Seguimos en París. Pues París, ahora que se nos caído la catedral de Notre-Dame, siempre será París. Ah, mi amor, Rimbe, tus pústulas en el nunca o siempre de tus ojos, verdes o números, nubes o átomos. En aquellos tiempos en que la ciudad era un festín que acogía a todos los cuerpos y a todos los vinos, Verlaine y tú manteníais la acción. Erais contempladores de los cercanos paisajes del gozo, de la alegría, de la pipa de fumar, de los licores fuertes, de la ebriedad como una forma de sentir la vida y profundizar en vuestra estudiada irracionalidad.

Todavía no habíais aprendido a ser mayores o, si lo erais, crecía entre vosotros una eterna adolescencia de ciudades espléndidas en las que entrabais cada día, entre taberna y taberna, entre caricia y caricia, en el amor romántico o el más depravado amor de dos hombres que se arañaban hasta que la luna desaparecía como el último verso de Baudelaire. Jugabais todo el tiempo, con vuestros pies, con vuestras manos, con las palabras, con la ropa que os lanzabais a la cara como si fueran caramelos para niños. Os divertías a toda costa, porque, entre otras cosas, estabais aprendiendo que la vida era una espantosa tormenta romántica que ya había pintado Géricoult y que sólo proporcionaba atisbos de decibelios de tristeza y de desolación. Verlaine se desahogaba contigo de su drama matrimonial, ya te lo he dicho, y tú, que no eras feliz, vertías sobre él toda la soledad y la culpabilidad que tu ira te telegrafiaba desde los veranos de la nación de tu alma. Empezabas a encontrarte mal contigo mismo. Empezabas a estar arrepentido de haber ido a París. Nada había resultado como tú pensabas. Te sentías un fracasado, un barco ebrio hundido por las bestias de la mar sin ni siquiera dar tiempo a que fuera leído. Tú no eras el poeta de París. Tus sueños se habían embarcado en un mercantil lleno de marineros llenos de tatuajes y ebrios de ron en busca de puertos para arrellanarse con “filles”.

O sea, querido Rimbe, que gozabais de los impulsos de los estrangulamientos hasta que el cuerpo se os troceaba como zonas de pastel. Pero, aparte de la absinthe, que bebíais como si fuera sangre de vampiro, aparte de la carnalidad, que os disputabais hasta la extenuación, lo que yo creo que más alivio y munición para el espíritu os proporcionaba era ya vuestra adicción al hachís, como una forma de exorcizar la realidad y separaros de ella hasta el Uno del azul. Fumabais hachís en tu pipa de fumar, introducíais la sustancia sentados cómodamente en el suelo de la habitación de la rue de Campagne-Première, absortos de todo, en la soledad del mundo, sin la vigilancia de los guardabosques. Hacíais de todo aquello un rito chamánico, como si estuvierais con los indios tarahumaras, bebiendo tesgüino o tamando el hikuli, o sea, el peyote, como lo haría años más tarde Antonin Artaud, para regresar a París con sus rasgos paranoides todavía más acentuados. Os pasabais la pipa lentamente y aspirabais el humo del hachís como si aspirarais el derecho a ser hombres modernos, entre el combate entre vuestra alma y vuestro cuerpo.

El hachís, producto que tú habías descubierto hacía muy poco, os daba la risa inicial, pero al poco os producía una transformación interior que os llevaba a elaborar leyes sin tiempo, momentos de profunda distancia entre vosotros y el espacio, entre la habitación y la naturaleza, entre la noche y la ciudad. Abrías la ventana para que el viento entrase, pero el viento era un color o el sonido decorado por mil músicas en movimiento que encendían la oscuridad de la habitación. Después de la primera pipa, preparabais la segunda, ésta más cargada de la sustancia asiática, para provocar lo que en el fondo estabais buscando, es decir, el estado alucinatorio, que en buena medida ya habíais logrado, aunque fuera mínimamente, pero vosotros queríais el exceso hasta los límites, hasta llegar al final de los continentes, de los verdes, de los rojos, de las estridencias, de los deslumbramientos satánicos. Entre otras cosas, a eso habías ido tú a París, ¿no Arthur?, para desarrollar tu videncia y tu particular desarreglo de todos los sentidos.

Pues ahí lo tenías, en el silencio de la noche, en una soledad compartida con un sodomita autodestructivo que era poeta con éxito llamado Paul Verlaine, al cual habías seducido con tu provinciana inteligencia y tu talento de ojos azules y una rebeldía que le venía muy bien, pues le ofrecía todo lo que él andaba buscando, la mala vida, que era la mejor que él podía en esos momentos de su vida destrozada encontrar. El hachís, como una telaraña para la memoria y para el futuro, se incorporaba urgentemente en vosotros produciendo una psicoactividad maravillosa y tormentosa a la vez, y lo mismo conversabais muy rápido que os detenías en el más absoluto de los silencios, en una introspección que os llevaba hasta el color de las gónadas, donde, dándole tiempo, la sustancia se depositaba como un barco en el muelle. Marruecos, Afganistán, Cachemira, la India, todo resumido en un viaje que ahora era vuestro propio viaje, el viaje que realizabais hasta los mundos más visibles, más resistentes de pinturas, de óleos, de vivas flores, de ciudades enteras que os entraban por las manos hasta desaparecer por vuestros cabellos, temblando en vuestros cuerpos como animales furiosos.

“Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locuras; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias”, habías escrito aquel 13 de mayo del 71 a Demeny. Ahora lo estabas experimentando con todo el tiempo devorado por las riquezas abisales. Te acordabas constantemente de Baudelaire y de sus libros, sobre todo de “Los paraísos artificiales”, en donde el poeta narra sus experiencias con el hachís y con el opio. Recordabas alguna cita: “La sensatez nos dice que las cosas de la Tierra bien poco existen, y que la verdadera realidad sólo está en los sueños”. Tú, como poeta romántico que todavía seguías siendo, intentabas, mientras te llevabas aquella pipa de fumar a la boca, escapar de la realidad, siempre tan asediada por el asolamiento, por el olor a basura de los callejones de la ciudad, por la cruz de Cristo marcada en los ojos de las vacas, e intentabas tus enfrentamientos oníricos en la inserción de una estética de la oscuridad o de la blancura, daba lo mismo, pero que te llevaran sobre todo más allá de todo, entre los límites de la razón y la mezcolanza de los sentidos, como si el Todo fuera Uno y como si la variabilidad de las cosas de repente se pararan en el tiempo, como un mito anexionado por los testículos, en buena parte coloreados por la luz de Roma.

Te fijabas en el techo de la habitación de la rue Campagne-Première y veías todo tipo de figuras humanas, un regreso a tu infancia y a tu primera adolescencia donde el instituto de Charleville se decoraba con profesores y alumnos que gritaban tus versos en latín como si fuesen brujas de un aquelarre y el cabrón bebiera ajenjo como lo hiciera Izambard, todo vestido de negro. Veías a Vitalie Cuif, tu madre, en la cocina de tu casa, poniéndole aceite hirviendo a tus libros, a Victor Hugo, a Helvecio, a Rousseau, a Michelet; veías el río Mosa, como una corriente de fuego, bajando con toda su velocidad de aguas incendiadas y encima de ellas tú, gritando alrededor, ahogándote entre el agua y las hogueras, resistiéndote a morir, queriendo salir del espanto, aspirando a huir, huir muy lejos, no sabías dónde, era insoportable el dolor, te dolía todo, los ojos, los músculos, la mirada, el espíritu, la sangre, entonces gritaste, muy fuerte, muy alto… Y fue Verlaine el que te sacó del sueño, del trance, de la alucinación. Te quedaste más tranquilo. Aquella noche dormiste, pero con pesadillas continuadas.

Otras noches, mezclabais el hachís con tragos de una botella de absinthe que os habíais subido de una de las tabernas de alrededor del barrio de donde vivías y el proceso de la alucinación ya era más que tormentoso. Os tumbabais en la cama y dejabais que la estruendosa batalla llegara hasta vosotros. A ti, por lo que se ve, te gustaba ese método, ese dolor artificioso, ese encuentro con la naturaleza en el sentido más ruin y más salvaje, cuando todo adquiría cientos de colores y los sonidos te cubrían el cuerpo desafinando cruelmente todas tus emociones. Era como vivir sin estar vivo, pero con la vida en la irrealización de los hechos, ser sin ser nada, pero sabedor de que estabas buscando la salvación en el punto cortafríos de la muerte. Nunca habías estado tanto tiempo muerto, teniendo la vida tan cerca, tan roja y lapislázuli a tu lado, con sus máscaras venecianas burlándose de ti, proponiéndote el juego, la mentira, las crisis, el método científico, los mares de Ossian entre las manos, los perfumes de la ciudad que entraban por la ventana y que olían a notas musicales, a mazagrans, a carne de perro muerto, a misa de Catedral, a orgasmo de Eucaris, a Madames bajo el aguacero, a imágenes maravillosas, a los cabellos de niños chorreantes, a todo lo que frecuentaba tu imaginación portentosa y segura, oscura o gruñida, porque tú eras el último poeta de este siglo y vivías como el caos de los volcanes en el Splendid-Hotel, en la última costra del espacio, en una ciudad que no era la tuya, entonces: ¿qué hacías ahí?

Tus alucinaciones se detenían por un momento ante la cuestión de la identidad, pero luego al instante proseguían y esta vez más aceleradas, tu ritmo cardíaco se disparaba como la pistola que mató a Werther o a Chatterton, pero tú ya no eras un poeta ni un romántico ni una hoja ni nada, tú sólo eras el producto de la alucinación, el trote de la caballería en épocas prusianas, un arma homicida, un asesino, un diablo, las correspondencias baudelairianas, el ataque de pánico, el sufrimiento por la alegría de vivir, un piano en los Alpes, tus zapatos rotos bajo la cama, tus pies descalzos que parecían ataúdes de faraones cadavéricos en la identificación del dios Horus, te estabas muriendo poco a poco, y tú ni siquiera lo sabías.

Todavía no lo habías escrito, pero en verdad era el tiempo de los asesinos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here