Tenemos, entre nuestros males como españoles que somos, el consabido de la envidia. Pero no es menos mal el de nuestra tendencia a etiquetar todo entre buenos y malos. Lo que es revolucionario, chirriante y discordante con el orden establecido es malo. No podemos valorar, porque no sabemos reflexionar, si realmente ese algo es bueno o malo. Nunca supimos. De hecho, teníamos que esperar a que nuestro gurú político (y por ende de pensamiento) nos dijera qué teníamos que opinar y decir ante determinada afirmación. Pero, aunque suene a un mal de la sociedad actual, es algo de siempre. Si nos retrotraemos a la época en que hubo que dar un paso al frente para evolucionar socialmente o quedarnos anclados en la edad media, que es la época de la ilustración, veremos que nosotros decidimos quedarnos anclados. Porque los que nos proponían algo chirriante, discordante y revolucionario eran nuestros vecinos del norte de los Pirineos. Es sabido que los franceses no quieren nada bueno para nosotros. En aquélla época se puso de moda decir a alguien “afrancesado” como insulto recurrente. Un afrancesado era alguien que creía en las bondades de la revolución francesa y se abochornaba al ver el atraso español.

“Tenemos, entre nuestros males como españoles que somos, el consabido de la envidia. Pero no es menos mal el de nuestra tendencia a etiquetar todo entre buenos y malos. Lo que es revolucionario, chirriante y discordante con el orden establecido es malo.”

Cuando uno lee detenidamente los principios fundamentales en los que se basa la ilustración francesa se lleva las manos a la cabeza al ser consciente el atraso que sufre nuestro país. Que ideas del siglo XVIII y XIX sean hoy en día revolucionarias nos dejan en muy mal lugar. Que John Locke esté a años luz del pensamiento actual tanto ideológica como filosóficamente, nos hace ser, desde el punto más despectivo posible, un país del norte de África. Que la declaración de independencia de Thomas Jefferson, que está basada en la “Carta sobre la tolerancia” de aquél, sea una declaración socialmente superior a nuestra propia constitución nos da una patada en el estómago a nuestra innata soberbia. Que hoy en día se estén suscitando polémicas irresolubles al debatir temas sobre los que Montesquieu pontificaba en su época, habla muy a las claras de que somos un país vergonzosamente atrasado. No olvidemos que Montesquieu en su “Espíritu de las leyes” habla de tres poderes: Ejecutivo, legislativo y judicial, separados y con equilibrio entre ellos. De modo que cuando leo, veo o escucho a alguien decir que somos una democracia moderna solo me queda sonreír un poco y seguir mi camino lamentándome de la ignorancia que nos rodea.

“Cuando uno lee detenidamente los principios fundamentales en los que se basa la ilustración francesa se lleva las manos a la cabeza al ser consciente el atraso que sufre nuestro país.”

Voltaire, por ejemplo, hablaba en sus “Cartas filosóficas” con profundo entusiasmo, del parlamentarismo británico. No son pocas las voces que hoy en día escucho hablar de la necesidad de cambiar la ley electoral. Una ley que debería incluir, entre otras modificaciones, una elección a doble vuelta. Pero más revolucionarias suenan las ideas de tolerancia y libertad. Tanto Diderot como Voltaire hablan sobre estos principios fundamentales tan denostados y olvidados en nuestra sociedad. Por su parte Diderot en su “Ensayo sobre los reinados de Claudio y Nerón” se fija en unos jóvenes Estados Unidos e indicará que un gran país puede ser una República pero también una democracia al llevar a cabo la separación de poderes. Pero más revolucionario es Voltaire en  su “Tratado sobre la tolerancia” que habla de temas tan espinosos como la libertad de pensamiento. Una libertad de pensamiento que influirá en la libertad religiosa que conllevará una necesaria laicidad del estado. Si esto no es revolucionario en nuestra sociedad actual que baje Dios y lo vea.

Digo que son temas espinosos porque no tenemos más que mirar alrededor para ver lo lejos que estamos de conseguir vivir en una sociedad socialmente avanzada, tolerante, educada, libre y democrática. Hoy nuestro país, en pleno siglo XXI, vive inmerso en un debate sobre si debemos ser una República o una Monarquía y sobre si tenemos que ser un estado federal o confederado. Pues bien, a mi modo de ver, no es tan necesario ese debate ya que pienso que nuestro problema no es si somos una República o Monarquía, ni tampoco si somos un estado federal o confederado, nuestro problema es que somos una sociedad carente de educación, solidaridad, tolerancia, valores y respeto entre nosotros.  No hay más que ver el trato existente entre las distintas autonomías que conforman nuestro país. Me parece lamentable la nula capacidad que tenemos para pensar en común.

Por otro lado, el filósofo, economista, historiador y sociólogo escocés David Hume dijo en el siglo XVIII que cualquier gobernante, por el mero hecho de serlo, tiende a ser un canalla y, por lo tanto, hay que usar las leyes para poner límites a sus desmanes. Hoy, que en nuestro estamos inmersos en multitud de juicios de distintos casos aislados en unos y otros partidos, y en unas y otras comunidades autónomas, creo que está más que vigente esta afirmación. Lo dicho por David Hume habrá a quien le parezca digno de ser censurado en las redes sociales y suficiente para que dé con sus huesos en una cárcel. Pero no dejará de ser revolucionario, hiriente y toca huevos, con sus reflexiones porque también dijo que toda sociedad en la que no estén garantizados los derechos ni se lleve a cabo una eficiente separación de poderes, no puede decir que tiene constitución. Lo triste, humillante y lamentable de todo esto es que unas reflexiones de hace trescientos años estén vigentes en nuestro país.

“La característica fundamental de la ilustración es la importancia de la razón. La razón como luz que alumbra todo a su alrededor. De ahí el nombre de siglo de las luces.”

La característica fundamental de la ilustración es la importancia de la razón. La razón como luz que alumbra todo a su alrededor. De ahí el nombre de siglo de las luces. Porque la razón ilumina lo que antes era oscuridad, necedad, superstición y manipulación. Al dar tanta importancia a la razón se tratará, por lo tanto, de un movimiento eminentemente pedagógico. Buscaba alumbrar la sociedad basándose en la educación. Una educación que a su vez se basaba en una gran fe en el ser humano. Fe que fue transgredida en varias ocasiones en que se usó la educación para manipular un pueblo como tristemente hemos visto en no pocos casos de entonces a ahora. Decíamos que desde la razón, la pedagogía y la educación se intentaba lograr el progreso de la sociedad como bien común. Una razón imbuida de la máxima libertad. Pues entendían que la base de la educación era la libertad de pensamiento. Pero no solo, porque también abogaban por la libertad de prensa y, la ya mencionada, libertad de religión.

Echando un vistazo a nuestra sociedad actual, podemos ver lo lejos que estamos de una efectiva libertad de pensamiento y de educación. Observemos las polémicas surgidas sobre el adoctrinamiento en las escuelas de las distintas comunidades autónomas y decidamos al respecto. O en las universidades porque, a raíz de la convulsión sobre el máster polémico de Cristina Cifuentes, escuché en la radio que el nacimiento de las universidades Carlos III y Rey Juan Carlos se produce por la necesidad de los partidos políticos de tener una universidad que cree pensadores afines. Según decían, la universidad Carlos III es socialista mientras que la creación de la universidad Rey Juan Carlos fue promovida por José María Aznar al ver el buen funcionamiento de la otra. De ser así comprobamos lo tristemente lejos que estamos de la libertad de pensamiento.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here