Me encanta Tana French.

Así, sin paños calientes. La confesión al principio. Claro, a partir de aquí ustedes se pueden imaginar el resto de la reseña.

Me encanta Tana French porque siempre es más inteligente de lo que yo soy mientras leo uno de sus libros (lo cual no es muy difícil) pero además consigue serlo sin pasármelo por el morro, con un aire de “no he venido aquí a demostrar nada, sino a contarte mi historia”. Y, además, hace todo eso con estilo. Mucho estilo.

“El Explorador” (Alianza de Novelas, traducción de Julia Osuna Aguilar) es lo último que ha llegado aquí de la más irlandesa de las escritoras no irlandesas. Es, además, la misma French de siempre, pero distinta. Porque da el paso. Se atreve. Igual que usted después de la pandemia, que quiso cambiar su pisito de cuarenta metros cuadrados en el centro por una casa allá, en las montañas. Pues ella igual, solo que le echó más arrestos y para el monte que se fue.

«Las anteriores novelas de French, y ya son unas cuantas, eran lo que podríamos llamar noir urbano. Solo que no. O no del todo»

Aclaremos. Las anteriores novelas de French, y ya son unas cuantas, eran lo que podríamos llamar noir urbano. Solo que no. O no del todo. Porque tras esa pintura de coches, de humos, de edificios altísimos, el detonante de la trama siempre, siempre, se iba hasta el ámbito rural. Aunque fuese un barrio de las afueras de Dublín, que los barrios hasta hace poco eran más ámbito rural que algunos pueblos. Así coloreaba a sus personajes, les hacía reales. Así, también, podía explicar, con aterradora lucidez, aspectos realmente turbios de la existencia humana, tanto en el campo más personal como en uno genérico (esa crisis del ladrillo que dejó muchas urbanizaciones sin hacer). Latía, así, un poco de verde en su asfalto. Y ahora se muda del todo, oigan.

Cambio de lugar, no de fondo. “El Explorador” muestra a la misma autora de siempre. Mucho decir, porque es de las mejores en lo suyo. Aquí hay una comunidad tan cerrada que parece, a ratos, de esas familias tan bien avenidas donde, por fuerza, se esconden secretos inconfesables. Hay personajes carismáticos y otros que huelen mal desde el principio. Hay giros en la trama, un lenguaje preciso (y bien adaptado al pueblo, seguro que entienden de lo que hablo) y una tensión que es creciente, sí, pero nunca morosa. Quizá en otras de sus novelas las torsiones del guión son más acusadas, y ese tipo de sorpresas te dejan un poco más con la boca abierta… pero entiendo que mantener un cierto perfil “sosegado” es concesión ambiental, y que meter carpas de circo y bares de cocina fusión dentro de un pequeño pueblo de Irlanda pues… igual quedaba todo un poco así, como rarete.

Vamos, que se la lean. No soy imparcial, ya les dije, vine avisando desde el principio. Ah, solo hay un peligro… es novela de las de triscarse del tirón, y tiene muchas páginas, así que preparen su buen tiempo antes de empezar porque luego…

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