romanticismo. ¿Quién podría hacerlo? ¿Los críticos? ¿Los románticos, que tan bien demuestran que la canción es muy pocas veces la obra, es decir: el pensamiento cantado y comprendido por quien lo canta?

Porque Yo es otro. ¿Qué culpa tiene el cobre si un día se despierta convertido en corneta? Para mí es algo evidente: asisto a la eclosión de mi pensamiento: lo miro, lo escucho: lo acaricio con el arco: la sinfonía se remueve en las profundidades o entra de un salto en escena.

Si los viejos imbéciles hubieran descubierto del Yo algo más que su significado falso, ahora no tendríamos que andar barriendo tantos millones de esqueletos que, desde hace un tiempo infinito, han venido acumulando los productos de sus tuertas inteligencias, ¡proclamándose autores de ellos¡

En Grecia, he dicho, versos y liras ponen ritmo a la acción.

A partir de ahí, la música y la rima se convierten en juegos, meros entretenimientos.

El estudio de ese pasado encanta a los curiosos; muchos se complacen en renovar semejantes antigüedades. Allá ellos. La inteligencia universal siempre ha soltado las ideas naturalmente; los hombres recogían una parte de aquellos frutos del cerebro; se obraba en consecuencia, se escribían libros: de tal modo iban las cosas, porque el hombre no trabajaba, no se había despertado aún, o no había alcanzado todavía la plenitud del gran sueño. Funcionarios, escribanos: autor, creador, poeta, ¡semejante hombre nunca existió¡

El primer objeto del estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, por completo; se busca el alma, la inspecciona, la prueba, la estudia. Cuando ya se la sabe, tiene que cultivarla; lo cual parece fácil: en todo cerebro se produce un desarrollo natural ¡tantos egoístas se proclaman autores¡, ¡hay otros muchos que se atribuyen su progreso intelectual¡ Pero de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma: ¡a la manera de los comprachicos, o qué¡ Imagínese un hombre que se implanta verrugas en la cara y se las cultiva.

Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente.

El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; buscan por sí mismo, agotan en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, por la que se convierte entre todos en el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito, -y el supremo Sabio¡- ¡Porque alcanza lo desconocido¡ ¡Porque se ha cultivado el alma, ya rica, más que ningún otro¡ Alcanza lo desconocido y, aunque, enloquecido, acabará perdiendo la inteligencia de sus visiones, ¡él las ha visto¡ Que reviente saltando hacia cosas inauditas o innombrables: ya vendrán otros horribles trabajadores, empezarán a partir de los horizontes en los que el otro se desplomó.

 

-la continuación dentro de seis minutos-

 

Intercalo aquí un segundo salmo fuera de texto: escúchelo usted con complacencia –y todo el mundo estará encantado. –Tengo el arco en la mano, empiezo:

MIS PEQUEÑAS ENAMORADAS

Ahí lo tiene. Y tenga usted en cuenta que, si no me lo impidiese el temor de hacerle desembolsar más de 60 céntimos de porte, -¡yo, pobre pasmado que hace siete meses que no veo ni una moneda de bronce¡- ¡aún le mandaría mis Amantes de París, cien hexámetros, señor mío, y mi Muerte de París, doscientos hexámetros¡ Continúo.

El poeta es, pues, robador de fuego. Lleva el peso de la humanidad, incluso de los animales; deberá hacer sentir, palpar, escuchar sus invenciones; si lo que trae de allá abajo tiene forma, él da forma; si es informe, lo que da es informe. Hallar un idioma;

-Por lo demás, como toda palabra es idea, ¡vendrá el momento del lenguaje universal¡ Hay que ser académico, -más un muerto que un fósil, – para terminar un diccionario, sea de la lengua que sea. ¡Si los débiles se pusieran a pensar en la primera letra del alfabeto, acabarían muy pronto por sumirse en la locura¡

