Cuando vi por primera vez, allá por el 95, la película de Michael Radford, “Il postino”, me di cuenta de todo lo que había que celebrar sobre Pablo Neruda. Exiliado en una vieja isla italiana, un cartero, Mario –Massimo Troisi- le lleva la correspondencia a un Neruda triste y metafórico que en seguida se da cuenta de la intensa poesía que condensaba aquel humilde lugareño, quien tiraba sus tristes redes sobre el mar que Philippe Noiret –Neruda- observaba como una gigantea que sonaba a experimento y a una vanguardia que ya se había iniciado en 1924 con los poemas de amor y la canción desesperada.

Para mí Neruda es una residencia en un tiempo que cruzó todo el siglo XX desde los retratos de Oswaldo Guayasamín y su relación con la generación del 27. Neruda es un 27 chileno, caballo verde para la poesía, manta mojada por una guerra civil que vio, que padeció y que le hizo todavía más español. Porque podemos considerar a Neruda ya no como un iberoamericano, sino solamente como un íbero, por mucho que se me enfaden ahora los latinos. ¿Por qué? Lo intentaré explicar: porque pronto se dio cuenta que Parral le tenía que cambiar ese Neftalí Reyes Basoalto por el checo Jan Neruda, para que su padre no le pillase con los versos en la mano, porque fue en España donde se apretó las cuencas de la poesía y donde verdaderamente mantuvo una relación entre un hondero entusiasta y ajeno a todo hispanoamericanismo. “Mi infancia son zapatos mojados, troncos rotos / caídos en la selva, devorados por lianas / y escarabajos, dulces días sobre la avena, / y la barba dorada de mi padre saliendo / hacia la majestad de los ferrocarriles”. Estos versos, según mi opinión para estos domingos madrileños y contrapolíticos, podían escribirse hoy mismo por un poeta digamos extremeño o asturiano, que es adonde no llegan todavía los ferrocarriles/AVE de los padres putativos del BOE. Es decir, que hoy Neruda es un abuelillo de esta generación de este nuevo 15M de jubilatas, feministas y demás corresponsales de esta guerra, o mejor, farra civil española a la que asistimos con “los zapatos mojados” o “la barba dorada”, incluso con la poesía de embajadurías de tantos manifiestos y contramanifiestos de esta intelectualidad rota tanto por las izquierdas españolas como por la derechización -mojama ya en Rajoy y sus momias- de los Ciudadanos de Manolito Valls en Barna.

Es cierto que Neruda amaba a Chile, por eso se fue a morir allí, pero su profunda y carismática visión del tiempo y todo el dolor que le rebrotaba entre las manos se deben a Madrid sobre todo y a un espacio en donde vivió, conoció, asimiló y dedujo como propio. España es a Neruda lo que Grecia a Lord Byron, su independencia, su politización, su cicatriz, su huida de los amores perversos de Josie Bliss, amante que lo perseguía por Rangún con un cuchillo en la mano. Y es aquí donde vuelvo a detenerme para impartir esta pregunta insolente: ¿Sigue siendo España un Estado, país, nación, región, caserío, covichuela o lo que sea en donde pueden más las amantes que los que se dejan amar?

Neruda es un descenso a los infiernos, sobre todo en Rangún, cuando Alberti tiene que enviarle un diccionario para poder vislumbrar palabras españolas, pues desconoce el lenguaje de Birmania y además se encuentra acosado por la obsesión de Josie Bliss. Es allí donde comienza su “Residencia en la tierra”, poemario surrealista donde se cansa de ser hombre, donde le perturba el olor de las peluquerías, donde pediría que fuera trasladado a Ceilán, el terrible amor, alrededor, de infinito modo, el espacio hierve y se puebla. Y vuelve la pregunta actual: ¿Quién tras este 2 de mayo de 2018 sería capaz de escribir la segunda parte de “Residencia en la tierra”? Yo tengo un nombre, pero me lo callo.

Y es, tras su regreso a España, cuando Neruda le dice a Lorca: “¡Para¡ ¡No sigas leyendo, no sigas, que me influencias¡”. Neruda escribiría una “Oda a Federico García Lorca”. En Buenos Aires los dos habían compuesto un cuaderno a medias. En Madrid asumió una suerte de presidencia honoraria de aquella generación española, tan adicta a las vanguardias, pero también al tradicionalismo, al juanramonismo, a Paul Valèry, a la obra escrita desde la pureza. Pero Neruda convocó el surrealismo y cada vez más su hermetismo se hacía probar en poemas como “Walking around”, en “El reloj caído en el mar”, en “No hay olvido”, poemas del 27 del que nunca supo deshacerse, pues el españolismo nerudiano tiene mucho de II República y de un exilio a Francia donde ayudaba a los republicanos a marchar a México, a Latinoamérica. Neruda es el río Mapocho, el canto general, los países por donde va viviendo, Celia del Corral, miembro del partido comunista, “la luz vino a pesar de los puñales”, China e Italia y “los versos del capitán”. Pero ahora, siglo XXI, hay alguna ladilla por ahí que le saca a Neruda unos datos biográficos como para maljoderlo o como para indagar sobre que no fue buen padre, buen marido, buen vasallo y buen caballero cristiano, vamos, como si a Neruda se le quisiera ahora renovar desde la hagiografía de un nuevo falso Cid campeador. Hostias, con las neobiografías. Lo que cuenta es la obra, que cada uno tenemos nuestro pasado. Quiero decir que cada uno es libre de  reescribir la Historia, pero no a toda velocidad, a todo grunge, como si Courtney Love volviera a ser noticia tras la muerte de Kurt Cobain.

