Me acordaba cada dos por tres de los veranos que había pasado en la casa de mis abuelos de Písek como de esa canción que vuelve a la punta de la lengua cuando menos te lo esperas. Por el puente de piedra más viejo del país, y uno de los puentes más antiguos del centro de Europa, se accede a un conjunto arquitectónico esculpido por el medievo por si quieres dejar de ser el bohemio de los cafés de la Malá Strana y convertirte en caballero feudal alargando el viaje al pasado. Chequia tiene muchos registros. Recuerdo que pasaba horas sobre el puente mirando hacia abajo y no me gustaba del todo el reflejo que me devolvía el río Otava porque siempre estaba solo. No es que me guste recordar esa imagen de un niño solitario, es que cuando no tienes nada mejor en lo que pensar, los recuerdos se vuelven un pasatiempo recurrente y desafiante ante la soledad. 

A mis padres les gustaba aquel ambiente rural, una vía de escape ante el ritmo frenético y desquiciante de la capital, y para mí, los senderos entre los árboles de la colina Jarník representaban el camino hacia la paz interior. Siempre fui miedoso, de hecho, era de esos niños que preferían llevar al límite su vejiga antes que levantarse de la cama para ir al baño en medio de la oscuridad porque el amenazante pasillo que había que cruzar representaba todo lo que cualquier criatura teme. No sé si pensaba que el pastor petrificado de Klobuky me aplastaría si osaba envalentornarme, es probable. Y yo nunca quise morir joven. Si acaso, a la edad de los padres de alguno de mis compañeros de clase, a los que veía tan aburridos que di por hecho que a los 40 uno ya ha vivido todo lo que tiene que vivir. En ellos pensaba cuando me dejaba absorber por los colores de Jarník y me invandía la esperanza de que tenemos la felicidad al alcance de la mano, o mejor dicho, a unos kilómetros de distancia.

Recuerdo casi todo de Písek con cariño. Lo monumental y lo emocional. Y en especial, aquel columpio. Un neumático atado a una cuerda que colgada de la rama de un gran roble en el jardín trasero. Ese particular artilugio me fascinaba. No solo porque su balanceo hacía que el resto del mundo se parase, sino porque fijándome en esa fina cuerda que me sostenía, pude comprender cómo los seres humanos vivimos peligromente y constantemente pendiendo de un hilo. Lo ignoramos porque el movimiento nos distrae, el ritmo nos mece y nuestra propia sensación de bienestar es un placebo al que nos aferramos para no darnos de bruces contra el suelo si miramos hacia abajo por un instante. Pero allí, en ese columpio de Písek y con doce años, la vida me parecía algo más divertida que de costumbre. 

Dentro de todo, había sido un niño feliz, o al menos, no me arrepiento de la infancia que tuve. Adoraba a mi familia, gozaba de la atención de mis padres y nunca me faltó nada de lo que pedía. Además, era un niño listo, se tienen grandes sueños a la fuerza, o al menos, se da por sentado que se tendrán las oportunidades suficientes como para ser algo en la vida por el mero hecho de haber nacido en un lugar privilegiado. Los fracasos también se sienten de manera diferente. Cada vez que terminaba un verano en Písek, juraba que me mudaría al año siguiente, aunque fuese solo. Qué ilusos son los críos. 

Aquel pueblo anclado en el pasado me inspiraba. Siempre fui un soñador empedernido y sobre todo, siempre tuve claro cuál era mi mayor aspiración en la vida: escribir. A los cuatro años ya elegía bien las palabras, a los diez ganaba concursos y a los quince me regalaron mi primera Olivetti. A los 30 tengo dolores insufribles en los dedos, pero la satisfacción por haber alumbrado varias obras que sirven para correr un tupido velo sobre las múltiples rehabilitaciones por las que estoy convencido que tendré que pasar. En Písek nacieron mis mejores obras, porque nunca abandoné las largas estaciones estivales a su amparo. Desde que tengo uso de razón, aquellas callejuelas y esos paseos alrededor de pequeñas plazas y murallas de la ciudad vieja constituían un punto de partida para mi ensoñación. Caminar con una libreta desde el puente a lo largo del río hasta el museo de la electricidad y luego a lo largo de la antigua muralla de la ciudad hasta la catedral principal y luego de vuelta a la plaza, donde me encontraba con mi abuela, con sus manos ajadas y con sus recuerdos, con el tiempo detenido y sin tiempo que perder. 

—Volvamos a casa…

—Yo ya estoy en casa, abuela.

Para mí, ella era el alma de Písek. 

Irene García

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