A principios de marzo tendría que haber ido a Praga con mi familia. Mis padres deberían haber volado desde Barcelona; mi hermana, desde Londres; yo, desde Cracovia. Como vivimos tan lejos los unos de los otros, quisimos vernos los cuatro en un punto de encuentro intermedio. El año pasado habíamos ido a Atenas, inaugurando así una tradición de viajes familiares que preveíamos muy fructífera. Este año, por razones obvias, hemos tenido que interrumpir la joven tradición.

A la frustración del viaje abortado, se le sumó la pésima gestión de las aerolíneas durante los primeros momentos de la pandemia. Pero en vez de seguir cabreándome con su servicio de atención al cliente, ineficaz y sobrepasado de trabajo, o con sus absurdas condiciones para recuperar el dinero, me recordé que viajar en avión es un privilegio. Estamos demasiado acostumbrados a subirnos a una máquina de decenas de toneladas de peso que nos transporta a unos mil kilómetros por hora a través de la troposfera hasta nuestro destino, por lejano que sea, a menudo incluso encadenando un vuelo con otro. No es normal que este milagro tecnológico se repita miles y miles de veces cada día, tampoco es bueno para el medio ambiente. Pero la verdad es que ya antes del coronavirus ir en avión era un auténtico privilegio: mucha gente no volaba nunca o lo hacía raramente, mientras que quienes volaban con frecuencia, quienes solían viajar en avión, eran un grupo selecto.

Liberado de mi privilegio y de los dolores de cabeza que conlleva, me dediqué a hacer lo que haría cualquier turista antes de un viaje: buscar en internet información sobre el lugar de destino. Callejear por Praga en Google Maps no es lo mismo que en la realidad, sobre todo si ya has visitado la ciudad antes. Me metí en las webs del Museo Judío y del de Kafka, pero no ofrecían ninguna golosina virtual para el internauta confinado, a diferencia de otras instituciones culturales; descubrí la página de un Apple Museum, pero la «extraordinaria biografía de un visionario excepcional» no me impresionó, porque todas las historias de éxito son igual de excepcionales, y la «más valiosa y compleja colección de ordenadores Apple de 1976 a 2002» tampoco me llamó la atención. Por fin, cuando ya estaba a punto de intentar prepararme un guláš en casa, desistí de mi empeño de traer la montaña a Mahoma. Así fue como decidí hacer simplemente lo que haría yo antes de un viaje: leer algún libro y ver alguna serie ambientados en el lugar de destino.

Comencé con una novela que llevaba bastante tiempo en mi lista de próximas lecturas. Vida con estrella del checo Jiří Weil está protagonizada por Josef Roubíček, un hombre praguense que vive confinado, casi aislado del mundo, que tiene tantos problemas para hacer la compra que necesita planificar de antemano qué y dónde lo comprará, que lee los pocos libros de su casa muy poco a poco, para que le duren más tiempo, y que cada pocos días recibe una notificación en la que se le informa sobre nuevas normas de comportamiento, que siempre son nuevas restricciones. ¿Resulta familiar esta situación? En realidad la vida de Josef es muy diferente de la vida confinada que llevamos a causa de la epidemia. Es un judío atrapado en la Praga ocupada por los nazis, siempre a la espera de que lo llamen para subirse a un tren «hacia el Este», obligado mientras tanto a trabajar para sobrevivir, sometido a terribles humillaciones diarias. No, no es adecuado ni acertado comparar las vidas de los judíos bajo el terror nazi con nuestras vidas, por muchas restricciones que nos impongan los gobiernos.

La novela de Weil es una gran contribución a la literatura del Holocausto porque, además de describir la terrible existencia de los judíos en Praga, dignifica sus vidas. Vida con estrella humaniza a quienes tuvieron que llevar la estrella amarilla bordada sobre el corazón, sobre todo con las geniales pinceladas de humor negro que van aflorando en la lectura, pero también nos recuerda que no fueron meras víctimas pasivas de sus verdugos, pues el mismo Josef se acaba rebelando contra la existencia infrahumana y el destino que le imponen.

La vida del autor Jiří Weil durante el terrible Protectorado de Bohemia y Moravia fue parecida a la del personaje Josef Roubíček, ya que también era judío. Pudo trabajar en el Museo Judío de Praga, pero cuando le anunciaron que en breve tendría que subirse a un tren para ir a un campo de concentración, decidió arriesgarse. Dejó su cartera abandonada en un puente y una carta de despedida en su casa, y a continuación desapareció. La policía interpretó las señales como un suicidio, uno de tantos judíos que no había aguantado más aquel infierno y se había tirado al Moldava. En verdad Weil estaba vivo, bueno, estaba escondido, iba de casa en casa muerto de hambre, ocultándose en los sótanos o los armarios de los valientes que accedían a proteger a un ser humano. Negarse a obedecer la orden que lo llevaba al matadero fue un gesto radical, una acción propia de lo que Albert Camus denominó «un hombre rebelde»; pero sin la ayuda de la resistencia checa o de sus amigos o solidarios conciudadanos, quizás habría sido en vano.

