A mí me dicen que me parezco un montón a Raúl Cimas. O viceversa. Yo soy muy de viceversa. En fin. Tampoco me importa demasiado, porque el tipo sale resultón en la portada del libro que vamos a tratar hoy (bueno, a ver, resultón, resultón igual no… pero vamos, admisible, que es más de lo que puedo decir yo la mayoría de las veces). Ojo, que cuando empezaron con la cantinela (lo del “aire”) Raúl andaba encarnando a un cultureta impostor, grosero y dipsómano en “Museo Coconut”, así que igual no iba por el físico la cosa…

(Otra de mis amigas, tengo varias, dos o tres, asegura que hablamos igual. Raúl Cimas y yo. Eso ya me escama un poquito, porque es demasiado mimético todo. Preocupante. Como de peli de Amenábar. Pero, en fin, a ella se lo perdono. Es escritora y los escritores son gente de mal vivir y mucho imaginar).

Con tales antecedentes comprenderán ustedes que para mí es muy especial hablarles de “Mamotreto” (Blackie Books). No solo porque mi cara (o la suya) sale en cubierta (osada decisión que me apunto para futuras novelas que publique en el estilo gótico sureño) sino porque de escribir mamotretos también me han acusado varias veces. Ya ven, son todo paralelismos.

«El libro de Raúl Cimas es gracioso a más no poder. De reírte mucho. De descojonarte, más bien»

Hablemos claro… El libro de Raúl Cimas es gracioso a más no poder. De reírte mucho. De descojonarte, más bien. No esperen, eso sí, humor blanco y aséptico, sino absurdeces que lindan entre el surrealismo, la mala hostia y las simples ganas de molestar, que es algo que a mí me suele hacer mucha gracia. Tendencias, lo llaman.

Cómics, son (no cómics sans, por favor). No solo, pero sobre todo. Una antología, nada menos, cosa digna de ser regalada, porque sale tocho bien gordo y es bien sabido que este tipo de presentes se suelen apreciar más dependiendo del peso neto. Así de infantiles somos los snobs, amigos. Tres libros que el susodicho Cimas ha ido escribiendo desde la mozandad hasta la tardojuventud. Hilos conductores bastante tenues en todos ellos, con la autocomplacencia, la ironía y el desnudo masculino gratuito y piloso como ejes principales. Ah, también un yogur de piña que hace las veces de consciencia externa del autor-protagonista encarnada en producto lácteo. Como el grillo de Pinocho, pero con algo que puedes comprar por packs de sabores. A partir de ahí relatos de mayor o menor extensión, incluso algunas viñetas que responden por sí solas a todo el argumento. Tampoco voy a andar engañándoles… esto no es una obra maestra de la técnica pictórica. Que también les digo, Rob Liefeld bien de técnica tiene y miren ustedes qué mojones tan gordos engendra. Así que por ahí, mejor. No, el punto fuerte del libro (y les garantizo que es realmente fuerte) son los textos. El humor. Situaciones absolutamente extrañas, costumbrismo cañí pasado por un tamiz sicodélico. Es como si todos los personajes de Cimas hubiesen nacido en el pueblo de “Amanece, que no es poco”. Y eso es uno de los mayores halagos que se me pueden ocurrir cuando hablo de arrancarle sonrisas a la gente.

¿Qué más? Oh, sí. Alfa y omega, principio y final. ¿Puede el prólogo ser lo mejor de un libro? En fin, eso sería una cagada bien gorda si el autor de la susodicha introducción (es por no repetir palabras, ya sé que no son exactamente lo mismo) fuese distinto al perpetrador del resto de páginas. Porque entonces… ufff, mal asunto. Mal asunto. Pero aquí no nos pillamos los dedos. El prólogo lo firma Raúl. Y es una obra maestra. Un puñado de páginas que justifican todo. Un delirio narcisista tan sumamente sincero (en su ironía, supongo, pero tan sumamente sincero) que resulta pieza ideal como entrante. A mí me encantó, quizá porque yo también he tenido idénticas sensaciones a las allí expresadas varias veces. De hecho, cada día. Es tan grande la soledad del genio arrasado por el éxito social y económico. Tan enorme la dificultad para saber si todos esos se acercan a ti por admiración sincera o puro interés. En fin, ustedes saben. Raúl también. Solo que él lo cuenta fenomenal, no como yo, que he intentado hacer lo mismo y en dos líneas ya tienen ganas de curtirme la cara a hostias…

«El prólogo lo firma Raúl. Y es una obra maestra. Un puñado de páginas que justifican todo. Un delirio narcisista tan sumamente sincero (que resulta pieza ideal como entrante»

Y el final. Con actores invitados. A tono con el hirsutismo general de la obra. A tono, también, con el humor, con el tratamiento particular que de la vida y el universo tiene este tipo. No les voy a destripar nada más, para no joderles la sorpresa. Pero vamos… que divierte. Mucho. Las únicas partes “con letras” (las únicas partes “no de cómic”) no solo complementan perfectamente al grueso (¿quién me ha llamado grueso?) de la obra, sino que constituyen, de por sí, pequeñas joyitas de la absurdez y el realismo surrealista.

Vamos, que me ha gustado mucho. No sé si se me nota. Ah, y la edición de Blackie Books muy bonita. Pero qué bien que editan estos chicos…

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here