Este lenguaje será desde el alma para el alma, resumiéndolo todo, perfumes, sonidos, colores, pensamiento que se aferra al pensamiento y tira de él. Si el poeta definiera qué cantidad de lo desconocido se despierta, en su época, dentro del alma universal, ¡daría algo más – la fórmula de su pensamiento, – la ecuación de su marcha hacia el Progreso¡ Enormidad que se convierte en norma, absorbida por todos, ¡el poeta sería en verdad un multiplicador de progreso¡

Este porvenir será materialista, ya lo ve usted; – Siempre llenos de Números y de Armonía, estos poemas habrán sido hechos para quedarse.- En el fondo, seguirán siendo todavía Poesía griega. El arte eterno tendría sus funciones, del mismo modo en el que los poetas son ciudadanos. La poesía dejará de poner ritmo a la acción: irá delante.

¡Existirán tales poetas¡ Cuando se rompa la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva por ella y para ella, cuando el hombre, – hasta ahora abominable – le haya dado su despido, ¡también ella será poeta¡ ¡La mujer encontrará lo desconocido¡ ¿Serán sus mundos de ideas distintos de los nuestros? – Descubrirá cosas extrañas, insondables, repulsivas, deliciosas, nosotros las recogeremos, las comprenderemos.

Mientras esperamos, pidamos a los poetas lo nuevo, – ideas y formas. Todos los hábiles creerán pronto que han satisfecho la demanda – ¡No es eso¡

Los primeros románticos fueron videntes sin percatarse bien de ello: el cultivo de sus almas se inició con los accidentes: locomotoras abandonadas, pero que queman, que durante algún tiempo marchan sobre los raíles.- Lamartine es a veces vidente, pero lo estrangula la forma vieja.- Hugo, demasiado cabezota, sí que consiguió en los últimos volúmenes de “Los Miserables” un verdadero poema. Tengo “Los castigos” a mano; Stella da más o menos la medida de la visión de Hugo. Demasiados Belmontet y Lammenais, Ichovás y columnas, viejas enormidades muertas.

Insípidos¡ ¡Oh noches¡ ¡Oh Rolla, oh Namouna, oh La Coupe¡ Todo es francés, es decir: detestable en grado sumo: ¡francés, no parisino¡ ¡Una obra más del odioso genio que inspiró a Rabelais, a Voltaire, a Jean La Fontaine, comentado por el señor Taine¡ ¡Primaveral, el espíritu de Musset¡ ¡Encantador, su amor¡ ¡Esto sí que es pintura al esmalte, poesía sólida¡ Sí que saborearemos durante mucho tiempo la poesía francesa, pero en Francia. Todo tendero de ultramarinos es capaz de descolgarse con un apóstrofe estilo Rolla; no hay seminarista que no lleve quinientas rimas en el secreto de su libreta. A los quince años, tales impulsos de pasión ponen a los jóvenes en celo; a los dieciséis empiezan a conformarse con recitarlos desde el corazón; a los dieciocho, incluso a los diecisiete, todo colegial que tiene los medios hace el Rolla, ¡escribe un Rolla¡ Puede que haya algunos que pierdan la vida en ello. Musset no supo hacer nada: si había visiones tras las gasas de las cortinas; él cerró los ojos. Francés, flojo, arrastrado del cafetín al pupitre del colegio, el hermoso cadáver está muerto y, de ahora en adelante, no nos tomemos siquiera la molestia de despertarlo a causa de nuestras abominaciones.

Los segundos románticos son muy videntes. Th. Gautier, Leconte de Lisle, Th. de Banville. Pero cómo inspeccionar lo invisible y oír lo inaudito que recuperar el espíritu de las cosas muertas, Baudelaire es el primer vidente, rey de los poetas, un auténtico Dios. Vivió, sin embargo, en un medio demasiado artístico; y la forma, que tanto le alaban, es mezquina: las invenciones de lo desconocido requieren formas nuevas.

