Vas andando por una abarrotada calle a una hora en la que el sol apenas calienta, ora esquivando codos despreocupados, ora observando tu reflejo en innumerables escaparates. Pasos acompasados al bullicio circundante, sin un destino fijo, pero con un ritmo rutinario, casi académico. Al fondo ves un edificio cuya estética no difiere de los cientos que lo preceden, pero que desprende un aura única y llamativa. Te acercas como hipnotizado, siendo presa de una cadencia que no controlas. Tus nervios se pliegan en una sensación conocida a la vez que anhelada. Sabes lo que te espera tras aquellas puertas custodiadas por un cartel niquelado con letras broncíneas que a ti se te antojan doradas: el tempo del papel impreso.

Cuna de la cultura en una época en la que todo lo que no sea cómodo o inmediato parece prostituido y destinado al ostracismo, la librería se yergue ante ti como un enorme molino de antaño, gigante hercúleo para algunos, catedral atemporal para ti. Sin vacilar, pero con pleitesía, cruzas  su umbral ansioso, aletargado ante el inminente estímulo visual, porque la vista es la primera que se sacia ante innumerables estanterías repletas de tomos de lomos coloreados en un millar de tonalidades o simplemente parcos de perfil adusto. Recorres la hilera más cercana, siempre dejándola a la derecha, sin atreverte a tocar por el momento, ya que necesitas devorar con fruición a través de tu mirada atenta antes de establecer el contacto físico, como un pequeño ritual. Piensas que si te precipitas podrías romper el vínculo y asustar a tu presa, inocente ser que aguarda ser reconocido y apreciado.

«Cuna de la cultura en una época en la que todo lo que no sea cómodo o inmediato parece prostituido y destinado al ostracismo, la librería se yergue ante ti como un enorme molino de antaño»

De repente llegas a una confrontación de obras y autores que te son familiares en un pequeño espacio, como si de viejos amigos se tratase. Es el momento de arroparlos, llevártelos al regazo y deleitarse con sus contraportadas, hojear sus páginas con delicadeza, como si tuvieras un tiempo predeterminado para hacerlo. Pasas el dedo índice por sus pulcras páginas, abasteciendo al tacto, ahogando las ansias. Uno tras otro, todos parecen tener algo peculiar que te llama y reclama tu atención. Es hora incluso de deleitar el olfato cuando encuentras esos volúmenes de una determinada editorial que sabes que te dejarán huella, que se grabarán a fuego en tu memoria tanto por su título y su autor como por su aroma. Lentamente lo vuelves a depositar en su sitio, con cuidado de no provocar dobleces al ponerlos en contacto con sus mudos vecinos. Hay mucho que contemplar y poco tiempo para hacerlo, como casi todo hoy en día.

Unas empinadas escaleras, apenas interrumpidas por un par de recodos, nos llevan al siguiente nivel, ese que parece más solitario, menos expuesto a las miradas incómodas de aquellos que se dejan llevar por la primera impresión. Aquí todo parece más tranquilo, más en calma. En seguida te das cuenta de que los libros que aquí habitan se muestran menos manoseados, más respetados y estáticos. La jerarquía de las plantas se rige por un simple orden temático, algunas veces quizá alfabético, aunque para ti tenga la impresión de tener una estructura piramidal, a sabiendas de que mientras más alto llegas, más te vas acercando al Olimpo literario. Recorres la barandilla con tus dedos, contando los peldaños que te separan de tu próximo destino, en el sentido inverso del dantesco descenso a lo infiernos.

Al fin, tras pasar por círculos concéntricos de títulos culinarios, homeopáticos y románticos (en el sentido más inocuo de la palabra) llegas a lo más alto de la más alta torre, donde no te espera una princesa aletargada y cautiva, sino el saber más ancestral y valioso. Allí se encuentran aquellos clásicos redactados hace centurias en condiciones que ni somos capaces de llegar a imaginar; poesía del más alto calibre, casi más parecida a la orfebrería que a la propia literatura, el teatro de los más grandes, donde cada didascalia es una obra de arte en sí misma, ensayos redactados en soledad tras un poso de décadas de observación y, por supuesto, novelas y más novelas que cuentan historias de antaño con universal validez. Ha merecido la pena llegar hasta el final, donde todo los caminos confluyen. No sabes por cuál decidirte, ya que no se trata de elegir uno o dos volúmenes, sino de despreciar, aunque sea momentáneamente, cientos de autores que deberán esperar un poco más para completar el más sagrado círculo que existe: el de la culminación lectora.

«Que las librerías renacerán, como todo lo hace, y que los lectores de nuevo se sentirán orgullosos y plenos de los edificios que flanquean sus pasos rutinarios cada mañana»

Con tu presa bajo el brazo, anhelando llegar al primer rincón que te permita reposar los pasos aventureros emprendidos, sientes que ha merecido la pena la visita. En algún lugar de tu mente eres consciente de que esos lugares de culto cada vez son más especiales y más privilegiados, desgraciadamente. En otras numerosas ciudades ese ritual nunca llega a completarse, ya que al final del camino el viandante descubre que ese templo en cuestión ya no alberga tomos de papel, sino ropa, dinero o café instantáneo. Te sientes dichoso por poder seguir formando parte de esa experiencia sin parangón, en muchos casos sustituida por un simple tecleo informático totalmente impersonal y despojado de todo sentimiento. Pero en el fondo sabes que las tornas cambiarán y que la literatura volverá a ser motivo de regocijo y orgullo. Que las librerías renacerán, como todo lo hace, y que los lectores de nuevo se sentirán orgullosos y plenos de los edificios que flanquean sus pasos rutinarios cada mañana.

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