Esto de escribir, o en su defecto contar algo, se resume en algo sencillo. El que está delante del ordenador se lo curra, o lo intenta. Busca algún insensato que se lo publique, o recurre a la autoedición soñando con pegar el petardazo editorial y mirar a los editores por encima del hombro como diciendo este tren sólo pasa una vez. La gente lo lee y opina. Ahí se cierra el círculo.
Pero desde The Citizen, vamos a hacer algo distinto. Un experimento literario en el que el lector tiene voz y voto, contribuyendo de manera activa en la creación de la historia según ésta va surgiendo.
¿Cómo?
Sencillo. La aventura arranca en el siguiente párrafo. El final queda abierto. Hay dos opciones a elegir. Twitter hace su magia, y la más votada es la que va a marcar el hilo argumental del siguiente capítulo. ¿Te apuntas? Vamos a ello…

 

La escena parece sacada de un decorado de Hollywood. Juegos de luces y sombras. Suelo de cemento, una ventana con barrotes cegada con tablones que resultan incapaces de ocultar los rayos que recorren el horizonte al otro lado de la calle. Cañerías chirriando y una bombilla vomitando una claridad mortecina. Debajo, una silla de metal. Sobre ella, un hombre atado con alambre y tres picos de morfina tirados a sus pies. En el aire flota el aroma dulzón de tu perfume. Hace unos minutos que has salido y la cosa no ha cambiado mucho cuando vuelves a entrar con un cigarrillo encendido. El carmín deja un cerco rojo en el filtro, como un preludio de la sangre que está por derramarse, cuando das una calada y te detienes junto a la puerta. El contraste de luminosidad hace de las suyas y te cuesta acostumbrarte a los claroscuros que te rodean. Parpadeas un par de veces y todo se sucede ante tus ojos como fotogramas de una película de bajo presupuesto.

Sonríes, quitándote la gabardina. Tu amigo, sigue a lo suyo, a seguir mecido en los brazos de Morfeo y por momentos temes que se te haya ido la mano y eso pueda acarrearte problemas. Eres una profesional en el negocio y los que te han contratado no verían con buena cara este tipo de deslices. Más aún cuando hay tantos verdes en juego y un alijo de caballo recién traído de Turquía que se ha volatilizado en un visto y no visto.

El repiqueteo de tus tacones retumba en las paredes comidas de salitre cuando te acercas a la silla. No eres enfermera, pero has visto morir a demasiada gente como para saber localizar constantes vitales. Su respiración es pausada, demasiado. Y el corazón le late con pesadez. La luz con la que cuentas tampoco es que sea la de un amanecer en las costas de California, pero sí es suficiente para revelar un tono azulado en las uñas y el vómito que le empapa la camisa y los pantalones, tampoco es que sean señales demasiado halagüeñas. Frunces el ceño y aprietas los puños. Como temías, se te ha ido un poco de las manos el tema de los preliminares a la hora de interrogarle.

De manera involuntaria, bajas la mirada y los trozos de tibia que asoman por la tela rota del traje confirman tu mal pronto. Joder, el plan era sencillo. Engatusarle, emborracharle y con la tontería de follarse a una femme fatale, llevártelo al almacén que la Organización tiene para estas cosas. Sólo eso.

«Hacerse pasar por una puta en un bar de moda en la Quinta Avenida es una cosa, y otra muy distinta tener que llevar el papel hasta el extremo contra tu voluntad…»

Con lo que no contabas es que el objetivo en cuestión iba a ser tan sobón. Y claro, una tiene un límite. Hacerse pasar por una puta en un bar de moda en la Quinta Avenida es una cosa, y otra muy distinta tener que llevar el papel hasta el extremo contra tu voluntad…

El tiempo apremia y tampoco están las cosas como para ponerse a recordar a los angelitos que ahora duermen en el fondo del Hudson y pasaron por tu cama. Necesitas encontrar un remedio rápido para que ese cabrón vuelva a tener un color más compatible con la vida, y no acabéis compartiendo los mismos zapatos de cemento.

Rebuscas en el bolso y tu salvación aparece entre el lápiz de labios, varias balas y un 38 de cañón corto: una ampolla de vidrio ambarino. Dentro, un líquido se mueve rompiendo contra las paredes que lo encierran como olas en un acantilado. Golpeas el cristal con una uña pintada de rojo. Clic. Clic. Resoplas y coges una hipodérmica del suelo. No tienes la certeza de que no sea peor el remedio que la enfermedad, pero no hay otra. Cuando la pillaste, te dijeron que era una cocaína muy pura y potente. Ahora, en cambio, se te antoja como un clavo ardiendo al que agarrarse y que sea lo que tenga que ser.