Yo sigo: Neruda conoce a Matilde Urrutia y su anuncia en “El barco”: “Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo / por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?” Neruda homenajea a Fidel Castro y su marxismo se pone vestidos de señorita, con sortijas entre los versos y tocando tierra y lodo, piedra y espuma. Pablo Neruda merece ser el capitán de navío de la poesía moderna española, porque para eso era gordo y recitaba como si se le cayesen las palabras entre el barro, entre la guerra, entre el “Memorial de Isla Negra”. Neruda confiesa que ha vivido, pero en Chile está Allende y allí traslada sus versos españoles con Matilde, en una isla negra donde el cáncer empezaría a avanzar cuando el golpe de Estado de Augusto Pinochet. Su enfermedad chilena le alcanza la memoria, aquel tiempo de España en que asumió su Madrid bombardeado como una conquista de las furias y los movimientos nacionales.

Por eso creo que en la literatura nerudiana su españolismo se nota al primer mensaje de cada palabra, dentro de los valles por donde anduvo, el Museo del Prado desmantelado, los versos oscuros, como él mismo, entre tanta miseria y tanto dolor en los costados. Neruda llora y salta y se sacude las risas que no puede ver y escribe en las revistas donde los caballos verdes no son puros, sino caballos celebrantes de una vanguardia que él asumió como una forma de enfrentarse a las hojas muertas de otoño. Neruda es el escritor que escribe cuando habla, como Lorca, por eso es visitador de noches donde el alcohol lo acompaña y donde los poetas le hacen un hueco para que recite el poema número 10 de los poemas de amor y la canción desesperada.

Recitó a América comenzando la lámpara en la tierra: “Antes de la peluca y la casaca / fueron los ríos, ríos arteriales”. América en el canto, en la voz de 1400, en Emiliano Zapata con música de Tata Nacho, “…borrachita me voy / para olvidarte…”. Neruda es americano, sí, me doy cuenta de ello, pero América es España desde el momento en que se siente incubado por esa sábana poética que le sube por la garganta, que le arrastra hacia la muerte amontonada y pide patria, memoria y pólvora para una literatura hispana que tuvo más de hispana que de americana, aunque exista en Brasil, augusto en el regazo, entre hojas gigantes, pero, como digo, el lorquianismo y Rafael Alberti y Vicente Aleixandre siempre estarán con él, ahí, dentro del cáncer de Isla Negra, donde una lápida nos recuerda que Pablo Neruda fue poeta universal y español, amante y comunista, lejos de la mentira, de las obsesiones políticas, de los nacimientos de gruesas bestias rodeadas.

Entre tierra y tierra -la tierra que hoy 2018 algunos se han empeñado en trasquilar a base de noticieros NODO embarrando lo americano y lo español-, en Neruda siempre queda la tierra doble -esto es: española y americana- y un “Nuevo canto a Stalingrado”, donde confunde la violencia con el amor, el consulado con la barbarie, Bolívar con las estrofas de Emilio Prados. Creo, sí, lo creo, que Neruda fue español antes que chileno, o las dos cosas en una misma pieza, porque fue entre las ciudades del sur y el sol sobre las estatuas de Madrid donde se dio cuenta que sus palabras trasandaban las vanguardias y un ligero matiz de urbanidad mixturada con la total naturaleza. Neruda fue el poeta que hizo de Madrid un Chile sin aduanas y con toda la revolución a sus espaldas.

Pregunta final: ¿Cuántos politicastros serían capaces de releer hoy a Neruda sin caer en la tentación de vencer España o todas las Españas que padecemos desde un editorial de periódico? Toda lectura de cualquier poema siempre debe de hacerse desde un estructuralismo que derive en el placer del texto -Roland Barthes, por ejemplo-, nunca desde el behaviorismo o conductismo de un J. B. Watson -un suponer-. Pues, si así seguimos, la hemos jodido o como menos, retornamos al revisionismo pero de todo. Y cuando digo de todo me refiero hasta de aquellos enormes falos de los que eran acreedores los dinosaurios, pues que, gracias a su extinción, hoy todavía somos nosotros de la raza de los homo sapiens. Si no, sigamos haciendo antropología. Un poeta no es sólo un hombre que vive, sino un hombre que vive encima o debajo de sus palabras en tanto en cuanto estas mismas palabras deben quedar aferradas al tiempo con cal viva en que fueron escritas.

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Emilio Arnao
Doctor en Filología Hispánica con más de una treintena de libros publicados, desde los 16 años empiezo a escribir y sigue creyendo que toda escritura como autoría acaba desde el mismo momento en que el escritor entrega el libro al lector, quien de este modo se convierte en el que da continuación a su propia recreación de lo leído.

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