-Experimentada en las formas viejas, entre los inocentes, A Renaud, –

Ha hecho su Rolla; -L. Grandet, – ha hecho su Rolla; – los galos y los Musset, G. Lafenestre, Coran, Cl. Popelin, Soulary, L. Salles; Los escolares, Marc, Aicard, Theuriet; los muertos y los imbéciles, Autran, Barbier, L. Pichat, Lemoyne, los Deschamps, los Dessessarts; los periodistas, L Claudel, Robert Luzarches, X. de Richard; los fantasistas, C. Méndez; los bohemios; las mujeres; los talentos, Léon Dierx y Sully Prudhomme, Coppée; – la nueva escuela, llamada parnasiana, tiene dos videntes: Albert Mérat y Paul Verlaine, un verdadero poeta.- Ahí lo tiene. De modo que estoy trabajando para hacerme vidente.- Y terminemos con un canto piadoso.

ACUCLILLAMIENTOS

Sería usted tan execrable sino me contestase: rápidamente. Porque dentro de ocho días puede que esté en París.

Hasta la vista.

  1. Rimbaud”

 

 

Como ves, mi querido Rimbe, esta larguísima carta a Paul Demeny es todo un manifiesto literario en donde preparas todo lo que a continuación vendrá como creador de fórmulas mágicas, como poseedor del fuego eterno, pues tú eres el robador de fuegos, el enfermo grave, el gran criminal, el gran maldito, el supremo Sabio y eso te convierte, como te estoy diciendo, en el creador de un lenguaje universal, en la metempsicosis hacia lo desconocido, lo insólito, lo inaudito. Te vas a transmutar en una mesnada de Grecia y en el opio del Romanticismo y para ello verterás un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todo ello ocurrirá sobre todo en París, hacia dónde estás a punto de partir, pero después de estas dos “cartas del vidente” fue cuando escribiste en septiembre tu “El Barco Ebrio”, realizando una clara exposición y práctica de la teoría que habías transcrito en las misivas, porque “El Barco Ebrio” es ya la purificación de tu literatura, la otra literatura, como te he escrito más atrás, estamos ante el Rimbaud II. “El Barco Ebrio”, no cabe la menor duda, será lo que te lleve hacia lo mejor de ti, es decir, “Una Temporada en el Infierno” y las “Iluminaciones”, que vendrán tiempo después.

“El Barco Ebrio” surgió de un encargo unilateral, por llamarlo de alguna manera. Tú querías ir a París, pero estabas sin un penique, como siempre. Fue Charles Bretagne quien entonces te habló de Paul Verlaine: “¿Por qué no escribes a Paul Verlaine?” Y te dio una carta de presentación. Tú entonces enloqueciste. Verlaine para ti era algo así como la segunda parte de Charles Baudelaire, como vidente. Le escribiste inmediatamente, preparando algunos poemas que tanto tú como tu amigo Delahaye elegisteis como los mejores. Resultó la ocasión que por entonces Verlaine no se hallaba en París, pero a su regreso de inmediato contestó, sometiendo a juicio los poemas, los cuales fueron de su gusto, aunque proponiendo algunos arreglos en algunos de ellos. No permitía Verlaine los vulgarismos ni algunos neologismos. Añadió que estaría dispuesto a que tú llegaras a París, pero que antes tenía que consultarlo con algunas de las vacas sagradas de la escuela parisina. Mostró los poemas a Philippe Burry, Charles Cros y Léon Valade, los cuales quedaron admirados no tanto por la originalidad de aquellos versos, como por la juventud del poeta. Verlaine entonces te llamó a París. Te envió el dinero del billete del tren y la invitación para alojarte en casa de los Verlaine. En tu segunda carta le habías escrito:

“Me propongo escribir un gran poema, pero no puedo trabajar en Charleville. No me hallo en condiciones de trasladarme a París por falta de dinero. Mi madre, viuda, es una mujer muy piadosa. Sólo me da diez céntimos los domingos para pagar mi asiento en la iglesia.”

