El infarto fue fulminante. Estábamos hablando de futuro cuando me dijiste que te encontrabas mal. Fue una broma del puñetero destino que nos juega estas malas pasadas. Hablábamos de tener hijos, de formar una familia, de cambiar de trabajo, mudarnos tal vez. De nuestra vida, de lo que nos queda por vivir. Te llevaste la mano al pecho. ¿Qué te pasa?, pregunté con miedo. Cogí el móvil y llamé a urgencias. Los segundos, cuando necesitas ayuda, son elásticos, y, su elasticidad es tal, que parecen horas. Tus ojos me miraban con anhelo, con miedo, con terror. Miraba a la puerta, como si mi mirada hiciese que llegara antes la ambulancia. Pensabas que algo te había sentado mal. Te acompañé al baño con un ojo en la puerta. Abriste la boca en una especie de náusea. Respirabas pesadamente. Volvimos a la cama. Te pusiste colorada, te llevaste las manos al pecho. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Después, un estertor y todo tu cuerpo se desmadejó en la cama. El timbre sonó. Eran ellos. Habían tardado siete minutos. Eso duró tu agonía.

Vi entrar gente en bata blanca. No sé cuántos. No pudieron más que certificar la muerte. Me sentí Eliot cuando ET agonizaba, aunque tú ya estabas muerta. No podía hablar. Era tal el dolor que no me permitía llorar. La casa, de pronto, se hizo enorme. Sin estar tú todo es hueco, todo es vacío. Pongo nuestra canción en bucle. Bebo whiskey. Vuelve a sonar la canción, nuestra canción. Me permito una leve sonrisa. He de ir al tanatorio. Me visto con el traje que tanto te gustaba. Llego allí y todo es difuso. Se difuminan las caras, los abrazos, las palmadas, los besos, los llantos. Me dicen algo, recojo mis pensamientos y regreso allí, donde reposas. Te miro y tiro un beso por el cristal. Alguien dice que recemos. No quiero. Me quedo callado, llorando, apoyado en la vitrina en que estás. Parece que está dormidita, me dicen. Me giro y grito: “¡pues no, está muerta!” y lloro. Lloro mucho. Me siento en el sofá de enfrente. La gente va y viene, algunos no se atreven a pasar donde yo estoy por no ver a mi chica muerta.

Es por la mañana. Alguien me da en el hombro y me despierto. Sigo en ese sofá. Son amigos y familiares. Me miran con tristeza. Miro la cantidad de ramos y coronas de flores que hay junto a ella. Dios, cómo te quería. Te quiero. Pongo una mano en el cristal cuando cierran el féretro. Me caigo resbalando por el cristal llorando y blasfemando. Mi hermano me ayuda a levantarme y me lleva, casi en volandas, al coche. Nos siguen, al menos, dieciocho coches en el triste trayecto hasta el cementerio. Allí hacen un pequeño responso, esperamos un rato y me dan un recipiente en el que se supone que estás. ¿Qué hacemos con Lucía? Me preguntan mi hermano y su hermana. Voy a llevarla al lugar que más le gustaba en vida. A Finisterre.  La costa de la muerte le fascinaba, al igual que las rías bajas. La hermana asiente y va donde están los padres para decirles. La madre está destrozada. Me acerco y no puedo hablar. Nos abrazamos. Mis padres miran, prudentes, y, cuando me sueltan mis suegros, me abrazan también. Me siento un títere. Una bola de pinball que va de aquí para allá. Quiero gritar, pero el grito se congela en mi pecho.

Mi hermano me acompaña a casa y me dice que haga la maleta. Después, me cambio y me voy con ellos. No soy consciente de estar aquí ni de estar allá. Me llevan. Me meten en un coche y veo un paisaje cambiante por la ventana. Música insulsa suena en la radio del coche. No me meto en ninguna conversación. Soy un adorno. Uno feo y triste. Llegamos a Finisterre. Pilar, la madre de Lucía, me dice que han cogido una casa rural y que vamos a estar ahí todos. Tomo asiento en la casa rural. Cenamos. Dormimos. Desayunamos. Todo es un ritual continuo y los días se amontonan sin diferenciarse unos de otros. Cenamos. Dormimos. Desayunamos. Vamos de viaje a no sé dónde porque a Lucía le encantaba de pequeña, pero no sé ni dónde es.

