La cabeza te zumba y te cuesta respirar. Cierras los ojos, tratando de hacer balance de las últimas horas. Las mismas que llevas sangrando por más vueltas que le das al torniquete que te ha tocado improvisar antes de seguir con la huida desesperada en la que parece haberse convertido tu vida. Huida, piensas. Lo malo que tienen, es que antes o después terminan. Y como para dar más fuerza a lo que pasa por tu cabeza, una punzada de dolor te hace sofocar un grito mordiéndote la mano que no tienes apoyada en el volante.

Ahí estáis de nuevo. Tú y él. Cincuenta metros de distancia. Dos armas apuntando al aire que os separa. Dos fogonazos separados por décimas de segundo. A veces, el ver un nuevo día de ser pasto de gusanos no es más que eso. Un pestañeo. Un suspiro… Nada. Sólo el azar haciendo que una bala reviente un cráneo, arrastrando a su paso masa encefálica, una vida y los secretos que guarda. Mientras que otra sólo atraviese la carne, haciendo un estropicio que en condiciones normales te habrían hecho pasar por el quirófano y una temporada más o menos larga en el hospital. Pero claro, tus condiciones actuales no es que sean muy normales. De ahí que todo se haya limitado a registrar un cuerpo aún caliente, vaciar bolsillos y vuelta a la habitación dejando un reguero de sangre fresca en la ventana. Una ducha rápida, una primera evaluación de daños, un vendaje improvisado y hora de salir de allí para no volver. Si los ojos vidriosos que te miraban desde el suelo habían logrado dar contigo, era cuestión de tiempo que los que de verdad pueden traerte problemas lo hagan.

De vuelta al presente.

Nueva vuelta a la rama que abraza el trozo de sábana que rodea tu muslo. Un cuajaron del color del carmín destinado a una de tus noches locas de caza de incautos cae a lo largo de tu pierna. Ahogas un grito mordiéndote apretando los dientes. Si el cabrón que has quitado de en medio no ha dejado sus costumbres, debe tener algo en el coche. Con los ojos llenos de lágrimas, abres la guantera y buscas a tientas. Palpas balas sueltas. Su tacto frío y metálico le susurra a tus dedos que tal vez, la mejor solución es dejar de sufrir. Cargar el arma. Abrir la boca. Apoyar el cañón en tu garganta, sofocar las arcadas y apretar el gatillo. Pumb y todo sería paz…

Evitas la tentación, aunque te cuesta. Tu lectura en Braille te habla de las cachas de madera de una navaja y una superficie de vidrio. Separas la frente del volante y miras. Dos hipodérmicas, un frasco con un líquido incoloro que bien puede ser agua destilada como gasolina, pero no estás para pensar en ello. Una cucharilla, un mechero y un paquete lleno de un polvo marronáceo. Por experiencia sabes que la buena mierda es blanca. Cuanto más se separe de ese color hay demasiados camellos cortándola de por medio o un químico con pocas ganas de hacer su trabajo, dejando en el camino impurezas que pueden ser más letales que el caballo al que acompañan. Esbozas una sonrisa y te lanzas a la aventura. Conducir desde el motel hasta el camino de tierra comido por las malas hierbas en el que estás, ha sido un suplicio. Necesitas algo que te baje el pulso y la tensión, te haga descansar por unas horas y que el diablo se encargue de jugar a los dados con tu destino.

Vuelves a apretar el cilicio improvisado de tu pierna, justo por encima del agujero de bala. Sientes un escalofrío recorriendo tu espalda a medida que la tela se clava en tu muslo, chorreando sangre. No sabes cuántos litros puede haber en el cuerpo humano, pero algo, llamémoslo intuición femenina o miedo, te dice que estás cerca de quedarte en la reserva. Sientes los dedos entumecidos. Abres y cierras las manos, esforzándote en que el cansancio no se adueñe de ti antes de tiempo. Con pulso tembloroso mezclas el polvo y el agua en la cucharrila antes de calentarla con el mechero. Sabes que te falta algo ácido para que la cosa funcione según lo que recuerdas de tu pasado y cualquier mierda que pueda hacer de filtro improvisado para no llenarte las venas de yeso y demás engordantes, pero no tienes tiempo para ello. El líquido se come al polvo y el resto es coser y pinchar. Llenar la jeringuilla. Cerrar el puño, presionarse el brazo y buscarse una vena. Vomitarte en el regazo, con el consecuente escozor en la herida mientras la voz de tu madre acude a tu recuerdo mientras te desinfectaba una rodilla despellejada con su consabido ya sé que escuece, cariño. Eso es porque se está desinfectando, antes de secarte las lágrimas y arte un beso en la frente. Una mueca parecida a una sonrisa pasa por tu cara, compartiendo espacio y tiempo con una euforia más potente que la del mejor orgasmo que hayas tenido en años, y después, todo a tu alrededor se vuelve difuso, como si miraras a través de una ventana en un día de lluvia, hasta que el negro lo inunda todo.

Algo presionándote la sien derecha te hace volver a la realidad. Pestañeas sin poder enfocar lo que ves. Además de a vómito, el coche huele a tabaco negro y sudor. Tu cuerpo aletargado pelea por salir del sopor y huir, pero todo queda en el intento. El cañón del revólver sigue ahí, apoyado en tu cabeza. Al otro lado, un tipo con pasamontañas grita algo que no oyes. Para hacerse entender mejor, aprieta con más fuerza mientras sigue hablando. Te pregunta que qué coño haces allí y quién eres. Balbuceas algo que ni tú misma entiendes. La paciencia no parece ser una de sus virtudes, más aún cuando baja del vehículo y abre la puerta del conductor. Te observa como si fueras un animal herido en mitad de la carretera y dudara entre ahorrarte el sufrimiento o dejar que la muerte venga a recogerte cuando mejor le venga. Se encoge de hombros y te saca tirándote del pelo. Intentas chillar y forcejear, pero todo se queda en gorgoritos y una nueva explosión onírica cuando caes al suelo. La diacetilmorfina, heroína para los amigos y conocidos, hace que el golpe no duela. Más bien lo contrario, sientes como si cayeras sobre un colchón esponjoso. La hierba húmeda acaricia tu herida sin que experimentes nada más allá de un leve cosquilleo cuando empieza a arrastrarte por el suelo, hacia unos árboles que marcan el nacimiento de un bosque.

Tu acompañante de cuando en cuando resopla, pero no ceja en su empeño. No sabes qué va a ser de ti, ni tampoco estás para pensarlo. Lo único que ves es cómo el coche en el que has llegado parece alejarse de vosotros al mismo tiempo que una luz de alarma en tu cabeza pelea por encenderse, pero no pasa de un simple parpadeo como una bombilla mal ajustada al casquillo. Cierras los ojos, dejándote llevar hacia un destino incierto en el que el tipo del pasamontañas parece jugar un papel decisivo.

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Ignacio Barroso
Químico por formación y escritor por vocación. Adicto al café solo y sin azúcar, al insomnio, la novela negra y los personajes de gabardina, camisa negra y corbata blanca. Escribo para escapar del día a día, o más bien por necesidad. Siempre hay algo que contar y darle a la tecla la principal herramienta para ello.

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