Cuando tenía ocho años y fui a mi primer campamento de verano, me enamoré de una chica dos años mayor que yo. Ya se sabe acerca de la relatividad de las edades con esos años, sumada esta a la diferencia de desarrollo del sexo masculino y femenino en esa franja: una distancia insalvable. Pese a ello, a mí me gustaba pasar tiempo con ella y hablar. El ello, el pese, era su desinterés por mí. Acabé por escribirle cartas con poemas, que dejaba en un buzón que habilitaban los monitores y del que ellos repartían, sin discreción ninguna, los sobres a los correspondidos.

Este fue mi primer acercamiento a la escritura de poesía: por necesidad.

Luego desapareció. No recuerdo haber escrito un solo poema hasta que superé la mayoría de edad. Y ahí, fue con la prosa poética, con la que me indagaba, escrutaba y desentrañaba, con la que se topó un adulto poeta que me llamó igual. Cogió una conversación nuestra, en la que yo trataba de explicarme y dar sentido a mis escritos, y la remodeló, cortó y adornó para acabar convirtiendo en un poema. Dándome herramientas para atreverme yo a reencontrarme con aquel niño del campamento, más atrevido que su adolescente tardío.

Mi primer poemario lo escribí para mi hermano y su proceso de desintoxicación. Luego formó parte de una antología que publiqué en la plataforma Amazon.

Por ello, este segundo acercamiento a la escritura de poesía, con la que me consolidé, fue de nuevo por necesidad.

Creo, verdaderamente, que la poesía tiene como intención condensar un tumulto de sensaciones. Aunarlas. Doblegarse a un momento, y, con la necesidad de recrearlo, por hacerlo tangible en la memoria: escribirlo. Para después leerlo, y volverlo a leer, y así revivirlo.

Otras, en cambio, es por querer separarse, por alejar. Curar. Yo entiendo que este verbo está carcomido como concepto que se antepone a la razón de la escritura. Pero no deja de ser una realidad, pues ante la contemplación del dolor, estructurarlo, darle forma, materializarlo para después observarlo desde fuera, ayuda a minimizarlo, a desposeerlo.

“Quién sabe qué nos dijo, qué esperanza tenía,
y si a pesar de todo aún podemos
gracias a él, en los días de lluvia
cuando amenaza la soledad, y acechan
en la sombra los recuerdos,
confiar en el misterio de la muerte”.

 

Yo no puedo tener certeza exacta de las razones que llevaron a Panero a escribir estos versos, pero tengo la seguridad de una necesidad oculta tras ella. Vivaz, palpitante, que lo empujaba.

Pero me toca hablar a mí
que soy un organismo como cualquier otro,
infinidad de posibilidades, de células
chocándose las unas con las otras,
una multitud de impulsos”.

 

María Sánchez exige su turno, el espacio para su voz. La necesidad, en este caso, queda implícita en las palabras que se combinan para formar el poema.

Por ello ¿quién soy yo para decirle a alguien que no es poeta, si está vivo, si tiene necesidad?

El impulso creativo es un impulso de supervivencia. Aquí, la espiritualidad de lo humano trata de ser representada; el imaginario de lo que no se puede percibir con un único sentido. Un género de lo subjetivo, que desarticula.

Hace dos años fui a una charla de jóvenes poetas, como público. Tras escuchar a las poetas y al editor, comenzó una ronda de preguntas. Yo me levanté cuando se me concedió la palabra y formulé algo parecido a lo siguiente: “¿Creéis que llegados a un momento en el que superado todo aquello que queríais decir, dejaríais de escribir, o, sabiendo que lo que plasméis será publicado y vendido, seguiríais? ¿Sabríais daros cuenta de ese punto?”.

No recuerdo la respuesta, pero, si esta hubiese sido hecha a mí, habría respondido que dejaría de escribir cuando dejase de tener una necesidad para hacerlo. Ahí nació todo y ahí morirá.

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