Éste del cabello cano,
como la piel del armiño,
juntó su candor de niño
con su experiencia de anciano;
cuando se tiene en la mano
un libro de tal varón,
abeja es cada expresión
que, volando del papel,
deja en los labios la miel
y pica en el corazón.

 

A Campoamor

Rubén Darío

 

Una vez a los 15 me inventé que yo había escrito este poema. Casi nadie en mi entorno leía y una se podía permitir el lujo de ciertas ensoñaciones poéticas. Amaba ese poema. Cambiaba, fijaos qué cosas, la palabra libro por foto. Quizá lo vi mal escrito en una carpeta repleta de fotos y versos del instituto.

Adoraba y adoro este poema. Es sencillo y con ritmo. Yo no sé hablar de poesía, lo reconozco, pero me fascina el encubierto homenaje a la tercera edad. Con qué poquito, «juntó su candor de niño con su experiencia de anciano» nos hace esbozar una sonrisa pensando en nuestros abuelos.

«No sé vosotros, pero yo creo que nuestros yayos, los de hoy, los de ayer, han sido generaciones que han luchado demasiado por conseguir lo que nosotros disfrutamos»

No sé vosotros, pero yo creo que nuestros yayos, los de hoy, los de ayer, han sido generaciones que han luchado demasiado por conseguir lo que nosotros disfrutamos. Han trabajado duro. Han comido poco. Han llorado mucho. Han temido, han odiado a sus vecinos. Han gritado por la democracia. Se han ido. Han vuelto. Han cuidado de nosotros y, ya demasiado mayores, de nuestros hijos. Y todo lo han hecho sin una queja. Quizá un leve refunfuño.

¿Y qué les devolvemos? Les devolvemos el egoísmo de quien no sacrifica un fin de semana de vino y brasa con los amigos. La ingratitud del botellón o la peña de fiestas. La codicia de una Navidad con los míos.

No sé vosotros, pero yo veo las curvas covid y el número de muertos y recuerdo este poema. Recuerdo el candor de niño de mi abuelo cuando me daba pan con vino para merendar. Recuerdo los bollitos que la yaya me bajaba a la piscina cada tarde para merendar. Picaba en el corazón, mi abuela. Y no puedo evitar pensar, pese a que el número de muertos se ha convertido en una España juerguista en un número más, en los nietos de todos aquellos que nos faltan por la pandemia. Sin pan con vino. Sin bollitos…

No sé vosotros, pero yo no dejo de pregúntame el motivo por el que alguien prefiere un muerto a renunciar a una copa. Elige un enfermo en UCI a perderse su reunión familiar. Se salta desde su minipuesto de poder el orden de vacunación consciente de que alguien morirá antes que él. Prefiere, en definitiva, seguir a escondidas con una vida normal aún sabiendo que fallecen los del cabello cano.

«En muchos países, pero sobre todo en España, ahora son mayores quienes de jóvenes se sacrificaron para que hoy vivamos mejor. Y no nos han pedido nada a cambio»

En muchos países, pero sobre todo en España, ahora son mayores quienes de jóvenes se sacrificaron para que hoy vivamos mejor. Y no nos han pedido nada a cambio. Queda poco de descontrol pandémico, o eso quiero creer. Sacrifiquémonos por ellos, los de la piel del armiño, seis meses más. Dejemos que sus abejas se escapen del papel y piquen, de nuevo, en el corazón de nuestros hijos.

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