El tiempo pasa y con él, los momentos de consciencia van siendo cada vez más habituales en ti. Lo que antes solía durar pocos segundos, fue dando paso a minutos a medida que tu campo visual se iba ampliando. Lo que en un principio era manchas borrosas fueron definiéndose como contornos y formas.

Y de la mano de todo esto, la primera pregunta: ¿Dónde estoy?

El tipo del pasamontañas se encargó de hacerte salir de dudas. Siempre parecía estar al lado de tu cama. Atento. Con el celo de un estudiante de medicina ante el primer caso de su carrera en la unidad de cuidados intensivos. Y tan pronto como abriste los ojos y pediste agua con una voz que no te sonaba tuya, trató de calmarte acariciándote la cara con ternura. Tranquila, estás a salvo. Tenías una herida, habías perdido mucha sangre. He cuidado de ti, estás fuera de peligro, pero todavía demasiado débil como para poder marchar…

Satisfecha con eso, seguiste consumiéndote en las dos etapas que marcaban tu día a día. Los delirios típicos de la fiebre junto al sufrimiento cada vez que una mujer, a la que nunca has visto la cara y sólo podrías reconocer por su perfume, se encargaba de limpiarte la herida presionándola para vaciarla de pus y cambiarte los vendajes. O las horas de lucidez en las que te recreabas con la reconstrucción de los hechos que te habían hecho acabar en esa habitación pequeña, rodeada de velas que olían a cera caliente tendida en un camastro de paja.

Tenías, y sigues teniendo, demasiadas lagunas de la suerte que habías corrido. Recordabas un hotel y un tiroteo. Un rostro difuminado en la memoria. Dos fogonazos y un coche. El resto era negrura. Un camino por el que no recordabas haber pasado hasta llegar a donde ahora te encuentras.

«Oyes ruido al otro lado de la puerta. En otras circunstancias, escucharles habría sonado reparador. Una señal inequívoca de que no estás muerta. De que van a cambiarte los vendajes y darte de comer»

Oyes ruido al otro lado de la puerta. En otras circunstancias, escucharles habría sonado reparador. Una señal inequívoca de que no estás muerta. De que van a cambiarte los vendajes y darte de comer. El menú se reduce a guisos aguados, pero más que suficiente. En tus autoexploraciones has descubierto que los huesos se te notan más de lo que deberían, pero es secundario. Estás viva. Ya habrá tiempo para recuperar los kilos que hayas perdido cuando salgas de allí. Pero hoy no…

Sientes un mal presagio. Miras a las velas que siguen consumiéndose en silencio, como si en ellas pudieras ver lo que está por pasar. Suspiras y mueves la pierna. Aún duele. No como al principio, pero aun así sería imposible tratar de huir. Ya has huido demasiado. Te sientes cansada, vacía. Toda una vida a salto de mata. Hoteles. Carreteras secundarias. Falsas identidades… Todo, para acabar, antes o después, con una bala en mitad del cráneo y unos bonitos zapatos de cemento en algún lago profundo.

De pronto, la puerta se abre con violencia. Entran la mujer, que murmura algo que no llegas a oír, y el tipo del pasamontañas, aunque hoy lo hace a cara descubierta. Comprendes que por pudor salga de casa con la cara tapada. Una lengua de carne enrojecida y requemada se la surca de lado a lado, haciéndole parecer un monstruo de feria. En una de las interminables noches de delirios, tiritonas y agonía, se confesó contigo. Tal vez creyera que te ibas a quedar en el sitio y necesitaba soltar lastre. El caso es que te lo contó. Una noche en playas japonesas. Un desembarco. Arena virgen. La luna brillando en el cielo. Cocoteros. Una leve brisa… El paraíso, vamos. Hasta que una bengala tiñó todo de verde y los japoneses les dieron la bienvenida. Carreras. Balas trazadoras. Explosiones. Astillas de coral volando por los aires… Y en mitad de todo esto, el tipo que iba corriendo a su lado, pisó una mina. De él, no encontraron ni los trozos, pero todo a su alrededor estaba carbonizado, incluyendo la cara de tu salvador. Meses de cirugía reconstructiva, hospitales. Una pensión de mierda y un corazón púrpura. A eso se limitaba su existencia.

Cuando entra en la habitación, se cruza de brazos a los pies de la cama como tantas veces le has visto hacer, y asiente a alguien que aguarda junto a la puerta. El recién llegado entra, cerrando tras de sí. El olor a loción para después del afeitado inunda la atmósfera que te rodea. Viste de traje y luce un bigote ridículo. Le miras y tu sexto sentido, el mismo que te ha permitido llegar con vida los suficiente como para tener que quitarte años a la hora de coquetear con algún jovenzuelo, se activa. Tratas de moverte en la cama, pero la mano de la mujer te lo impide. Te sujeta con fuerza y te susurra al oído que no tienes nada que temer.

«Retiras el hombro como si sus manos, las mismas que han cuidado de ti durante todo este tiempo, te abrasaran y tratas de mostrar una entereza que no tienes»

No la crees, pero no estás en condiciones de pedir una hoja de reclamaciones. Retiras el hombro como si sus manos, las mismas que han cuidado de ti durante todo este tiempo, te abrasaran y tratas de mostrar una entereza que no tienes. El recién llegado te mira, como si evaluara las posibilidades que tienes de escapar de allí, y tras deducir que son pocas, abre la puerta. Una leve brisa refresca el ambiente y apoya un maletín de médico a tu lado en el colchón. Lo observas con detenimiento. Salta a la vista que ese hombre no es médico. Ni por la manera que tiene de desenvolverse, ni mucho menos por el atrezo del maletín. Está demasiado nuevo, tanto que apesta a cuero recién engrasado en lugar de hacerlo a fármacos y ungüentos. Hay gato encerrado y sólo es cuestión de tiempo que el minino suelte el primer zarpazo.

– Está bien, señorita- dice, paseando por el escaso espacio del que dispone- soy un hombre ocupado y no me gusta que me hagan perder el tiempo. Así que iré directo al grano.

Se detiene junto a ti, a escasos centímetros de tu cara antes de aguantarte la mirada con desafío y continuar.

– Sé quién eres. Has dejado un rastro demasiado fácil de seguir como para no haberte encontrado…

A medida que habla, sientes cómo la mano de la mujer se mete entre las sábanas, apoyándose en el vendaje.

– Así que, ahora que por fin nos vemos las caras, al fin, podremos negociar. Tienes dos opciones- recalca el número estirando dos dedos delgados y afilados ante tu cara-. Accedes a colaborar conmigo y los hombres a los que represento o…

Antes de que puedas decir nada, sientes que la pausa tras el o es un eufemismo ante lo que está por pasarte. Y para recalcar esto último, la mujer te aprieta con fuerza la herida. Algo en la piel se abre como si acabaran de acuchillarte y sientes la sangre caliente correr por tu muslo.

– … tengo mis métodos de hacer que acabes colaborando conmigo y mis socios. Piénsalo bien. Necesito una respuesta y cuanto antes.

Dicho esto, chasquea los dedos y la presión en tu pierna disminuye. No puedes evitar un grito de dolor. Los tres salen de la habitación, dejándote sola y sangrando. Cierras los ojos, conteniendo las lágrimas. Tu vida vuelve a basarse en elegir. Dos opciones. Dos alternativas. Cara o cruz. Vida o muerte. Acceder a colaborar sin saber a qué te expones. O negarte en redondo y sufrir un dolor inhumano, hasta que en un acto de misericordia te ajusticien como a una vaca con una pata rota.

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