Ser un fantasma consiste básicamente en pasar desapercibido ante los del “otro lado”. Jamás concebí eso del “otro lado” porque nunca traspasé ningún umbral, tampoco recorrí el tópico túnel ni vi la película de mi vida, mucho menos me observé saliendo de mi propio cuerpo. Fue morir y, de pronto, sin interrupciones, seguir viviendo de otra manera en el mismo mundo que antes, pero rodeado, ahora sí, de más “como yo” y de otros que no eran “como yo”. Resulta curioso que a partir de ese momento los vivos fuesen –o fuésemos, porque acababa de integrarme en esa comunidad- aquellos que, cuando yo vivía, llamaba muertos aparecidos o fantasmas, mientras que a aquellos que yo consideraba los vivos antes de morirme ahora se convertían en los muertos, o en “los otros”, tal y como los llamábamos en mi nueva vida. Eso sí, vivos y muertos convivíamos en los mismos espacios, de tal forma que los papeles eran intercambiables…

Juan, don Juan para sus vecinos, no pudo seguir escribiendo más aquella noche del primero de noviembre. Le divertía escribir todos los años un texto satírico para burlarse de las creencias supersticiosas y de los miedos atávicos que dominaban a la gente tan pronto se acercaba la noche de los Fieles Difuntos, o en los últimos tiempos, y tras una degeneración consumista, la noche de Halloween. Él no creía en la otra vida, ni siquiera en ésta últimamente, por eso le apasionaban tanto aquellas historias de muertos y fantasmas, le provocaban una tierna compasión hacia sus congéneres. En el fondo le parecían ridículas y propias de almas cándidas, poco cultivadas.

Con ese ánimo, algo soberbio y pedante, emprendió la escritura del texto de aquella primera noche de noviembre, ese que no pudo seguir redactando porque sus dedos, de repente, no eran capaces de pulsar las teclas del ordenador. Era extraño, por más que lo intentaba no lograba teclear nada a pesar de que veía perfectamente sus manos y dedos moviéndose. Pensó en una apoplejía repentina, hipótesis que descartó cuando se puso en pie y fue hasta el cuarto de baño para verse en el espejo de cuerpo entero. Nada había cambiado, todo seguía igual. Así que lo achacó al cansancio tras haber entregado, fuera de plazo, como siempre, su última novela. Salió del cuarto de baño y se dejó caer en el butacón del salón para descansar un poco. Truco, su perro, se despertó y se acercó hasta él. Se quedó mirándolo un buen rato mientras movía el rabo, luego volvió a su cojín aún tibio para seguir durmiendo. El salón estaba a oscuras a esas horas de la noche. Al cabo de un tiempo vio a su mujer pasar delante de él y dirigirse hacia su despacho. No lo había visto allí sentado, él tampoco la llamó. Volvió a cerrar los ojos intentando conciliar el sueño. El grito estremecedor de su mujer rasgó el silencio plomizo de aquella noche del primero de noviembre.

El médico de la familia no tardó en llegar. Apareció disfrazado de vampiro. “Los dichosos caprichos de mis hijos, ya sabe”, se excusó ante la viuda. De esa guisa certificó el fallecimiento de Juan debido a un infarto fulminante. Su mujer lo halló sentado ante el ordenador con las dos manos apoyadas en el teclado. Sin embargo, el documento abierto en la pantalla estaba en blanco, solo le dio tiempo a poner nombre a ese archivo que iba a comenzar a escribir. Lo llamó No hay otro lado.

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Alejandro López
Periodista, articulista y proyecto en permanente construcción de escritor. Redactor jefe de la revista La Muy, de la que es cofundador. En su blog La Olivetti mellada vuelca todas sus filias y fobias. Sus méritos no van más allá de emborronar con tinta el papel en blanco o llenar de letras el procesador de texto de su portátil

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