Jeremy Reed, en 1991, escribió un libro que tituló: “Isidore: a Novel about the Comte de Lautréamont”, editado por Peter Owen Limited. Montevideo era abril e Isidore Lucien Ducasse todavía no sabía que iba a recorrer las calles de París con la juventud vencida. Publicó “Los Cantos de Maldoror” en 1868, sin embargo, el editor Lacroix se negó a vender el libro porque tenía infiltrada la noticia en su débil cráneo de que resultaba maléfico, iracundo, contrasocial, enigmático. ¿Dónde está, me pregunto, el enigma de Isidore Ducasse? Que cada uno de los lectores de este mi artículo dominical literario e individualista, escrito en el Air Fource One del Pato Donald, feroz, resuelva el enigma.

Hoy, aquí en Palma de Mallorca, pero también en Madrid, incluso en Soto del Real, algunos nos seguimos disputando el Maldoror con esos hideputas que van vestidos de lagarteranas en su androginia política, disfrazados de injusticia social, sin lingotes de oro para atajar definitivamente la violencia de género, y con esa necesidad de que regrese  la niña Twiggy de 15 años y su París de 1966  y sus 40 kilos de niña mala venida de los bajos fondos de aquel London privado y follado de grandes ducados, para luego arribar hasta a aquel mayo del 68 y luego a aquellos madriles de los movidones, años 70 y largos, liados únicamente en papel para fumar pero sin entender intelectualmente aquel “al loro” de Tierno Galván y la Cultura Grande e Imparable. Sé que alguno me querrá meter alguna botella de Cuatro Rosas en su honor por el ano, pero la movida debió ser menos movida y más esculpida como la Gran Obra de Arte que debió permanecer ahí enhiesta ante el Pueblo, por lo que, según he investigado yo, más algún amiguete mayor, lo que sucedió fue que a todos los pueblerinos que tenía Madrid, pasada la cogorza de las élites con tarjeta Vip, no les dejaron entrar en la Historia y en una suerte de eurocomunismo. Mucho medir las pollas en erecciones generales, mucho colorín, vómito y tocho cheli, pero rien de rien, y no hay más tu tía. A Madrid siempre le ha faltado una Twiggy londinense, un 68 francés pero en vez de ese George Pompidou que nos han dejado urge poner ahora en la Comunidad el madroño del cogollo del hoyo de coño de alguna Santa del Opus Deus Ex Machina.

«Mucho medir las pollas en erecciones generales, mucho colorín, vómito y tocho cheli, pero rien de rien, y no hay más tu tía. A Madrid siempre le ha faltado una Twiggy londinense, un 68 francés pero en vez de ese George Pompidou que nos han dejado urge poner ahora en la Comunidad el madroño del cogollo del hoyo de coño de alguna Santa del Opus Deus Ex Machina»

Decía y digo que aquí en Palma de Mallorca y en Madrid, incluso en la Audiencia Nacional y en el Supremo, algunos juristas han dejado de jurar y únicamente se dedican a practicar el silbo en las islas canarias y otros silbos tan típicamente hispánicos, vamos, fechos al hispánico modo, por lo que pido a los patriotas que se dejen de tocarnos los cataplines con tanta encuesta y tanta demoscopia, pues con tanta desinformación volveremos al infierno del uruguayo Ducasse y no sabremos nunca jamás never and never and nevermore de qué manera se puede aproximar la auténtica biografía histórica de esta Hispania o Tierra de Conejos, según el poeta Catulo, con la realidad biográfica de la poesía del conde de Lautréamont, que tanto me hace llorar a mí todavía.

Lautréamont no tuvo escuela, ni llevaba la melena parnasiana, ni se adhirió al simbolismo, ni obtuvo nada del prerrafaelismo anglófilo, únicamente desde su soledad y su temprana enfermedad se condujo a un individualismo que reafirmó la contundencia de la poesía moderna. Esta modernidad, ya digo, compartida con Rimbaud o Mallarmé, le arrastra de por vida siendo un completo desconocido, pues no se disputó la fotografía ni en la de los cabarets ni en la de los cafés esteticistas, donde los últimos románticos se domiciliaban desde las imágenes de Carjat y los versos modernistas de un tiempo que quizá fuera excesivamente moderno. Isidore Ducasse era el Maldoror como escribieron en su acta de defunción. El acta dice: “Isidore Lucien Ducasse, hombre de letras, de 24 años de edad, nacido en Montevideo (América meridional), fallecido esta mañana, a las 8, en su domicilio de la calle del Faubourg-Montmartre, nº 7, sin más datos, etc. etc.”

«Lautréamont no tuvo escuela, ni llevaba la melena parnasiana, ni se adhirió al simbolismo, ni obtuvo nada del prerrafaelismo anglófilo, únicamente desde su soledad y su temprana enfermedad se condujo a un individualismo que reafirmó la contundencia de la poesía moderna»

Alfred Jarry, Aragon, Breton, Péret admiraron a aquel joven de 24 años que tuvo la valentía de ejercer de juez acusador de una sociedad que salía por entre los adoquines de las calles, por entre los basureros de la madrugada, por entre el filibusterismo de quien se cree que ocupa un espacio en la ciudad, París o Praga, el barrio de Sants o el Madrid de Manuela Carmena -a quien desde aquí le mando un beso que sólo debe durar tres minutos sin lengua y dos segundillos de na con lengua a lo Mick Jagger.

