Que la mejor literatura se construye sobre el fracaso es una sentencia tan evidente que cualquier editor me impediría empezar un texto con ella. Pero me niego a obviarla, porque el fracaso achucha a las musas que nunca llegaron, enciende las alarmas, atrae al lector, lo enternece mientras piensa: «pobre miserable», y termina por captar al susodicho lector hasta que le deja creer: «es un fracasado, sí; pero es mi fracasado». Así que definitivamente me atrevo a colocar la perogrullada delante, porque fracasar a los ojos de un editor es enternecer al potencial lector. Digo más: no conozco a ningún genio de la literatura universal que no haya sido rechazado por sus editores.

“No conozco a ningún genio de la literatura universal que no haya sido rechazado por sus editores”

Cada vez que un editor rechaza un texto, pienso inevitablemente en Proust, y en la cantidad de monarcas editoriales que tomaron su En busca del tiempo perdido por práctico aunque áspero papel del váter. Vale, es cierto que su tocho no es el libro más ágil del mundo, e incluso es cierto que hasta entonces el bueno de Marcel no había encontrado su tono. Pero de ahí a escribirle las líneas que André Gide le dedicó tras rechazar su manuscrito para la editorial NRF hay un trecho: «Mi querido amigo, puede que esté muerto de cuello para arriba, pero aun así no veo por qué un tío puede necesitar treinta páginas para describir cómo cambia de postura en la cama antes de dormir». No puedo dejar de imaginarme cómo la nariz gongorina de Proust debió mirar al suelo tras recibir estas líneas, tocando el fracaso, regodeándose en él. Por eso, cuando Marcel terminó de triunfar, y se descubrió que el libro no sólo era maravilloso por utilizar treinta páginas para describir un cambio de postura en la piltra, sino que lo hubiera sido todavía más si hubiera utilizado treinta y dos, me lo imagino a su vez levantando la napia superlativa diciendo: Recháceme ahora, editor.

Es necesario haber conocido el fracaso literario para poder saborear el éxito como merece. Varios editores rechazaron El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, e incluso uno de ellos se atrevió a sugerirle que el problema de la novela era el propio personaje que da título a la novela: Gatsby. Reconozco que aquí hablo con extrema subjetividad, ya que Gatsby me parece uno de los mejores personajes de la literatura norteamericana, pero ¿quién demonios puede odiar a un personaje que tarda medio libro en aparecer, y que incluso durante esa ausencia sigue siendo mágico? A este fracaso fitzgeraldiano hay que sumarle el poco éxito en ventas que cosechó al salir al mercado. Scott ya era una estrella literaria que había triunfado con su primer título, A este lado del paraíso, de ahí que el batacazo editorial pareciese más estruendoso. Pero ahora, tantas décadas después, la cosa ha cambiado. Todo el mundo ve al Gatsby como el paradigma del auge y la caída del prototipo americano de principios del XX, y todo lector admira la prosa de Scott como un ejemplo de lo suave que podía ser la noche de la Generación Perdida. Espero que Fitzgerald, desde su paraíso alcohólico, pueda observar este éxito mientras les muestra el dedo corazón a sus editores despechados.

“Cada vez que un editor rechaza un texto pienso inevitablemente en Proust, y en la cantidad de monarcas editoriales que tomaron su “En busca del tiempo perdido” por práctico aunque áspero papel del váter”

Soy un fiel defensor del fracaso editorial. Creo que Cervantes cinceló su maravillosa prosa al calor de las numerosas ocasiones en que quiso ser poeta y los dioses no se decidieron a darle el don, como también creo que Bécquer inventó la poesía moderna gracias a ese ímpetu negativo que le hizo querer quemar su obra cuando apenas le quedaban unos días de vida. A ninguno de los dos, ni al alcalaíno ni al sevillano, les aceptaron en el gremio escritor con el afán que sí lo hizo la historia. Hay magia en ese desencanto de juntapalabras. Fíjense en Kafka, por ejemplo, de cuya obra apenas tendríamos noticia si hubiera sido el fuego (como él deseaba) y no su amigo Max Brod el que se topara con su obra póstuma. Precisamente el éxito de otro de los aquí presentes, Proust (entre otros), le hizo desistir del triunfo de su angustioso mensaje. Ningún mecenas estuvo ahí cuando estos genios se angustiaban bajo el peso de sus expectativas. Rechácenlos ahora, si se atreven.

