Chesil Beach
Ian McEwan
Anagrama, 2008
184 páginas

 

El próximo viernes 29 de junio se estrena la adaptación cinematográfica de Chesil Beach. Y antes de que este clásico pase a ostentar el manoseado subtítulo de «libro en el que se basa la película», voy a convenceros de las bondades de su lectura.

Ian McEwan es un autor con una producción irregular —bien por los apremios del mercado editorial o por una relación turbulenta con las musas—, lo que no significa que algunas de sus obras no sean grandísimos aciertos; y acierta cuando logra el equilibrio entre su gran dominio de lo narrativo con el hecho de ser un juguetón. Porque Ian McEwan juega en todas sus novelas a superar retos técnicos que él mismo se plantea. Unas veces sale bien: «vamos a experimentar con diferentes puntos de vista» y escribe la maravillosa Expiación; y otras, no tanto: «vamos a experimentar con un narrador imposible» y perpetra Cáscara de nuez. Pero jugar es arriesgar y que un autor como él arriesgue su prestigio en pos de fórmulas nuevas y originales me parece digno de mención. Y a todo esto: ¿A qué jugaba Ian McEwan cuando escribió Chesil Beach?

La novela transcurre alrededor de un hecho puntual: la noche de bodas de Florence y Edward. Pero lo que así explicado parece no tener demasiado recorrido desde un punto de vista literario, más allá del morbo fácil, no es más que una sofisticada trampa con apariencia de cotidianidad. Un narrador externo (omnisciente) abre la narración con los dos protagonistas cenando en la coqueta suite nupcial de un hotelito junto al mar (Chesil Beach). Parece idílico pero no lo es: el lenguaje, el tono frío e intervencionista del narrador editorial y la composición de la escena transpiran tensión determinando así el rumbo que va a tomar la historia. La primera frase ya nos pone sobre aviso:

«Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil»

Ese narrador externo se irá alternando con otro interno (focalizado), más cálido y cercano que desvelará poco a poco el sentir íntimo tanto de Florence como de Edward. Ese narrador nos hace partícipes de los miedos, inquietudes y anhelos de los protagonistas hasta el punto de llegar a conocerlos mejor que nadie y a empatizar con sus diferentes causas. Y como resultado de esta alternancia de planos, cuya impecable transición nos pasa prácticamente inadvertida, adquirimos la posición privilegiada y absolutamente incómoda del que observa a dos corderos camino del matadero. Y aquí es donde reside la grandeza de la literatura, más allá de la sofisticación de los artefactos técnicos.

Ian McEwan explota con maestría esa famosa máxima para escritores que reza: no lo digas, muéstralo. Y a partir de los gestos y las acciones más sutiles logra mostrarnos unos personajes de carne y hueso con unos conflictos internos que contribuyen rabiosamente al drama que se les avecina. Edward, con su complejo de clase, y Florence con su conflicto físico/psicológico. Incluso cuando el autor nos abandona intencionadamente, en la indefinición de algunas cuestiones espinosas, comprendemos la relación causa-efecto de los hechos y como sufridos lectores somos capaces de entender ambas posturas, con independencia de que nos decantemos hacia un lado u otro.

Tampoco es azarosa la elección del contexto histórico y social —Inglaterra a principios de los sesenta, justo antes de la revolución sexual— que resulta clave en esta historia por razones obvias y también porque el matrimonio, para parejas como Florence y Edward, era el único modo de adquirir el estatus de adultos y poder huir del yugo parental.

Hay que añadir que el uso del tiempo en la novela juega un papel estratégico para el desarrollo del conflicto. Por más que la acción presente se reduzca a la noche de bodas —desde que empieza la cena hasta la madrugada—, de las ciento setenta páginas que se le dedican, la mayoría se destina a los numerosos flash-back con los que vamos conociendo la psicología y las motivaciones de los personajes así como el germen de su relación. Y de algún modo, el peso del bagaje emocional y del mundo interior de los protagonistas será lo que decante la balanza de su relación más allá de los hechos concretos de esa fatídica noche en el momento del clímax narrativo. Un clímax que funciona a la perfección, con unas emociones que nos llegan en estado puro, y que responde con rotundidad a la pregunta que se abre al principio de la novela: «¿Qué va a pasar con esta pareja?». Sin embargo, que Chesil Beach no sería tan redonda de no ser por las diez últimas páginas posteriores. Diez páginas en las que seguimos la vida de uno de los protagonistas hasta su vejez y podemos conocer la relectura que, desde la senectud, hace de ese episodio de su vida; diez páginas cargadas de sabiduría, madurez e incluso ternura. En relación a lo que comentaba sobre la estrategia temporal: ciento setenta páginas para una noche de bodas y diez para forjar toda una vida adulta; el autor adapta con gran pericia el ritmo temporal a las necesidades del conflicto.

Y es por todas las observaciones que os he expuesto para animaros (y a riesgo de disuadiros) que el traslado de estos elementos narrativos, tan específicos y bien calibrados, al lenguaje cinematográfico me parece un gran reto y, en consecuencia, la adaptación de Chesil Beach para la gran pantalla —que no pienso perderme— tanto puede resultar una genialidad como un despropósito. No puedo saberlo; lo que sí sé es que internarse en las páginas de esta novela es una delicia y disfrute para aquellos lectores dispuestos a ejercer una lectura consciente por lo que, teniendo en cuenta que son solo ciento ochenta páginas, no seáis vagos que aún estáis a tiempo de leerla antes del estreno.

Que aproveche.

 

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