A la tercera patada, la cerradura salta por los aires y la puerta deja de ser un obstáculo. Entro y respiro tu ausencia. No estás. Ya contaba con ello. Pero la tensión del depredador al acecho es difícil de controlar, más aún cuando pasé unas bonitas vacaciones en el Pacífico cazando japos, y desprenderse de las viejas costumbres no es nada fácil.

Entro en la habitación sin dejar de barrer cada rincón con mi automática. Una cosa es que ya no esté en mitad de una ciudad reducida a escombros, con el Tommy colgado del hombro a la espera de ver una cara de ojos rasgados para volarle la tapa de los sesos, y otra que me haya vuelto gilipollas con la edad. Te conozco a la perfección, Brennan O´hara. Pero mejor aún, conocía mucho mejor a tu mentor. Ese puto yonqui por el que aún suspiras cada noche entre recuerdos y fantasías diluidas por el tiempo. Sí, le conocía. Compartimos trinchera y rancho durante meses. Volvimos. Él empezó a ir a su aire. Yo, como buen soldado, me limité a cumplir órdenes. A fin de cuentas, es para lo que se me había adiestrado. Resultados: él acabo muerto en un callejón, yo con un fajo de billetes en el bolsillo y una vida por delante.

«A juzgar por cómo está todo cuanto me rodea, has salido con prisa. Demasiada. La cama sin hacer, la ropa sucia tirada en un suelo más sucio aún. Un cuadro de un paisaje que hace años debió de marchitarse, torcido»

Dejo esto de los recuerdos para otro momento y me paso una mano por la cabeza. El pelo, cortado al rape, resbala bajo mi palma. No hay ni rastro de ti. A juzgar por cómo está todo cuanto me rodea, has salido con prisa. Demasiada. La cama sin hacer, la ropa sucia tirada en un suelo más sucio aún. Un cuadro de un paisaje que hace años debió de marchitarse, torcido. La cómoda movida y un cajón de la mesilla abierto. No hace falta una mente privilegiada como la Oppenheimer y su proyecto Manhattan para saber por dónde has salido. Respiro hondo, guardo el arma en la funda sobaquera y me acerco a la ventana. La cortina se mece por el aire, haciendo que por momentos me sienta como un cadáver recién amortajado. Las vistas no es que sean dignas de recordar o inmortalizar en una Polaroid. Esto es Estados Unidos de América (los EEUU de América para los paletos que vienen por estos lares creyendo aún que esto es la tierra de las oportunidades y las vidas de mierda que llevan en sus tierras de origen cobrarán aquí algún sentido) y es lo que toca, ganamos una guerra reduciendo a cenizas dos ciudades en un visto y no visto. Podemos permitirnos esto. Hormigón y construcciones que se caen a los tres días. Fábricas. Capitalismo salvaje. Políticos hablando de igualdades raciales, mientras los de la caperuza blanca queman cruces y matan negros…

Aparto de un manotazo el sudario que no deja de molestar y me asomo. La altura no es muy alta que digamos. No hace falta ser Houdini para largarse por aquí. Lo que no sé es hacia dónde te has ido, muñeca. Cruzar el aparcamiento me parece una idea imposible. Te expones demasiado, y más aún cuando, si mis cálculos no son erróneos, has debido de salir con lo puesto. Y a juzgar por los restos de agua y jabón del lavabo, esto debe ser bastante escaso.

¿A la derecha? Imposible. La misma carretera desierta que nos ha traído hasta aquí cortaría tu escapatoria. ¿Una mujer medio desnuda corriendo por el arcén? Serías carne de cañón para violadores y psicópatas. Por no hablar de algún coche patrulla que te viera y que no tardaría en hacer correr la voz para dar paso a una verbena de polis ciegos a bencedrina con ganas de mambo.

Descartada la idea, queda otra opción. La izquierda. Sonrío para mis adentros al pensarlo: siempre queda otra opción. La izquierda, repito en voz baja mientras el recuerdo de nuestro querido y tullido Roosevelt estrechando la mano de Stalin al mismo tiempo que los dos se preparaban para lo que estaba por caer, pasa por mis pensamientos. Cosas del pasado. De cuando uno estaba de barro y mierda hasta las cejas y creía que nuestro minusválido tendería una mano al líder de los otros vencedores porque a fin de cuentas habían sido colegas a la hora de despachar kartofens e hijos del imperio del Sol Naciente…

Chistes a un lado. La izquierda tampoco parece ser una opción correcta. A pocos metros muere la civilización y empieza un bosque. En otras circunstancias, perderse en él sería la mejor alternativa. Sin barro que delate tus huellas dar contigo sería difícil. Más si tengo en cuenta que tampoco es que cuente con demasiado tiempo para encontrarte. Estoy en una misión casi suicida. Altruista podría decirse.

«El olor a gasolina del encendedor me trae recuerdos no demasiado gratos. Barro. Diarrea. Desequilibrios por lo que los matasanos llamaron estrés de combate»

Me encojo de hombros y vuelvo a mirar al horizonte. Un cielo plomizo amenaza tormenta. Saco un Lucky del paquete y lo enciendo. El olor a gasolina del encendedor me trae recuerdos no demasiado gratos. Barro. Diarrea. Desequilibrios por lo que los matasanos llamaron estrés de combate. Alcohol. Barbitúricos. La versión de andar por casa de una estrella de Hollywood sin el glamour de las cámaras y los periodistas delante.

El chucho que estaba atado junto a la caseta de la entrada empieza a ladrar nervioso. Miro en su dirección y te veo agazapada junto a unos matorrales. La escena resultaría sensual de no ser por el arma que llevas en una mano y que todo me dice que lleva una bala con mi nombre en la recámara. Los ladridos se suceden. Tiro el cigarro recién encendido por la ventana y saco mi automática. Tres vueltas en torno al cañón, y el peso hace que tenga que ajustar el alza. Aprieto el gatillo y la magia del arte de la guerra obra su milagro. Un fogonazo seguido de un puffff apagado. Un aullido lastimero, un cuerpo que cae sobre el asfalto y un manantial de sangre fresca que empieza a brotar de la nada. Te miro, apuntándote y para dejarte las cosas claras disparo. El proyectil hace saltar esquirlas de alquitrán junto a tu pie. Me miras y dudas. Por tu cabeza pasan las ideas casi a la misma velocidad que lo haría una bala por la mía. Lo sé. Sonrío y con la mano que tengo libre saco otro cigarrillo. Me lo llevo a la boca y abro el encendedor aguantándote la mirada. La llama prende. La puta cortina ondea sobre mi cabeza como una bandera en tierra de nadie. Me apoyo en el marco de la venta y doy una calada. Tú, sigues pensándotelo. Te entiendo. Y también quiero que entiendas que te tengo a tiro. Tú eliges, pequeña. Dos opciones. Cara o cruz. Vida o muerte. Tirar tu arma y salir de una pieza del avispero en que se va a convertir este motel en cuestión de minutos. O hacer justicia al hombre que amaste y dejarme seco de la misma manera que yo lo dejé a él. Poner la otra mejilla o estar dispuesta a morir matando…

Tú eliges, pero hazlo pronto. La paciencia nunca ha sido una de mis virtudes y para complicar las cosas, siento un hormigueo en los dedos que me hace saber que dentro de media hora como muy tarde, necesitare otro pico de caballo galopando por mis venas.

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