Hay veces que la impostura de un texto se difumina ante la tragedia, y es el caso del fracaso editorial que llevó al americano John Kennedy Toole a introducir una manguera con gas en el interior de su coche, tras ver cómo su novela La conjura de los necios era rechazada por uno y otro editor. El suicidio, en este caso, le aporta a estos renglones un punto dramático, más aún si tenemos en cuenta que, gracias a su madre, esta novela maestra en el género cómico terminó publicándose con un éxito sin precedentes. Levantarse contra este tipo de golpes no suele ser fácil, por mucho que más tarde nos dé carne de venganzas la mar de literarias. Fíjense ahora en García Márquez, quizás el novelista de más talento puro que el idioma castellano dio en el siglo XX. Su Hojarasca, novela escrita antes de escalar el Olimpo, fue rechazada varias veces, e incluso cuentan que la editorial Losada le animó a dedicarse a otra cosa que no fuesen las letras. Espero que desde allí donde siga dibujando mariposas amarillas, sea capaz también de ciscarse en los editores que cometieron la tropelía. Definitivamente el fracaso es necesario. ¿Hubiera salido a la carretera Kerouac como un loco se lanza a por los molinos si no le hubieran masacrado editorialmente tras su primera novela? Dicho de otro modo: Kerouac hubiera escrito En el camino, himno Beat, de no haber conocido el fondo del pozo antes. Algo parecido ocurre con Sabato, que escribió su mítico El túnel y tuvo que soportar que decenas de editoriales le mandaran al carajo hasta que un tal Albert Camus dijese: eh, este tipo ha escrito el tratado existencialista más potente en idioma castellano. Y, después, el éxito. O tenemos el caso de Bolaño, que vivió como un pordiosero con la única pretensión de alcanzar la gloria literaria, sin que las editoriales creyeran que esa forma de vida tan salvaje mereciese una publicación. Más tarde alcanzó esa gloria, aunque me temo que para el chileno ya era demasiado tarde.

“Al fracaso y al éxito les separa una línea muy fina. Fíjese el lector en J. K. Rowling, quien vio cómo su Harry Potter era rechazado por decenas de editoriales hasta que una de ellas aceptó el reto”

Quiero decir con todo esto que al fracaso y al éxito les separa una línea muy fina. Fíjese el lector en J. K. Rowling, quien vio cómo su Harry Potter era rechazado por decenas de editoriales hasta que una de ellas, Bloomsbury, aceptó el reto. Cuentan que la culpable fue la hija del dueño, que fue capaz de convencer a su padre de que lo recomendable era sacar la historia del pequeño mago a la luz. En este caso, al fracaso lo separa del éxito la pequeña sonrisa de un niño. Yo, que tengo la manía de reflejar las ganancias de un escritor multiplicando un euro por el número de ejemplares vendidos, ahora pienso: quinientos millones de sonrisas después, los editores que perdieron la oportunidad de abrir la puerta de Hogwarts quizás se hallen hoy en quiebra. Por si acaso, ojalá que la Rowling pueda decir eso de: Recháceme ahora, editor.

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Carlos Mayoral
(Madrid, 1986) Este escritor madrileño se mancha con gusto las perneras en el barro cultural de cabeceras como El Español o The Objective y en la revista cultural Jot Down. Cada semana refleja los trasuntos literarios, lingüísticos y quién sabe qué otros idealismos sobre el cristal de su cuenta de Twitter, @LaVozDeLarra, y suelta bilis en su blog personal, La Voz de Larra. Nunca supo si odiaba menos el periodismo o la filología, pero camina por ambos intentando despeñarse. Ha publicado dos libros: Etílico (Libros.com) y Empiezo a creer que es mentira (Círculo de Tiza)

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