Me gustaría saber en cuál de los puentes del Moldava abandonó Weil su cartera, dónde simuló su muerte con maestría de novelista, aunque jugándose de verdad la vida. Tampoco en Vida con estrella hay demasiadas referencias geográficas: la palabra «Praga» aparece muy poco en la novela, no se menciona jamás «Alemania» ni los «alemanes», no encontramos ni una vez el «Protectorado de Bohemia y Moravia» y en vez de «nazis» el narrador habla sobre «ellos», en cursiva. Esta elusividad recuerda a otro escritor checo ilustre, Franz Kafka, cuyas descripciones del Castillo de Praga esquivan adrede lo concreto, logrando que, paradójicamente, este edificio esté mucho más presente en sus páginas. Aunque los turistas no podemos peregrinar al lugar donde Weil puso en escena su muerte, sí podemos ir al lugar de trabajo del protagonista de Vida con Estrella: el Nuevo cementerio judío de Praga, en el que hace de jardinero. No sé si Weil estará enterrado allí, porque cuando estuve en el cementerio aún no lo conocía, por eso la tumba que quise ver fue la de Kafka; si alguna vez puedo volver a Praga, lo buscaré.

Otro lugar de la capital checa que sí recuerdo haber visitado con mis propios pies hace años es la Plaza de Wenceslao. Pero de ella apenas recuerdo su monumentalidad de larga avenida, los muchos edificios históricos que la rodean, una gran estatua de San Wenceslao a caballo, patrón de Chequia, y una cantidad ingente de turistas. Sin embargo, la serie Zarza ardiente, en checo Hořící keř, dirigida por la polaca Agnieszka Holland, me enseñó más y mejor la plaza, subrayando la importancia que tiene en la historia reciente del país.

Esta serie de HBO Europa empieza con la autoinmolación del estudiante Jan Palach en plena Plaza de Wenceslao: se quita la chaqueta, se echa encima dos cubos de material inflamable y se prende una cerilla. Su suicidio el 16 de enero de 1969 fue un acto político para protestar contra el final de la Primavera de Praga, las reformas democráticas que habían empezado un año antes en Checoslovaquia y que habían sido reprimidas unos meses después por las tropas soviéticas (y de otros países miembros del Pacto de Varsovia). La serie muestra el dolor de la familia Palach, pero también de las asociaciones de estudiantes y de la sociedad checoslovaca, comprometidas en la misma lucha por la libertad que el joven Jan. Quizás lo más interesante de Hořící keř sea el proceso judicial iniciado por la familia para limpiar el nombre de Jan Palach, acusado por las autoridades comunistas de ser un perturbado mental a sueldo del capitalismo occidental. En el juicio por injurias a la memoria del estudiante, se enfrentan dos versiones de la verdad: la verdad totalitaria, que se subordina a las necesidades del Estado, y la verdad de los hechos, los datos y las pruebas. Por mucho que la abogada defensora de los Palach demuestre una y otra vez la manipulación comunista, no tiene nada que hacer: el sistema está amañado. Por eso Hořící keř es un ejercicio de restauración de la verdad, o sea, de memoria histórica.

Avanzando por la Plaza Wenceslao a través de Google Maps, delante del Museo Nacional, se puede ver un monumento al que yo no debí de prestar mucha atención hace años, quizás porque está incrustado en el suelo. Se trata de una cruz de bronce, que recuerda el lugar donde Jan Palach cayó, pero también a Jan Zajích, otro estudiante que se autoinmoló en la misma plaza poco después. Es curioso que la República Checa, uno de los países menos religiosos del mundo, eligiera una cruz para recordar a sus mártires; pero el martirologio y la cruz no son propiedad exclusiva del cristianismo.

La última obra que me acompañó en mi no viaje a Praga fue un libro de crónicas sobre Chequia, Gottland, escrito por el polaco Mariusz Szczygieł, gran amante y conocedor del país. El periodista y escritor recorre la historia y la cultura checas del siglo XX con un estilo sencillo pero con ambición literaria, poniendo especial atención a las dos tragedias del siglo XX en Checoslovaquia (y en Europa del Este): las llegadas del nazismo y del comunismo. El primer reportaje, de un fragmentarismo que ha sido considerado cubista, cuenta la historia centenaria (y oscura) de la empresa Bata, pionera en la fabricación de zapatillas de lona y en la implantación del fordismo en Europa; este relato es una introducción fantástica a la Chequia moderna, puesto que recorre sus grandes hitos, desde la Primera Guerra Mundial y la independencia de Checoslovaquia hasta su escisión en dos países en 1993. Además, en Gottland encontramos pequeñas pero significativas historias de unas pocas páginas, una entrevista fallida a la sobrina de Kafka y las terribles biografías de escritores y artistas perseguidos y borrados por la censura comunista.

Si algún día puedo volver a ir a Praga, la veré con otros ojos y querré visitar algunos lugares acerca de los que he leído antes. Volveré a visitar el Metrónomo, un monumento de 23 metros de altura con forma de metrónomo, situado en la cima del monte Letná, que en su momento me pareció absurdo pero me ofreció unas vistas magníficas del río y la ciudad. Entonces sabré que en el mismo pedestal donde ahora hay un metrónomo gigante, símbolo de la lucha contra la injerencia soviética, antes había una escultura casi igual de gigante de Stalin seguido de unos cuantos camaradas. Se trataba del grupo de estatuas más grande de Europa, Stalin medía 15,5 metros de altura. Gracias al libro de Szczygieł también sabré que su arquitecto se suicidó algo después de la inauguración y que el monumento fue destruido algo después de la muerte de Stalin. En el audiobook en polaco de Gottland se puede ver una foto en blanco y negro del monumento desaparecido, observado por dos curiosos con traje y sombrero de la época. Esos dos tipos le dan la espalda a la cámara y a la vista de postal de Praga, prefieren mirar las estatuas. Me parece que representan una forma de viajar y de ver opuesta al turismo de masas, que solo ve y hace lo que le dicen que hay que ver y hacer. Y esta forma de viajar, esta forma de ver y de leer, también podemos practicarla sin salir de casa.

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