El duende es el efecto rabioso de la tierra andaluza, una melancolía eufórica de la Alhambra de Granada, una creación humana que hiere pero que no mata, porque tiene contemporaneidades de razas malditas. Hay algo en el duende que suena a un no se qué, algo inefable que se pierde por la sugestión del demonismo, pero que a la vez adumbra una levedad de trinos que se aferra a las abreviaturas de las palabras, porque éstas se diluyen entre los arcanos de las leyendas y los cuentos populares, como un Guadalquivir que pidiera una bicicleta para cantar una petenera. El duende, sobre todo, es el artefacto de lo popular, viene del pueblo y en él se queda, para irse en los adentros de las voces más indescifrables, más endémicas, más blasfémicas. El duende es blasfemia en tanto en cuanto no busca a Dios cuando ocurre ese pregón de la luz entre lo humano y lo inhumano, cuando lo racional no mira ni a Voltaire ni al siglo XVIII, sino al momento presente en que consiste, como una rosa deshojada con los cuchillos de los gitanos. El duende, como atractivo final, supone la generación del Sur pasada por las piedras blancas en donde se alimenta el fuego, el fuego fatuo que compusiera Manuel de Falla, íntimo amigo mío. No tiene colores, sólo uno: el invisible, el que se va y vuelve por las postrimerías del Albaicín o se arroja a los llantos de las mujeres andaluzas como si tuviera una espada de la Edad Media, que es precisamente de ahí de dónde viene, del morisco y de la lengua aljamiada. Lo duende es continuamente mundo, un proceso de revelación que toca la estrella más lejana que hacen sonar las guitarras cuando el alba está a punto de aparecer en el contínuum de la vida. Pero el duende sobre todo es creación, una obra y una cultura que da al romance su silencio más preciso, su envoltura más acuática, su naturaleza de hambre y su luna de color lapisázuli. Esta estructura daimónica se siente en el creador que realiza de sus formas la imperfección irracional amalgamada por el secreto civilizatorio de una comunidad que necesita sentirse diferente a las otras. Por eso sólo existe duende en el Sur, en otras partes atisbamos inspiración, tiempo lejano, exotismo, romanticismo, pero nunca duende, que es la oligarquía del pueblo andaluz.

«Pero el duende sobre todo es creación, una obra y una cultura que da al romance su silencio más preciso, su envoltura más acuática, su naturaleza de hambre y su luna de color lapiSázuli»  

El duende es una invitación a la muerte, como en los poemas románticos, una estructura de variación entre lo que queda de vida y lo que se supone eterno, entre la humanización de lo que se toca y la irascibilidad que se destruye. Existe como una mujer estrangulada que quiere parir a un hijo bajo el influjo de la luna, lo hace, no muere o sí muere, pero ahí está el duende, con sus “sonidos negros” para perpetrar la acción de los personajes, que viven bajo los álamos de la castración. El duende es castrador en tanto en cuanto no deja ver todas sus posibilidades, porque tiende a oscurecer el tiempo del mundo en su acción más potencial y global, aunando elementos que lo fustigan y que lo alimentan de diversas nociones de desenfrenado descerebramiento. Juan Ramón Jiménez tenía duende, lo tuvo siempre y no realizó otra cosa en su vida que poner palabras a ese arte puro que viene desde los ancestros de Andalucía. Juan Ramón Jiménez no es el primer poeta andaluz con duende, pues ahí está Góngora, del que más tarde hablaré, pero sí supo encontrar a cada verso las sombras tardías del melodrama de una belleza convulsa. Dice:

En la nada flotó un algo de profundas transparencias
y los giros de las brisas, un momento
dibujáronse temblando;
una onda ensombrecía los misterios
de la tarde…
En el cielo religioso
las estrellas del crepúsculo entreabrieron;
y mi alma se perdió en la vaga bruma
de los últimos jardines melancólicos y quietos…

   “En la nada flotó un algo de profundas transparencias”. He ahí el duende, la transparencia oscura que se alza como un vacío que no comprende el poeta y que intenta buscarlo, sin hallarlo, porque el que busca el duende nunca lo encuentra, sino que éste llega como un quijote esperado, como una quimera del Tamarit, como una virulencia de tardes y cielos religiosos. Juan Ramón siempre comprendió muy bien ese sustrato de la tierra andaluza, en su Moguer de líneas de luz, y anduvo toda su vida, desde Puerto Rico, América, Madrid o los aislamientos psiquiátricos, andando a hurtadillas, solicitando que el fondo de las cosas le principiaran en las flores y las plantas que cuidaba en la Colina de los Chopos, como un vate moderno, como un verdadero demiurgo que está no se sabe muy bien si delante o detrás de las palabras, que él acostumbraba a desnudar con el adjetivo imposible, con el nombre preciso, con la purificación del idioma español. Nosotros, los del 27, nos hicimos muy amigo de él y yo le leí mi primer libro Impresiones y Paisajes una tarde en la Residencia de Estudiantes. Quizá fuera este fragmento:

Hay que interpretar siempre escanciando nuestra alma sobre las almas cosas viendo un algo espiritual donde no existe, dando a las formas el encanto de nuestros sentimientos, es necesario ver por las plazas solitarias a las almas antiguas que pasaron por ellas, es imprescindible ser uno y ser mil para sentir en todos sus matices. Hay que ser religioso y profano. Reunir el misticismo de una severa catedral gótica con la maravilla de la Grecia pagana. Verlo todo, sentirlo todo. En la eternidad tendremos el premio de no haber tenido horizontes.

En Impresiones y Paisajes, libro que por cierto costeó mi padre antes de confirmar mi intención literaria con sus amigos Luis Seco de Lucena, director de El Defensor de Granada, Miguel Cerón Rubio y Andrés Segovia, y que sería reseñado hasta por Unamuno y Machado, yo creo que ya doy carretera de amplios segmentos a lo duendístico, porque era, dada mi juventud –el libro se puso a la venta en la segunda semana de abril de 1918, cuando yo sólo contaba con veinte años- ya empezaba a comprender que hay que interpretar el alma sobre las cosas atisbando un algo espiritual donde nada existe, que es necesario salir a las calles para vislumbrar a las almas de otros tiempos que pasaron por ellas, que hay que ser religioso y pagano, porque es ahí donde justamente se varea el duende, en ese misticismo ateo de lo que se cree y se deja de creer, pues había que verlo todo y profundizar en lo más hondo de nuestros escaparates, porque ésa era la única manera de llegar hasta el final de los ríos. En Los álamos de plata, poema escrito en 1919, digo:

¡Hay que acostar el cuerpo

dentro del alma inquieta¡

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