Me quedo sentado mirando el mar. Está gris, exactamente del mismo tono que el cielo, que se confunde con el horizonte. Como los días que paso en esa casa rural, se entrelazan, se abrazan, se hacen uno y no se diferencian. Finalmente cenamos, dormimos y desayunamos. Vamos a una iglesia en la que un cura que conoce la familia de Lucía oficia una misa en su honor. Después vamos al faro de Finisterre y arrojamos sus cenizas al mar. Me quedo allí. Sentado en una roca. Mi hermano me ofrece un cigarrillo y, silencioso, se sienta a mi lado. Poco a poco, van acercándose todos. Cuando nos hemos juntado todos Pilar, la madre de Lucía, ha dicho en alto que recemos todos juntos por ella. Así lo hemos hecho. Regresamos a casa. No ceno y no duermo. Desayunamos y nos volvemos a Madrid.

Me acompaña mi hermano a casa. Deshacemos la maleta. Pongo un cedé de música con nuestra canción y me tomo un whiskey. Mi hermano me da un beso y se va. Si necesitas algo, dice, llámame que vengo en cero-coma. ¿Si necesito? Vaya. Necesito que vuelva Lucía, pienso. Me siento pegajoso y sucio. Me ducho lentamente. Canturreo nuestra canción. Me seco, me afeito y me enciendo un cigarro mientras me pongo un pijama. Llevaba sin fumar diez años. Da igual. Total ¿para qué? Voy a la cocina y abro el frigorífico. Cojo jamón york y me lo como bebiendo una cocacola y poniendo la tele de fondo. Hay un absurdo programa en el que, los que no saben de nada, de todo opinan. Apago la tele. Llevo el plato y el vaso al lavavajillas y compruebo que la puerta de la calle está cerrada. Vuelvo a la habitación, pero antes, paso al despacho para ver si está todo bien. La cortina está corrida y voy a cerrarla. Cuando, de repente, te veo. Ahí estás tú. Sentada en el poyo de la ventana y mirándome con una sonrisa. Del susto casi me caigo de culo. Me siento en el butacón del despacho, mirando hacia la ventana, sin poder hablar.

Estás más sexy que nunca. Tus labios carnosos pintados de rojo. De un rojo intenso. Rímel en los ojos. Esos preciosos ojos azules y rasgados, como de gata, que me vuelven loco. Estás un poco paliducha, pero estás preciosa. Dios, cómo te quiero. Me miras sonriente y me dices: “Déjame pasar”. Hipnotizado con el azul de tus ojos, me levanto de la silla y voy hacia la ventana. Pongo la mano en el pomo. Te noto ansiosa. Te relames y veo como una lengua puntiaguda chiquita y rosa sobresale un poquito de tus labios. Entonces los veo. Unos dientes puntiagudos y blanquísimos asoman de tus hermosos y deseables labios. ¿No me querías para siempre? ¡Aquí me tienes! Me dices. Bueno, no hablamos, es algo parecido a la telepatía. Sé lo que dices sin que tus labios se muevan. Con tu lengua bífida y larguísima lames el cristal, seductora. Dos gruesas lágrimas corren por mis mejillas mientras sigo inmóvil. Giro mis pies y salgo corriendo a mi habitación. Me tumbo en la cama, pero empiezas a arañar el cristal con tus largas uñas, y no puedo dormir. Enciendo la tele de la habitación y subo el volumen hasta no escuchar el arañazo de tus uñas. Aún así, no logro dormir.

