Rodeado de paradas de metro, en pleno París I, a pocos metros de Galignani, la primera librería de lengua inglesa que se abrió en el continente, Le Meurice sigue luciendo ese esplendor solo reservado a pocos privilegiados. En Rue de Rivoli, a pocos metros de la Place Vendome y justo en frente de los jardines de las Tullerías, Le Meurice es y ha sido siempre sinónimo de lujo; abrió sus puertas en 1815 y por sus estancias han pasado artistas, políticos y hombres de negocios: Alfonso XIII, Rockefeller, Roosevelt, De Chirico, D’Annunzio, Gala y Salvador Dalí o Liza Minnelli son solo algunos de los nombres que no solo se han despertado en las grandes habitaciones con vistas a las Tullerías, sino que también han utilizado su ascensor, réplica de la silla de mano con la que se hacía transportar una María Antonietta que nunca se privó de ningún lujo. Este escenario ostentoso y cargado de simbolismo es el elegido por Pauline Dreyfus para su nuevo trabajo narrativo, El banquete de las barricadas (Anagrama), una novela que, en palabras de la propia autora, tiene mucho de teatral, puesto que “respeta la unidad de tiempo, lugar y acción”. Todo sucede en Le Meurice y lo hace a lo largo de un día muy concreto: el 22 de mayo de 1968. La huelga y las barricadas han paralizado la capital francesa; los estudiantes, apoyados por los trabajadores y los sindicatos, siguen con sus protestas, que, por la noche, se hacen más violentas. Las barricadas ocupan gran parte de las calles del Barrio Latino, calles cuyos adoquines se han convertido en arma arrojadiza contra una policía cada día más violenta. El Gobierno parece incapaz de reconducir la situación y los manifestantes no piensan ceder. En esta situación, ese 22 de mayo, en Le Meurice, “Lucien Grapier ha de enfrentarse una vez más a unos clientes exasperados que le preguntan cuándo acabará ese tiberio, como si encabezase él el gobierno o la prefactura de la policía. En sus veinte años en la casa, jamás había tenido que soportar semejante inquina”.

Si hace 79 años, en 1939, el castillo de Las reglas del juego se convertía de la mano de Jean Renoir en un espacio en el que se escenificaba la ruptura entre dos clases sociales -la aristocracia y la clase popular, representada por los sirvientes- y el ocaso de un tiempo, que se agotaba juntamente con una clase social que no sólo perdía su poder económico, sino también el prestigio y el reconocimiento de antes de la guerra, ahora y de la mano de Dreyfus Le Meurice se convierte también en escenario de la ruptura e, incluso, del enfrentamiento entre dos mundos, el de ayer y el de un futuro que busca hacerse paso a través de los más jóvenes que, desde el campus de Nanterre, han conseguido hacer temblar los cimientos de un país, cuyo orden parce estar agotándose. “Me imagino un edificio parisino al que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles”, escribió en su día Georges Perec refiriéndose a La vida instrucciones de uso, pero sus palabras bien podrían aplicarse también a El banquete de las barricadas: Pauline Dreyfus quita la fachada de Le Meurice para observar aquello que sucede dentro y al narrarlo nos relata con humor y sin melancolía –“No puedo sentir nostalgia, puesto que no había nacido en aquella época”- la realidad que se vivía en las calle: la confrontación generacional y también la confrontación de clases que supuso aquel Mayo del 68, “cuya experiencia nunca volvió a repetirse”.

 

En un hotel de París…

Dreyfus no tuvo que recurrir a la imaginación a la hora de elegir el escenario para su trama: la historia de Le Meurice en aquellos días de mayo y, en concreto, en aquel día 22, era de por sí elocuente como para elegir otro lugar. Como El Plaza y el George V, los empleados de Le Meurice habían decidido tomar el control y convertir el hotel en una empresa autogestionada. Mientras que el director “se veía obligado a ver a sus empleados abandonar su puesto día tras día para encerrarse en el office”, los trabajadores del hotel aseguraban a sus clientes que nada iba a cambiar y que el servicio iba a ser el mismo. La única diferencia sería que, desde ese momento, las decisiones las iba a tomar la asamblea de trabajadores, donde las opiniones eran casi tan divergentes como los dos mundos que se enfrentaban por aquellos días. En Le Meurice todo parecía cambiar a la vez que todo permanecía igual: sus adinerados clientes -ahí estaban la millonaria Florece Gould, el genial y excéntrico Dalí acompañado de la no menos excéntrica Gala y el multimillonario J. Paul Getty, aterrorizado ante la “revolución” que se vivía en las calles y que le impedía regresar a Estados Unidos- no cesaban en sus exigencias, muchas de ellas imposibles de satisfacer por el bloqueo del país, y se mostraban más o menos inquietos al ver como la estructura social y política sobre las que cómodamente se sustentaba su economía y su prestigio se tambaleaba. Como los aristócratas de Renoir, como los miembros de la familia Flyte retratada por Evelyn Waugh, muchos de los clientes de Le Meurice se aferraban a un orden histórico que, sin embargo, como el propio hotel no era ajeno al cambio que, desde las calles, poco a poco lo estaba inundando todo.