Y es de este modo cómo surge “El Barco Ebrio”, un poema escrito para sorprender a Verlaine y al todo París. Hay que tener en cuenta que estos versos que se refieren tanto al mar tú los escribiste sin haber visto jamás esta extensa naturaleza. El poema está asistido de un poderosísimo sistema de valores emocionales y espirituales, con mensajería de evocaciones que proponen recuerdos de una sorprendente habilidad mágica y como tema de fondo la envergadura romántica de la Libertad, la que tú deseabas por fin y quién sabe si ya para siempre en París.

“El Barco Ebrio” tiene, como es natural, no influencias directas, puesto que se trata de una obra de todo punto originalísima, pero sí nace desde las lecturas que tú practicaste en aquellos últimos meses de verano, que más bien hay que considerar como fuentes del poema; así mencionaremos “El Mundo del océano”, de Figuier y “El Mar”, de Michelet. Tanto Figuier como Michelet describen las espectaculares monstruosidades que residen en los fondos marinos, peces que vuelan, hipocampos y las diferentes maneras marinas que se dan en el interior de las aguas, su fauna y su flora. Estas visiones y este mundo mágico sobre el mar descritos por Figuier y Michelet no cabe la menor duda que te impresionaron de tal modo que fueron la causa de que tú te lanzaras, como un herrero de belleza devorada, a escribir el poema. Pero hubo otros autores y otros textos que pudieron servirte a la vez como preciosismo de inspiración. Así las “Veinte mil leguas de viaje submarino”, de Julio Verne; “Los trabajadores del mar”, de Victor Hugo; “Gordom Pym” y otros textos de Poe; pero, insisto, toda la pasmosidad y todo el centelleo de luces y colores y sonidos y la llegada al fin a lo que habías prometido tanto a Izambard, como a Demeny tres meses antes, es decir, tu videncia y el descubrimiento de “un lenguaje universal” son profundamente tuyos, para ti, contigo, siempre.

No obstante, en el poema, cómo no, está también Baudelaire, “el único Dios”, sobre todo en su creación “El Viaje”. Pero en sus versos Baudelaire viaja por los territorios de este mundo, sólo en las últimas estrofas iza las velas sobre un mar en tinieblas, con el corazón maniatado en el recuerdo, deseando alcanzar algo donde se desarrolle una quietud espiritual. Tú, con éste tu poema de la videncia, alcanzarías una de las cimas de tu nueva forma de entender la literatura y, además -y esto te lo comento no por el amor que te profeso, sino desde la objetividad que me converge- se convertirá en uno de los mejores poemas que se recuerden dentro de la literatura francesa.

De modo que, con “El Barco Ebrio” en el bolsillo en el otoño de 1871 partiste por fin a París. Te encontrabas intranquilo, inseguro, tímido, al fin y al cabo, sólo eras un muchacho de dieciséis años. Aquella huida significaba mucho para ti. Ibas a buscar la gloria literaria, aunque fuese a base de “largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Todavía no habías probado las drogas, no tenías dinero para ello; además en Charleville era muy difícil encontrarlas, te limitaste a la ingesta de alcohol, donde, eso sí, ya eras un experto. En cuanto a las relaciones sexuales, desgraciadamente sólo habías tenido una: la que relatas en tu poema “El corazón robado” y que tanto agrió tu carácter y tanta desesperación atrajo a tu inocente edad: “Mi triste corazón babea en popa”, “Mi corazón está repleto de tabaco”, “Cuando hayan terminado de escupir, / Cómo actuar ¿oh corazón robado?” Me refiero a la violación a la que te sometieron aquellos soldados ebrios y babosos de la Guardia Nacional en una de aquellas huidas primeras a París para estar o no estar en la Comuna 71 -18 de marzo al 28 de mayo del año en curso- y que en anteriores capítulos ya he comentado ampliamente aquí bajo el título: “Rimbaud. Pensando en París mientras te violaron por el ano. Capítulo 4º”. Sí, Qui, París.

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