Por la mañana, sentado en el suelo, aovillado y abrazando mis rodillas, me levanto a apagar la televisión. Tengo un dolor sordo de cabeza que no cesa. Me tomo dos nolotiles con el café con leche de la mañana. No quiero la tele. No quiero leer. No quiero nada. Me encuentro fatal. Tengo hambre. De modo que bajo a la calle, la luz del cielo me hace daño. Mucho daño. Vuelvo a casa y cojo las gafas de sol. Salgo de nuevo y, aunque el cielo está encapotado, la luz me disgusta. Me molesta. De repente soy consciente de que oigo voces. Muchas voces. Un murmullo horrísono está en mi cabeza. Parece que tengo en la cabeza un panal lleno de avispas, pero en lugar de zumbidos, oigo millares de voces humanas a todo meter en mi cerebro. Tengo que parar mi caminata y, apoyándome en la fachada de un edificio, respirar pesadamente. Mi estómago ruge. Tengo hambre. Levanto la mirada y veo la carnicería. Voy hacia allá. Entro en la carnicería y me quedo mirando los trozos de carne chorreando sangre. Enrojecidos. Apetecibles. Deliciosos. Miro alrededor y pido la vez. Una señora gorda y bajita me dice que ella es la última. Gracias, le digo. Cuando es mi turno pido que me den varios paquetes de carne. Dios, qué pinta tienen. Me dan ganas de sentarme en el suelo y ponerme a comer la carne, aunque sea cruda.

Al salir de la tienda doy una vuelta por el barrio. Hacía tiempo que no daba una vuelta. Me enciendo un cigarrillo y voy paseando detenidamente, mirando a un lado y otro. El zumbido no cesa, pero es más soportable. Voy a la plaza en que jugábamos cuando éramos críos. Está detrás de la iglesia. Me da grima esa iglesia. Cuando me acerco a sus muros siento una especie de electricidad recorrer mi espina dorsal. Paso por delante del colegio que había cerca de casa de mis padres, antes de mudarnos, y sigue habiendo un enjambre de niños, con los chubasqueros puestos, corriendo por el patio en pos de una pelota. De repente, me viene un olor terrible. A virginal, a pureza, a período, a belleza, a niña. Un grupo de niñas se cruzan conmigo abrazadas a sus tablets y hablando de algún chico que les gusta. Me acecha un irrefrenable impulso de comer. Una de ellas me mira y sonríe. Dice algo al resto, me miran todas, se ríen y salen corriendo. Mi corazón va a mil doscientos por hora. Me tengo que sentar y tomar aire a bocanadas para poder sosegarme. Tiemblan mis manos y un sudor frío recorre mi espalda.

Pasado un buen rato el olor de la carne que llevo en la bolsa me llega a las fosas nasales, me levanto y camino hacia casa. Apresuradamente. Tengo que llegar. Tengo que comer. Camino sin ver nada. Choco con gente que me dice cosas, pero los ignoro. Necesito llegar a casa. Una necesidad imperiosa de regresar me aguijonea. Miro a todas partes, me ahogo, intento tomar aire. No puedo respirar. Miríadas de olores llegan a mis fosas nasales y las embotan. Respiro entrecortadamente. El pecho me arde. Pienso en el infarto que te dio cuando te fuiste de mi vida ahí en la cama, hace solo una semana. Un temblor de manos hace que se me caiga el paquete de carne que rueda por el suelo. Lo recojo presuroso y sigo caminando. Estoy perdiendo visión. Me quito las gafas de sol y la claridad me daña. Me las vuelvo a poner. Se me están agarrotando las piernas y los brazos. Calambres en mi estómago hacen que me retuerza de dolor. La gente me mira deambular atropelladamente por la calle. Tropiezo con todo. Caigo y me levanto. El olor de la carne me llega más nítido que nunca. Meto la mano en la bolsa y saco un filete rojo y ensangrentado. Le doy un mordisco. Mastico con la boca abierta porque aún no puedo respirar. El sabor de la carne me sacia y me sosiega. Noto chorrear el líquido rojizo de la sangre por la comisura de mis labios y por mi cuello. Consigo respirar mejor. La gente me mira, se sorprende y huye horrorizada. Estoy a escasas dos manzanas de mi casa. Aún así reposo un rato.