“¿Hasta qué punto se puede cambiar la realidad?”, esta es la pregunta que se plantea Dreyfus, “¿cuál es el límite de la realidad?”. Las utopías del Mayo del 68 contrastaban con la firmeza de aquellos que veían descabelladas las demandas de los estudiantes, a los que acusaban de arrastrar a los trabajadores hacia una sociedad de libertinaje, sin orden y sin autoridad. Las utopías, como su nombre indica, están destinadas al fracaso. Sin embargo, para Dreyfus, es injusto hablar de aquellas revueltas como un proyecto fallido. Es cierto que nada cambió a nivel político, en las elecciones siguientes Charles De Gaulle volvió a ganar con amplia mayoría, sin embargo, sostiene Dreyfus, “algo cambió en la sociedad, que no volvió a ser como era”. Para la autora no sólo un cambio en el mundo de la empresa y del trabajo, no sólo la actitud paternalista dejó de ser la lógica empresarial y no sólo se escucharon las reclamaciones de la clase obrera, sino que hubo una revolución en tema de moral y se dieron grandes pasos en la lucha feminista. “Fue fundamental el papel de los filósofos, había un discurso teórico que sustentaba la revuelta de los estudiantes”, recuerda la autora. Ahí estaban Guy DeBord, Sartre, Deleuze, Guattari, Marcuse, Wilhelm Reich o André Glucksmann, cuyos artículos era de lectura obligada. Todo esto favoreció a que “el 68 tocara a todas las capas sociales”, creando sintonías no siempre del todo armónicas, pues, como apunta la propia Pauline Dreyfus y como se desprende de su novela, el mundo de las letras estaba viviendo su propio enfrentamiento entre generaciones, ideologías y estilos opuestos.

El Premio Roger-Nimier, que cada año se celebraba en Le Meurice, sirve a Dreyfus no sólo para narrar las dinámicas del campo literario francés de entonces, sino para convertir esas mismas dinámicas en metáfora de la transformación social, política y, evidentemente, cultural de la que estaba siendo protagonista Francia. Una vez más, Dreyfus no necesita inventar: aquel 22 de mayo de 1968, Le Meurice, autogestionado por los empleados, iba a ser escenario de la concesión del galardón patrocinado por Florence Gould quien, tras la muerte del autor de Le Hussard bleu, había considerado indispensable “crear un premio en su nombre para que perdure el espíritu de los húsares. Debemos hacerlo en su memoria”. Miembro destacado de Los Húsares -nombre que le fue dado por Bernard Frank-, Nimier es, a día de hoy, un autor olvidado, en gran parte, por su posición ideológica muy próxima al fascismo. En efecto, tanto él como los otros escritores “húsaros” se definían en clara oposición a los posicionamientos políticos, filosóficos y literarios de Sartre, del existencialismo y de la Nouveau Roman.  Nimier, sin embargo, no era el único en pagar el pecado ideológico cometido: “A Paul Moran se le echó en cara su marcha a Londres en junio de 1940 y sus sucesivas embajadas en Bucarest y Berna para el gobierno de Vichy; a Chardonne, sus dos viajes allende el Rin en plena guerra, sus libros germanófilos y su opinión de que la ocupación era correcta, suave, muy suave; a Florece Gould, el dejarse besar a mansalva por los oficiales alemanes en pleno París ocupado”. Reunidos en uno de los salones de Le Meurice, todos ellos veían con impuesta indiferencia lo que ocurría en las calles de París.

“Estoy segura de que esta parodia de revolución primero perderá el resuello y luego se ahogará. Solo queda esperar” le comenta ingenuamente Florence Gould a Jean Paul Getty, el más preocupado de todos, el único que parece admitir que las revueltas de aquellos días era algo más que el pasatiempo de “hijos de papá”. Para Dreyfus, cuya novela Immortel, enfin gira en torno a la figura de Morand, el enfrentarse a estos autores, a los que no se les puede negar su valía literaria, conlleva la dificultad de poder discernir “su obra de sus más que cuestionables posiciones políticas”, que han terminado por desterrarles del panorama editorial y literario actual. Durante la celebración de aquel Roger-Nimier, el jurado parecía ser consciente de ello y, por ello, se aferraban a la posibilidad de que el joven ganador, cuya novela estaba dedicada a los años de la Ocupación, fuera próximo a ellos y que poco o nada tuviera que ver con aquellos escritores e intelectuales que, micrófono en mano, habían bajado a las calles apoyando las protestas. Sin embargo, Patrick Modiano, el joven galardonado, no respondía perfectamente a sus exigencias, pues de origen judía, Modiano, de quien Bernard Pivot había dicho que para terminar una frase “necesitaba diez minutos”, ciertamente estaba preocupado por la época de la Ocupación, pero desde posicionamientos ideológicos antagónicos a los representados por Morand y compañía. Asimismo, como constata la propia Dreyfus, “Modiano nunca se implicó en las revueltas de Mayo del 68. Tenía 22 años por entonces, pero no creyó en las reinvidaciones y no se adherió”. En efecto, Modiano llegó a Le Meurice indiferente ante lo que estaban protagonizando jóvenes de su misma generación en las calles de París.

En Le Meurice recreado por Dreyfus están todos, es un espacio polifónico, donde conviven todas las voces: los que participaron en la Segunda Guerra Mundial y sus hijos; los ganadores y los derrotados por el conflicto; los representantes de la élite económica y la clase trabajadora; los “dreamers”, tal y como los definiría Bertolucci, y los pragmáticos; los que buscaban establecer un orden social nuevo y los que se aferraban a un sistema caduco; los que miraban al pasado y los que miraban al futuro. Puede que sea excesivo y, en parte, injusto afirmar con Beatriz Sarlo de que se conoce mejor la historia con las novelas que con los ensayos historiográficos. Sin embargo, de lo que no hay duda, es que El banquete de las barricadas es una excelente puesta en escena de un periodo y de su complejidad. Pauline Dreyfus teatraliza con precisa y afilada ironía las tensiones, las rupturas, las aspiraciones y los miedos que, como ella misma dicen, marcaron para siempre “la sociedad y el imaginario de Francia”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here