Chesil Beach

Ian McEwan

Anagrama, 2008

184 páginas

 

El próximo viernes 15 de junio se estrena la adaptación cinematográfica de Chesil Beach. Y antes de que este clásico pase a ostentar el manoseado subtítulo de «libro en el que se basa la película», voy a convenceros de las bondades de su lectura.

Ian McEwan es un autor con una producción irregular —bien por los apremios del mercado editorial o por una relación turbulenta con las musas—, lo que no significa que algunas de sus obras no sean grandísimos aciertos; y acierta cuando logra el equilibrio entre su gran dominio de lo narrativo con el hecho de ser un juguetón. Porque Ian McEwan juega en todas sus novelas a superar retos técnicos que él mismo se plantea. Unas veces sale bien: «vamos a experimentar con diferentes puntos de vista» y escribe la maravillosa Expiación; y otras, no tanto: «vamos a experimentar con un narrador imposible» y perpetra Cáscara de nuez. Pero jugar es arriesgar y que un autor como él arriesgue su prestigio en pos de fórmulas nuevas y originales me parece digno de mención. Y a todo esto: ¿A qué jugaba Ian McEwan cuando escribió Chesil Beach?

La novela transcurre alrededor de un hecho puntual: la noche de bodas de Florence y Edward. Pero lo que así explicado parece no tener demasiado recorrido desde un punto de vista literario, más allá del morbo fácil, no es más que una sofisticada trampa con apariencia de cotidianidad. Un narrador externo (omnisciente) abre la narración con los dos protagonistas cenando en la coqueta suite nupcial de un hotelito junto al mar (Chesil Beach). Parece idílico pero no lo es: el lenguaje, el tono frío e intervencionista del narrador editorial y la composición de la escena transpiran tensión determinando así el rumbo que va a tomar la historia. La primera frase ya nos pone sobre aviso:  

«Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil»

Ese narrador externo se irá alternando con otro interno (focalizado), más cálido y cercano que desvelará poco a poco el sentir íntimo tanto de Florence como de Edward. Ese narrador nos hace partícipes de los miedos, inquietudes y anhelos de los protagonistas hasta el punto de llegar a conocerlos mejor que nadie y a empatizar con sus diferentes causas. Y como resultado de esta alternancia de planos, cuya impecable transición nos pasa prácticamente inadvertida, adquirimos la posición privilegiada y absolutamente incómoda del que observa a dos corderos camino del matadero. Y aquí es donde reside la grandeza de la literatura, más allá de la sofisticación de los artefactos técnicos.

Ian McEwan explota con maestría esa famosa máxima para escritores que reza: no lo digas, muéstralo. Y a partir de los gestos y las acciones más sutiles logra mostrarnos unos personajes de carne y hueso con unos conflictos internos que contribuyen rabiosamente al drama que se les avecina. Edward, con su complejo de clase, y Florence con su conflicto físico/psicológico. Incluso cuando el autor nos abandona intencionadamente, en la indefinición de algunas cuestiones espinosas, comprendemos la relación causa-efecto de los hechos y como sufridos lectores somos capaces de entender ambas posturas, con independencia de que nos decantemos hacia un lado u otro.

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