Poco a poco parece volver en sí. Una decena de colillas a tu alrededor dan cuenta de la espera y los nervios que te carcomen por dentro. Poco te importa que sentada en el suelo como estás enseñes el liguero de encaje ni que la grava del suelo este matando a carreras tus medias de seda. Tienes el cuerpo bañado en sudor y el sostén se te trasparenta a través de la blusa. Un mechón de pelo te cae sobre el hombro, confiriéndote un aspecto salvaje y seductor. Cierras los ojos, pasándote una mano temblorosa por los párpados. En la calle, el sonido de un vehículo derrapando sobre el asfalto empapado te sobresalta, haciéndote mirar el reloj aterrada. Aún no es media noche, la hora de las brujas en la que tus jefes te dijeron que se pasarían para recibir novedades. Contienes la respiración con los músculos tensos mientras miras a tu alrededor como un animal que acabara de oler la presencia de un depredador cerca.

«Tienes el cuerpo bañado en sudor y el sostén se te trasparenta a través de la blusa. Un mechón de pelo te cae sobre el hombro, confiriéndote un aspecto salvaje y seductor»

El tiempo pasa. Falsa alarma. El de la silla emite algún gorgorito que podría asemejarse al delirio de un deficiente mental tratando de comunicarse. Te pones en pie con pesadez. Tiene los ojos abiertos como platos y las pupilas perdidas en un horizonte que sólo él parece ver. Empieza a hacer algo que en otras circunstancias podría desembocar en convulsiones, pero que dado su estado no deja de ser algo que arranca un sonido desagradable cada vez que el alambre roza el hueso donde la carne ha cedido a la presión. La imagen de un tenedor deslizándose sobre un plato de porcelana acude a tu memoria y una mueca de crispación sacude tu cara.

Tan pronto como han aparecido los movimientos, desaparecen dejando en su lugar un charco de orina humeante. Le miras con algo parecido a la lástima. Parece enfocarte y los gorgoritos vuelven a hacer acto de presencia. Sintiendo el frío del cemento en la planta de los pies, te acercas a él temerosa de pisar lo que su cuerpo acaba de expulsar. Otro mechón de pelo te cae por la frente al inclinarte. Tus manos apoyadas en sus antebrazos y su aliento fétido acariciándote la mejilla. Contienes la náusea, obligándote a no respirar. Dos sílabas escapan de su boca entreabierta. «Co-hen». «Co-hen».

Te alejas, pero él sigue repitiéndolas con determinación, entremezcladas con el río de baba que le escapa por la comisura de la boca. Con pulso tembloroso te enciendes otro cigarrillo. El aroma a gasolina que escapa del encendedor te abraza, haciéndote sentir protegida por unos segundos. Acaricias el relieve del grabado, tratando de aclararte las ideas. Si Cohen y su gente han venido desde la costa oeste hasta Nueva York, la cosa se puede complicar demasiado…

Pero tienes pocas alternativas. Tu trabajo es el que es. Llegar a aquellos tipos a los que los matones de nudillos encallecidos y más músculo que seso no pueden llegar. El mundo del hampa ha dejado las calles y ahora parece funcionar más en despachos y gabinetes de abogados. Sólo alguien como tú podría haber dado con el hombre que se ganaba el pan como contable aficionado a las cuentas ocultas y la ingeniería financiera, y eso hiciste. Un encuentro casual en la calle… Una bolsa llena de ropa que se caía al chocar los dos… Lencería fina, que no hacía falta ser un experto en moda para saber que no habías comprado en los grandes almacenes de los que salías, tendida en el suelo de la Gran Manzana… Tú, ruborizándote… Él, ofreciendo su ayuda…

«Tus manos apoyadas en sus antebrazos y su aliento fétido acariciándote la mejilla. Contienes la náusea, obligándote a no respirar. Dos sílabas escapan de su boca entreabierta. «Co-hen». «Co-hen»»

Todo iba sobre ruedas hasta este momento. Primero el dejarle medio seco a golpe de morfina después de partirle varios huesos a martillazos.. Y ahora esto. Mickey Cohen y sus secuaces metidos en el vuelco de la heroína volatilizada…

Sacas una petaca lacada en púrpura del bolsillo interior del bolso y la apuras de un trago. El bourbon te abrasa por dentro, matando tus nervios entre vapores ácidos. Das una nueva calada y entre el humo que te rodea, una pregunta acude a ti como una revelación bíblica «y ahora, ¿qué puedes hacer para salir de esta, muchacha?».

Expulsas el humo con una certeza golpeando tus sienes: el de la silla, debe morir. En tus negocios no está bien dejar demasiados hilos sueltos de los que los chavales de Edgar J. Hoover puedan tirar, ni mucho menos permitir que un lengua salga de un almacén con el cuerpo hecho serrín y un matasanos le recete una estancia larga en el hospital con demasiado tiempo para pensar cómo devolverte los favores prestados.

Lo que no tienes tan claro, es qué hacer.

Salir de allí para contarle a los que te contrataron lo que sabes…

O…

Poner tierra de por medio y tratar de salvar el pescuezo…

 

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