En la faja —¡ay, ay, ay, las fajas!— de El negociado del yin y el yang se nos recuerda que El rey recibe, la primera parte de la trilogía de Eduardo Mendoza, era una «obra maestra». Estas palabras las escribió el crítico José-Carlos Mainer el 31 de agosto de 2018 en El País. Pero parece que en la faja —¡condenadas fajas!— no cupo el momento cumbre de la reseña de Mainer:

«Los lectores [de Mendoza] le esperamos en la próxima novela. Y ya sabemos que, sin duda, será otra obra maestra».

¡Qué hito de la crítica literaria! Habría que enmarcar estas cuatro palabras: «será otra obra maestra». Merecen su propia faja —¡venga, pongámosles fajas a las reseñas!—: «La primera crítica de una obra que aún no se ha publicado» o «Mainer ha conseguido que Eduardo Mendoza no siga escribiendo la novela porque, total, ya es «otra obra maestra»». Por eso, cuando Seix Barral finalmente publicó en noviembre de 2019 la antedicha y predicha obra maestra, yo esperaba que Mainer escribiera sobre ella. Aguardaba la reseña con más ansia que la propia novela porque anhelaba ver cómo el crítico confirmaba su propia profecía: «Como ya os avancé, es otra obra maestra» o «Ni siquiera me ha hecho falta leer la novela para corroborar que, efectivamente, es otra obra maestra». Por desgracia, la espera ha sido en vano: no ha habido reseña de Mainer. Así que aquí estoy yo para reemplazarlo.

Y, de paso, para gritar a los cuatro vientos que ¡El negociado del yin y el yang no es «otra obra maestra»! Y que conste por escrito que yo, más que un simple lector de Mendoza, soy un fan. Estamos frente a una muy buena novela pero no una obra maestra porque, como segunda parte de la trilogía de Las Tres Leyes del Movimiento, es una obra incompleta: no sabemos cómo terminan las andanzas de su protagonista, Rufo Batalla, por lo que no podemos terminar de juzgarlas. El crítico o lector que se enfrente a El negociado debería practicar hasta cierto punto una «epojé literaria», es decir, una suspensión del juicio literario definitivo, emitiendo solo un veredicto parcial e inconcluso; por supuesto, tendría que evitar los veredictos tajantes —¡fajantes!— «a la Mainer». Es verdad que se trata de una novela de aventuras, así que más importante que la destinación es el viaje en sí mismo; sin embargo, como en cualquier odisea, sigue siendo necesario regresar a casa para poder evaluar todo el conjunto y las relaciones entre sus partes. Además, los principales aciertos de El negociado —la mezcla de biografía y novela de aventuras, la radiografía de la política y la sociedad, la subdivisión en capítulos a partir de citas intercaladas en varias lenguas, el abúlico personaje de Rufo Batalla, las divertidas correrías provocadas por el esperpéntico rey Tukuulo— ya estaban presentes en la anterior entrega, El rey recibe (reseñada aquí). Por tanto, El negociado no gana puntos en el terreno de la originalidad.

Pero el hecho de ser una continuación no es un elemento negativo, ya que Mendoza continúa muy bien la serie de Las Tres Leyes del Movimiento. Y si en El rey recibe la Ley de la inercia dejaba a punto de salir del reposo a Rufo Batalla y a España, que aún dormía la pesadilla franquista, en El negociado la Segunda ley de Newton hace referencia al cambio de movimiento provocado por la aplicación de una fuerza sobre un cuerpo. O sea, que en esta novela Rufo Batalla y España se ponen en marcha.

Aprovechando que el fin de la dictadura es el gran tema de la novela, o al menos de su primera parte, Mendoza hace gala de sus dotes de escritor-sociólogo. Y no solo el narrador reflexiona sobre el franquismo: desde Nueva York, los expatriados —parece que no hay ni un solo exiliado político— también opinan sin parar sobre lo que ocurrirá tras la muerte del dictador; y, para variar, las discusiones políticas entre españoles terminan mal:

«Como [un amigo] traía noticias frescas de España y quién sabía si lo volveríamos a ver, organicé una cena de despedida con media docena de miembros de la colonia española en un restaurante del Soho. En el primer plato ya se había armado una trifulca».