Noto un picor en la cabeza. Me rasco. Es un picor horrible, irrefrenable, salvaje. Me rasco más y más. Mechones de cabello caen al suelo. Siento que el picor se sucede en todo el cuerpo. Tengo que rascarme con fuerza y arrancarme el pelo de todo el cuerpo a mechones, dejándome en carne viva todas las zonas que antes tenían vello. Me sigue picando la piel y me froto, me rasco, me arranco la piel. Me hago arañazos. El aire sosiega mi picor. Me levanto. Me desnudo para que el aire sosiegue mi cuerpo. Voy andando y escondiéndome de la gente. Detrás de un coche. De ahí a un cubo de basura. Luego voy hasta los contenedores de vidrio y papel que hay al lado del portal de casa. Me duelen las manos y los pies que se me curvan en forma de garras. Las uñas comienzan a crecer. Son negras y puntiagudas, tanto en pies como en manos. Siento hambre. Mucha. Miro el paquete de carne y, de los tres kilos de carne que compré, me quedan dos filetes. El hambre provoca calambres en mi estómago. Unos calambres fortísimos. Oigo pasos. Un olor agradable y apetecible llega a mis fosas nasales. Olisqueo el aire. Me escondo bien. Dejo que pase y veo una pareja joven. A la pradera de atrás suelen venir las parejas a hacer el amor. Les sigo.

Llegan hasta la pradera y empiezan a besarse. Los miro con una punzada de nostalgia en el pecho. Una rancia tristeza me provoca un ahogo, pero tengo hambre. Un hambre desasosegante y feroz. Terrible. Salvaje. Me arrastro por las sombras sin hacer el menor ruido. Puedo escuchar sus gemidos y sus “te quiero” así como el chisteo de los besos. Me paraliza la pena. Salto sobre ellos. Puedo ver los ojos de terror con que me mira ella, él está encima y caigo sobre su espalda. Le agarro la cabeza y de un tirón le rompo el cuello. Ella va a chillar, pero, entonces, me lanzo a su cuello y le muerdo la garganta. Mastico el trozo de carne mirando a la luna. La chica mueve los labios y la sangre mana de su herida. Una especie de espuma escapa por donde está yéndose su vida. Vuelvo a morder, esta vez en el lateral del cuello. Mis colmillos llegan hasta la vértebra produciendo un chirrido. La chica da un respingo y muere. Aún tiene esa mirada de miedo. Me siento tranquilamente al lado de los dos y voy comiendo despacio, con calma. En menos de dos horas lo único que quedan son manchas de sangre por todos lados y unos huesos rebañados y limpios.

Miro dos tipos rarísimos acercarse. Son completamente calvos y husmean el aire hasta los dos cadáveres que hay en la hierba. Tienen la piel enrojecida y las uñas negras y puntiagudas. De la boca les sobresalen unos dientecillos blanquísimos y puntiagudos y una lengua bífida larguísima. Saco mi lengua y compruebo que llega más allá de mi brazo estirado. Estoy saciado y satisfecho. Los dos tipos andan erráticamente y haciéndome un gesto me urgen a que los siga. Les sigo. Van como diez metros delante de mi. Voy mirando a todas partes. Las sombras parecen acechar, pero más allá hay luz. Una luz intensa y prístina que ilumina unos cincuenta metros cuadrados. En el centro hay una imagen. Eres tú. Mis dos acompañantes se quedan más atrás haciéndote una reverencia. Sigo caminando hacia ti. Estás tan bella. Tan luminosa. Tan sexy. Me miras y sonríes. Digo que te quiero. Lo repito una y otra vez. De un salto me pongo a tu lado.  Ahora sí, dices, ahora nos amaremos para siempre.

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