Estimados Carlos, Manuel y Agustín:

Qué gran ilusión haceros llegar estas líneas.

¿Qué tal va todo? ¿Bien? Espero que estéis disfrutando de muchos éxitos de vuestras respectivas y recientes publicaciones. Vaya muchachos ¿Quién me iba a decir a mí que os iba a estar dedicando unos renglones? Nada, no os quiero quitar mucho tiempo. Sólo agradeceros públicamente lo escrito y publicado. Poco más.

Aunque quizás sí, haya algo más.

¿Cómo? Ah, ya, entiendo: os preguntaréis por qué una carta así, tan indiscreta.

La razón principal es la de inmortalizar un agradecimiento egoísta y elevado al cubo. Hacerlo porque habéis demostrado a los lectores de nuestro complejo país, que un escritor con apellido sin diéresis en una consonante también tiene hueco en nuestra biblioteca.

Porque la triada a la que aquí escribo es, indudablemente, la santísima trinidad del tortazo con mano abierta al lector conformista que sólo busca la historia entretenida que pueda ser absorbida por una, (en ocasiones dos), neuronas.

Si yo fuera crítico literario de carrera, (¿existe?), me permitiría el lujo de destripar vuestras últimas publicaciones con bisturí y sin anestesia. El Dexter de las letras. Como tengo la suerte de ser un lector con fecha de caducidad y esperanza de vida medida en libros por leer, me autorizo a escribiros este pliego pelota, casposo y quizás cursi que espero recibáis los tres, aunque dudo os conmueva.

Hace tiempo que medí mi esperanza media de vida en libros por leer. Confesaré algo al respecto: yo, en condiciones normales, leo unas 20-30 páginas diarias. Quizás poco. Puede que mucho. Es el tiempo que me resta para leer tras obligaciones profesionales y familiares. Y ya. No dispongo de más. Leo siempre en papel, nunca electrónico. Especifico lo analógico del asunto porque leer 20 páginas analógicas no es proporcional a 20 digitales. Obvio. Haciendo un cálculo rápido puedo componer una media, (en número de páginas), de unas 375 por libro. Es una operación sencilla. Al cabo de 365 días leo unas 10.900 páginas, entre 375 páginas por libro la cosa sale a unos cuantos libros al año. Todo bien.

Moriré, si no me empuja una enfermedad incompatible con la vejez, dentro de unos 40 años, (muy aproximadamente). Perderé facultades de lectura mucho antes de partir, pero aprovecharé cada día del resto como lo hago hoy, a fuego y con libro entre las manos.

Todas esas páginas impresas, encoladas, cosidas o grapadas deben formar parte de un anhelo. Un objetivo. Un fin. Un plan. No puedo, rectifico, no podemos malgastar el tiempo en leer literatura de almoneda. No hay tiempo que perder.

Si con frecuencia recurro a literatura de escritores muertos por vejez, accidente o fusilamiento, es porque no logro encontrar en la literatura actual historias que conmuevan, rectifiquen dogmas o me lleven por caminos imposibles. Sois ejemplo de todo lo contrario.

A Carlos Mayoral, que con su “Empiezo a creer que es mentira” ha redactado el plan anual de literatura para veinte cursos académicos, todos ellos en fase de enseñanza obligatoria. No voy a presentar mi candidatura a Ministro de Educación porque al día siguiente de la borrachera que pillaría firmaría tres decretos donde dejaría claro que: ningún púber patrio podrá salir de casa y clase sin haber leído e interiorizado dos cosas: normas básicas de educación, por un lado, lectura y comprensión obligatoria de “Empiezo a creer que es mentira”, por el otro.

Una vez se haya comprendido que la literatura “fue”, raras veces “es” y puede que alguna vez vuelva a “ser”, entonces sí, podríamos dar paso al siguiente nivel de formación literaria.

Si por el camino que transcurre entre uno y otro punto se tuviera interés y necesidad de autopsiar psicológicamente a un ser humano que ha sufrido, reído y sentido, entonces deberá inyectarse en neurona vía arterial a Manuel Vilas y su “Ordesa”. Además, aconsejo que la primera lectura se lleve a cabo desde Torla, muy cerquita de “Monte Perdido”. A ser posible con el alma en pelota picada tal y como debió hacerlo Manuel Vilas. Un libro auténtico, de verdad. Un libro lleno y repleto de células epiteliales, sudor y poesía. “Ordesa” es un pomelo, una fruta atómica que amarga y es dulcificada con la impronta de la poesía con la que respira Vilas. Es un libro terriblemente hermoso. Un libro donde quedan retratadas miles de biografías de cada uno de los lectores que no dejan de agotar edición tras edición. Un libro de vida. Un libro de familia. De dolor. Frustración. Rabia. Impotencia.

Debe acusarse recibo de ambos antes de enfrentarse a una trilogía impagable. Agustín Fernández Mallo fabrica un hilo de Ariadna a lo largo de tres escenarios que, como diría Marcellus Wallas en Pulp Fiction, se encuentran a “1.000 jodidas millas” uno del otro. Pero es el mismo. La misma tela de araña de Aracne y Atenea. Entre siglos cose Fernández Mallo una historia tremendamente compleja pero eficaz. Necesaria. Imposible de asimilar en lecturas distraídas de metro y autobús. Una historia auténticamente susceptible de ser releída. Trilogía que ampara la necesidad de dar valor, (¡MUCHO MÁS VALOR!), a los escritores inconformistas que huyen de historias de siempre. Evidentes. Tan trilladas y manidas como la corrupción de un político. No he podido parar de buscar galletas con forma de perro embarazo desde entonces. Llamadme loco. Lorca, Dalí, Guerra Civil, Vietnam y zapatos de “chúpame el hovercraft”.

Así pues, queridos, agradeceros eternamente el empeño en escribir algo diferente. Vuestro afán por crear espacios literarios propios para invertir en vidas ajenas que empiezan y acaban, y que siendo así, deben ser rodeadas de lecturas tan eclécticas y al mismo tiempo profundas como las vuestras. Se hablará de vosotros cuando hayáis muerto, y eso debe ser suficiente para ser considerado bueno y necesario.

Os mando tres abrazos, repartirlos de forma alícuota siempre y cuando ya estéis pensando en exprimir vuestra creatividad.

Se despide, siempre vuestro:

Un lector.

 

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Natxo Hernández
Lugareño del mundo. Lector tardío y extraño en la elección. Creo en las diferencias entre sólo y solo. Lo mejor que podría pasarnos es empezar a medir nuestra esperanza de vida en libros por leer. En ocasiones junto letras y hay días que salen cosas, pero sólo en ocasiones y sólo algunas cosas

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