Obviamente, Rufo tiene sus propias ideas, pero sobre todo es un oyente de cuanto dicen los demás y un espectador de lo que sucede a su alrededor. De hecho, es un personaje tan kafkiano que su reacción a la muerte de Franco se parece a las dos frases que escribió el checo en sus Diarios el 2 de agosto de 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación»; a su vez, Rufo Batalla experimenta así lo ocurrido el 20 de noviembre de 1975: «Franco había muerto y yo estaba tomando café en el comedor del Plaza». De tal Kafka, tal Batalla.

No obstante, no solo España se pone en movimiento: el mismo Rufo decide irse definitivamente de Nueva York, pero antes de volver a Barcelona le hará un recado al rey Tukuulo, quien le pide que entregue una carta en su nombre. El viaje lo llevará a Japón y a Tailandia, primero como un simple factótum y en seguida como un espía de novela de Joseph Conrad (autor citado un par de veces), pero siempre con un toque humorístico 100% Mendoza. Además de conocer a personajes estrafalarios (unos turistas sexuales casados pero puteros) y de sortear peligros varios (un secuestro, una estancia en una isla desierta), Rufo se enamorará. Porque, no lo olvidemos, el protagonista de El negociado está buscando su lugar en el mundo. Y este mundo debe entenderse casi literalmente, pues uno de los puntos fuertes de esta novela es la ampliación de su horizonte geográfico: si en El rey recibe visitamos ambos lados del Telón de Acero, aquí nos adentramos también en Oriente; a causa del merodeo por varios países, culturas, continentes y lenguas, cobran más sentido las citas interpuestas en castellano, catalán, francés, inglés y alemán. De hecho, puede incluirse la novela en esa categoría de «ficciones globales» de las que habla Jorge Carrión.

Después del desvío y los amoríos asiáticos, en la segunda parte de la novela Rufo volverá a establecerse en Barcelona. Allí se siente aburrido, fuera de lugar y atrapado entre el mar y la montaña, por lo que compara su situación y la de los barceloneses con el encierro de Copito de Nieve, el famoso gorila albino a quien «el azar había llevado desde la selva de la Guinea Ecuatorial al exiguo zoo ubicado en los terrenos de la antigua Ciudadela». Rufo no sabe qué hacer con su vida, no puede encontrar un trabajo porque el país está atravesando un periodo muy inestable política y económicamente y no tiene pareja ni muchos amigos, así que aprovecha para visitar a su hermano en Stuttgart y pasar tiempo con su hermana y su cuñado en el Ampurdán; en cierto sentido, la familia es lo único que le da algo de sentido. No es un nini, pero los lectores millennials nos identificamos sin problema con sus oscuros horizontes profesionales, su desconfianza de las autoridades, su miedo a las oscilaciones del mercado, sus viajes al extranjero para ocupar el tiempo o su soledad existencial. Mendoza escribe sobre el franquismo y la Transición como si fuera 2020. Y esto, a menudo, chirría: ¿dónde están los exiliados políticos, los represaliados por la dictadura, la oposición antifranquista, la brutal represión policial, la censura ideológica? Las dos épocas pueden tener similitudes, pero no son análogas.

El rey recibe terminaba con una intriga muy decimonónica: ¿qué aventuras le esperan a Rufo Batalla en Japón como emisario de Tukuulo, el rey sin reino? Asimismo, El negociado del yin y el yang acaba con un misterio más personal: ¿encontrará trabajo el protagonista?, ¿se casará?, ¿se quedará en Barcelona? El juicio del lector también debe quedar en el aire, como un cliffhanger crítico. Por supuesto, aún es pronto para poner en la faja que El negociado es «otra obra maestra».

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