El paisaje trascurre rápido por delante de mi ventanilla. Puede que demasiado rápido para el destino que me aguarda.

Eché tanto de menos mi vega granadina que hoy siento esta visión como un regalo del destino a modo de agradecimiento por los versos que le regalé. Pocas cosas han cambiado. Igual que cuando era niño, alcanzo a ver en la línea del horizonte como unos hombres se afanan en recoger la cosecha bajo un sol que, en pocas horas, promete ser abrasador. Cubiertos con bastos sombreros, de manos rudas, con olor a paja, arrean los animales venciendo su terquedad, obligándoles a cumplir con la faena establecida.

Sentado en un automóvil, camino de Viznar, presagio que pudiera ser este mi último viaje. Delante de mí, silenciosos, me custodian unos hombres cumpliendo órdenes del bando que le tocó en suerte en el reparto de las dos Españas. Su misión es obedecer.

¡Qué contrastes tiene la vida! Incluso para cumplir con su deber moralizador, respetan las buenas costumbres que tanto aborrezco. Seguramente la idea de disponer un coche para mi traslado fue dictada por algún cacique a quien le traicionó el subconsciente. Aquí, en mi pueblo, siempre me trataron como un niño señorito de ciudad. En Granada, para algunos era el campesino romántico de dudosos gustos, para otros y afortunadamente para mí, fui un hombre a quien descubrir un mundo de letras, música y de arte en general. He conocido tantos lugares que, quizá por ello ahora no siento miedo ante los planes de quienes pretenden acallar mi voz. Mis poemas, mis vivencias, mis pensamientos… yo, estaremos presentes en todas esas palabras impresas para siempre.

El paisaje continúa veloz por delante de mis ojos. Quién ordenó un coche para mi traslado no debía saber que este siempre fue mi forma de trasporte favorita, en caso contrario se habría negado. Seguro que lo hubiera hecho. «Al enemigo ni agua» se suele decir en tiempos de guerra y desgraciadamente esos son los que vivimos. Me pregunto el porqué. No es habitual trasladar individualmente a  un preso acusado de traidor a la causa y de prácticas desviadas acordes con su sexo. ¿Por qué a otros les arrojan en la parte trasera de un camión como un fardo cualquiera y conmigo se toman tantas molestias?

No debo pensar en ello. Espero no averiguarlo. Presiento que no me gustaría. De nuevo el paisaje vuelve a ser el centro de mi atención. En mis numerosos viajes en auto pude contemplar todo lo que me rodeaba. Me permitió pensar, conocer distintos tipos de gentes y múltiples costumbres en los lugares donde paré. Era yo quien elegía el camino, el tiempo y el destino. Sentía la libertad de cambiar la ruta en cualquier momento. Detenerme donde me apetecía. Sin embargo, esto era imposible en otros viajes. Recuerdo aquel a Nueva York.

Solamente las nubes acariciaban la ventanilla del avión. Y solo eso. Durante horas y horas nada más que brumas blancas. Partimos de un Madrid bullicioso, lleno de vida hasta una ciudad mucho más adelantada, pero una civilización sin raíces al fin y al cabo. Están reduciendo la velocidad. Esto no me gusta. En esta zona no hay nada, solo campo. Creo, muy a mi pesar, que voy a descubrir la causa de la peculiar generosidad por parte del gobernador hacia mí persona.

Los hombres sentados en la parte delantera cruzan una mirada. Después se vuelven hacia atrás y me observan. Reconozco a uno de ellos. Es Zacarías, el hijo del panadero. Él es algo más joven que yo. Le recuerdo siempre manchado del polvo blanco ayudando a su padre con los recados. Cada semana nos traía varias hogazas de pan a la casa de Fuente Vaqueros, el lugar donde nací y donde regresábamos todos los veranos. Parecía un buen chico. Callado, obediente. Aparentemente alguien ideal para cumplir una misión no escrita. El otro militar, el que conduce, le da con el codo y le insta a apresurarse.

—Por favor D. Federico salga del coche. —Me dice con voz temblorosa.

— ¿Para qué? —Le respondo.

—No haga preguntas y obedezca. —Grita el otro.

Un pensamiento fugaz pasa por mi cabeza y creo estar en lo cierto. Retándoles con la mirada me niego. Sé que les han encomendado hacer. Cuáles son las órdenes. Sus superiores no quieren dejar ningún cabo suelto. Estoy seguro que a esta hora se están moviendo muchos hilos. Unos para mi liberación, otros para mi ejecución. Si ahora salgo del coche y me marcho, en el informe figurará un intento de huida con el consiguiente tiro en la espalda. Pero creo que quien pensó en este modo de asegurarse mi desaparición, no eligió a los hombres adecuados ni contó con la dignidad del preso.

—Podéis hacerlo aquí mismo. En este asiento donde me encuentro, porque no me moveré de él hasta la llegada a mi destino. Si tiene que ser será, pero no huiré como un cobarde. No le daré ese placer a vuestro jefe.

En este instante, el muchacho de mi infancia se torna en el hombre que ahora es.

—Perdóneme señor. Son las indicaciones dadas. —Durante unos instantes calla y como si una fuerza interior le empujara añade, —pero no lo haré. Usted no se lo merece.

Tras mirar a su compañero le ordena continuar viaje. Este se encoge de hombros sabiendo que a él no le reclamarían nada.

Sé que en Viznar se encuentra mi final. Una vez escribí: “Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”. En aquel momento no sabía lo que seguramente en pocas horas sucederá, aunque lo que sí conocía entonces y en este momento es… que la gocé por completo.

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