Paúl Valèry escribió: “Suena el viento: hay que vivir”. El buen lector entenderá enseguida la metáfora. Esto es, cuando nos arrastra la vida, cuando caemos en la starlette del desasosiego, el hombre, casi por obligación, debe seguir viviendo. No dejemos jamás que los viejos perros de siempre nos alejen de la felicidad.

Fiedrich Nietzsche escribió: “¡Mi felicidad debería legitimar la existencia¡”

Amo a Nietzsche. Siempre lo he amado. Porque sé que Nietzsche también me ama a mí.

En esta noche de viento y diciembre, cuando el silencio vuelve a tener 53 años, releo, siempre estoy releyendo, la llegada de Zaratustra. Fiedrich Nietzsche ha sido desde mi más temprana adolescencia el hallazgo de toda una ideología que continúo manteniendo entre la contradicción que me compone y esta única virtud que asumo como solo mía.

Cioran -otro nietzscheano- dijo: “Yo soy yo y mis contradicciones”. Ésta, amigos míos y amigas a las que amo más que a mis amigos, es la verdadera tentación de todo existir. Esta soledad de águila y sin nada. Este vacío tan lleno de mí solventa el caos que al momento alarga este vitalismo tan sacro de hidratación.

Crear. Siempre crear. Nietzsche me trae el aforismo que no es suyo, sino de mi maestro nada nietzscheano Cristóbal Serra, fallecido el 6 de septiembre de 2012, un año después de leer en tan solo dos días mi Tesis sobre su vida y obra. Serra i Simó escribió: “Aquel que busque la fama acabará siendo un infame”.

¡Ah¡, la infamia: ¡cuánta belleza colisiona en ella¡

Leed, os pido. Leed “Así Habló Zaratustra”. Leedlo sin compasión hacia vosotros mismos. Lo moderno en Nietzsche es su anarquismo revolucionario que únicamente él supo explicar, cual presagio, para que el mundo supiera que hoy sigue siendo siempre el mismo mundo de ayer y del que vendrá.

Profeta no. Creador. Jonás fue el antiprofeta -según Don Cristóbal S.- y Nietzsche el último hombre que bajó de las montañas para arremeter contra el positivismo, el arte burgués y ese fatídico racionalismo en que, atrapado por la espuma de las multitudes aglomeradas, acabó con lo que pudo ser -¡ah, qué pena que no lo fuera¡- la revolución romántica entendida en sus principios elementales.

Yo fui romántico. Pero desconfío de los que no saben leer o no tienen ni idea de lo que pudo ser el Romanticismo como Hermandad del Yo.

Yo soy yo, pero no soy yo, sino el que busco y al que siempre suelo hallar cuando desciendo de las altas colinas de Sils Maria. Nietzsche no tiene oposición filosófica cuando la anuda a su pulsión creativa. Nadie hasta ahora ha escrito el pensamiento desde el lirismo como el sifilítico amigo/enemigo de Wagner que fue Federico Nietzsche.

Nietzsche amaba a quien era libre de corazón. Nietzsche amaba a todo aquel que fuera capaz de desprenderse de su alma hasta lograr olvidarse de sí mismo. Nietzsche amaba a los que creían en el relámpago como hacedor del hombre más allá del hombre. Federico N. fue cuerpo y mente. Y nada más. Estas son sus palabras: “Mi yo me ha enseñado un nuevo orgullo, yo lo comunico a los hombres: ¡Que no escondan ya más la cabeza en la arena de las cosas celestes, sino que la yergan orgullosamente; una cabeza terrestre que cree el sentido de la tierra¡ Yo enseño a los hombres una voluntad nueva: seguir voluntariamente el camino que los hombres han seguido ciegamente, aceptar este camino y no resbalar fuera como los enfermos y los decrépitos. Enfermos y decrépitos fueron los que despreciaron el cuerpo y la tierra, quienes inventaron las cosas celestes y las gotas de sangre redentora…”

Nietzsche y el desprecio.

Su desprecio hacia las Sociedades Criminales, las cuales, por avaricia o esa vulgar ambición tan vaporosa, jamás pensaron que debe ser inevitable una transformación radical del antiguo orden, de la santidad ágrafa, de la fe como arma cobarde ante la pronta muerte, es también mi desprecio.

Nietzsche y yo unidos en el desprecio hacia aquellos que nos desprecian.

¡Ah¡, leo, leo, releo: “El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre; una cuerda tendida sobre el abismo”.

¡Ah¡, leo, leo, releo: “La grandeza del hombre está en ser un puente y no un fin, pues lo que hay en él digno de ser amado es el ser tránsito y un crepúsculo.»

Pero los orgullosos que Nietzsche anuncia y denuncia en sus “Las Tres Metamorfosis” continúan riéndose de quienes no deseamos poseer todas las virtudes. Basta con una. ¿Para qué más? El relámpago. El relámpago.

Y esta confusión del nuevo nazismo.

Yo estoy en mi voz. La voz de mi cuerpo curado.

Yo estoy harto de estar harto.

Sin embargo, continúo asumiendo mi cartera de Juez Rojo a la hora de impartir serenidad entre todos los que continúan escribiendo poemas de amor en este mismo minuto en que esto escribo.

Sobre todo, absuelvo por falta de pruebas en sus delitos a esta Nueva Generación de mujeres olvidadas antaño, pero que hoy son embriones que están pariendo este inmenso poder revolucionario.

Siempre he dicho que el tan criticado por ciertas élites desinformadas nombrado como Feminismo debería ampliarse raudo y veloz como la gacela de “El Cantar de los Cantares” y de manera obsesiva como El Actual Devenir de Toda Doctrina Revolucionaria.

Zaratustra hace sonar su trompeta como santo ladrón para ser escuchada en la lejanía de tantas cercanías que compone esta selva alucinada que hoy continúa siendo esta Aldea Global.

Y así se volverá a iniciar el descenso de Zaratustra. ¿…?

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