Lautréamont tiene mucho de Byron y de Mickiewicz, de Goethe y su pálido Mefistófeles, pues hay un infierno en Isidore Ducasse que se acierta a ver entre el estrofismo, una épica que lirifica el contenido en relación con una metaforización de personajes y abultados objetos que viven entre las manos del terror y de la heroicidad proscrita. El héroe de Ducasse es villano como lo fue François Villon y la rebeldía de Manfred o Konrad le suponen una manera de explicar el tiempo contra el tiempo o de manifestar su memorización de la no lejanía que se atisba entre el bien y el mal, porque no hay moral que no pueda soporta lo maléfico, de lo contrario entraríamos en el paisaje de la falsa cultura y de los bastidores en donde el hombre se quita el disfraz para convertirse en Mr. Hyde.

«Alfred Jarry, Aragon, Breton, Péret admiraron a aquel joven de 24 años que tuvo la valentía de ejercer de juez acusador de una sociedad que salía por entre los adoquines de las calles, por entre los basureros de la madrugada, por entre el filibusterismo de quien se cree que ocupa un espacio en la ciudad»

La obra de Maldoror / Ducasse abre los labios de la demencia y atribuye a la belleza el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, entre una máquina de coser y un paraguas. Esto enloquecería a un Breton, pletórico de ideas y de grandes maldades, donde el surrealismo se antepone a cualquier teoría que sea ajena al subconsciente y al mundo de los sueños. El surrealismo trae a Reverdy y a Saint-John Perse y también a Chagall y a Max Ernst, por eso el paraguas del conde de Lautréamont hoy lo tiene guardado en un armario, con precinto de oro la artista neoyorquina Shishaldin. Y es que hay tiburones que son más bellos que el instante. Busquemos el paraguas de Ducasse y no permitamos que la lluvia que cae en los anuncios publicitarios nos diga que somos libres, que podemos decidir nuestro propio cuerpo, que el amor debe ser puro si lo olemos con esa banda sonora con violines y coros y en francés siempre todo en francés, hasta las mamadas que espero que algún día me den todos aquellos que siguen pensando que somos gilipollas y que todos estaremos más seguros si nos acercamos con amor a la Mutua Madrileña o a una entidad financiera que sea capaz de darnos un crédito al 0% de intereses, sin comisiones, para poder comprar dos containers llenos de cajas fuertes en las que sólo queden clínex y preservativos usados. Hay que joderse con la publicidad y esas musiquitas que nos ponen.

No creo que mienta si digo que, en estos precisos momentos, mucha gente que nos dedicamos al mundo de la cultura o al mundo de la sociología también estamos ya con los ojos cerrados y puesta la mortaja, que no es otra que la que lucimos junto con la de la toga de los jueces, la de la ropa violenta de tantísimas manadas con pañuelo rojo en los cojones, la de los trajes Armani de este señor al que el pijerío de La Castellana le sigue llamando “nuestro presi, oyes, que ha pasado ahora mismo junto a ese bellezón que es Pablito Casado por el gimnasio, mona, te lo juro por Snoopy”, la de esa braga manchada de gargajos legionarios que lleva la Cabra y algún que otro Cabrón, Luis, Sé Fuerte, en fin, que voy a lo que voy, digo que hay que seguir leyendo y llorando a Isidore Ducasse, quien para mí sólo fue un poeta que escribió poquísimo, pero que, marginado del lenocinio literario, trajinó su osamenta desde el compromiso universal con el mundo que le tocó soportar, ver, malvender, opositar con llanto y malísimos dolores, como un tiburón arponeado por esta modernidad que todavía seguimos, hoy día 20 de mayo 2018, soportando en su versión de prohibiciones, de economicismo ultra al poder, de ese sueldo yo no diría sólo digno, sino con un aumento mucho más importante de parné, de oro del Oeste Americano del Pato Donald para dárselo a las viejas y a esos señores que llevan al lado que también son viejos a los que les llueve en el corazón, como en el verso de Verlaine. Como Lautreámont, lectora o lector en esta mañanita de domingo de spleen o de jodienda si hay más de uno o una o varios, qué mas da, saquemos todos los que queremos en puridad no un mundo nuevo -pues eso suena a anuncio de publicidad-, sino la palabra dada con la mano echada filmando un pacto entre caballeros y mercaderes de todo ese placer por el vivir que está ahí, no dejándonos que nos desinformen con tanta ametralladora de noticieros, de politólogos, de esas ratas con los dientes afilados que follan y roncan y dirigen los servicios informativos de TVE1, pero es que hay que joderse con la putísima vaca de la madre de estos piratas de la desinformación que son todos, y cuando digo todos me refiero sólo a aquellos que todavía no son capaces de llorar cuando empiezan a leer las primeras frases de estos nuevos “Los Cantos del Maldoror” del conde de Lautréamont, mayo, 2018, publicados en el cuerpo frágil pero bellísimo de inteligencia y valor y ambición y mujer y androginia y esa sonrisa de Gioconda a la que le han retocado el labio superior por esbozar un nuevo tiempo, el tiempo en que vivió la niña Twyggi. Isidore Ducasse y 2018 y yo ya no puedo ponerle más palabras a este artículo, puesto que se me va de madre, quiero decir de espacio y de ira y me esperan en Formentera, pues es que se casa mi prima Cospedales del Dolor. Y ya el próximo domingo hablaré de la madre que parió a… o yo qué sé si el próximo domingo quedará o no alguna madre jubilada por ahí o la habrán enviado ya a Space Oditty, junto a Bowie mientras yo pueda a su vez seguir entendiendo el mensaje de la canción The Future de Leonard Cohen. Me voy a misa de a 8.

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