La literatura tiene que sentirse. Sobre piel, en la misma carne. Tiene que hacer sudar cuando te habla de un lugar cálido, debes notar ambiente húmedo, la asfixia, el sofoco tras unos pocos pasos acelerados mientras huyes de algo (o persigues otra cosa aun más incierta).

Eso es la literatura, creo. Al menos la buena.

Como la que hace Abir Mukherjee.

Mukherjee es joven. Inglés, pero con raíces indias. Pinta de empollón en la solapa, tampoco esperen exotismos impostados, porque aquí no hay de eso. Autenticidad, mucha. El hombre de Calcuta (Salamandra Black) es la primera novela que traducen de él al castellano. No será la última, háganme caso. Me juego una lata de anchoas.

Decíamos que no hay exotismo. Y eso que el ambiente invita. Calcuta, inmediatamente posterior a la Gran Guerra. Ciudad fascinante, una urbe que se pretende británica por unos pocos pero respira entre monzones, mosquitos que te llevan a la tumba y un calor que deja manchitas de sudor en dos o tres lugares estratégicos. Seguro que me entienden. La época del Raj Británico, nada menos. Queda aun lejos el año 1947, pero como estos movimientos suelen ser cosa de cocinar poco a poco pues ya se atisban sinuosidades, caricias mal dadas, palabras a medio decir. Territorio que parece tablero de ajedrez, sí, pero uno que tiene cobras y mangostas en lugar de fichas blancas y negras. Un lío. Apasionante, claro.

«Hay un muerto, hay un policía, hay ayudantes, mujeres fatales, imbricaciones políticas, un pelín de crimen organizado o similar»

Y en ese contexto… un asesinato. Novela negra, vaya, que es sello del sello (y bien de cosas chulas que se traen entre manos). Hay un muerto, hay un policía, hay ayudantes, mujeres fatales, imbricaciones políticas, un pelín de crimen organizado o similar. Claro que la gracia no es ir del punto A al punto B, como si fuese un viaje organizado (uno de esos que te llevan a conocer Calcuta y no te permiten conocer Calcuta, por ejemplo). No, eso puede ser interesante, pero a la larga… vacío. Aburre, siempre lo mismo. Denme ambiente, más ambiente. Si es lo que distingue una historia de otra. Y, oigan, eso el amigo Abir lo borda. Es una frase hecha, ¿eh? Lo de amigo, que no he hablado con él en la vida. Pero, en fin, queda bien. Les decía… el ambiente. Uno se mete hasta las mismísimas entrañas de la Calcuta inmediatamente posterior al armisticio. Palpa a la perfección las muchas ciudades que hay en una sola ciudad, los dos mundos, los saltos imposibles entre uno y otro. La mismísima certeza contenida en sus páginas. Interesante hasta decir basta, oigan.

Y luego están los personajes. Presentación, porque parece que la cosa va para serie de varios libros. Así que los pillas de nuevas, con todas sus virtudes y defectos. Digamos que aun no te has encariñado con ellos, aun no tienes esa familiaridad que te permite reconocer clichés clásicos y rasgos propios. Siempre es más fácil sonreír cuando la empatía te lleva brincando en el estómago desde hace algunos títulos. Pero, y esto es importante, el capítulo inicial también tiene sus ventajas. Digamos que todo está sin contaminar. Es más limpio, más sano. Sin cinismos, sin sobreentendidos. La vida nos va haciendo más sarcásticos (al manos a la mayoría, yo sigo igual de encantador que con diecinueve años) y esto aquí no se aprecia. Ya no son solo los ramalazos de humor (efectivos, de esos que te hacen sonreír en silencio más que arrancarte carcajadas, con lo soeces que quedan) sino cierta sensación de principio, de paisaje por explorar. Cada cual tiene su personalidad marcada únicamente por el pasado propio, y no por ninguna experiencia compartida. Así que el crisol se enriquece. Y nosotros, como lectores, disfrutamos.

En fin, que no los aburro más. Podría contarles otras cosas sobre la novela. Que hay putas, y políticos malvados, y mujeres con ojos llenos de misterio, y también pijos… los más pijos de todos los pijos, pijos mayúsculos, pijos que son lo peor. Pero me quedo aquí, y dejo que descubran todo eso por ustedes mismos. Ya verán qué gozosa sensación.

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