No tengo ni idea de quién es Peter Melkovian. A ver, albergo algunas sospechas (fundadas en nada, en el aire, en cómo soplaba el viento este amanecer) pero son solo eso… elucubraciones vacías.

De Melkovian solo sé que tiene una cultura inmensa, que combina divinamente lo popular y lo elevado, los conocimientos clásicos con un grado superior de frikismo. Y que Hermenaute, una editorial española, acaba de traducir (en teoría) una obra suya que tituló “El Libro de las confusiones. Magia y creación artística”. Toma, ahí es nada. Magia y creación artística.

«De Melkovian solo sé que tiene una cultura inmensa, que combina divinamente lo popular y lo elevado, los conocimientos clásicos con un grado superior de frikismo»

Veamos, algunas apreciaciones sobre la obra. La primera, fundamental… Melkovian cree en la magia. No en Rappel, ni en los anormales que tiran las cartas vestidos con túnicas para sacarle los cuartos a otros aun más anormales que ellos. No. Otra cosa. La capacidad de influir sobre la realidad, de trascender, si se quiere, a ella. ¿Hacer que se manifiesten daimones, que los días tornen madrugadas? Bueno, sí… pero no solo. O no en primer lugar. Detener el tiempo, por ejemplo. Espesar el aire de una habitación. Sentir que la trascendencia acaricia delicadamente tu espalda. Sí, Melkovian cree en la magia, entre otras cosas, porque sabe que el Arte es, en última instancia, una experiencia mágica. Una que nos es dada a experimentar a todos nosotros. Con diferentes aspectos, sin un catálogo cerrado. Quienes vibran, los que se estremecen, con una obra quizá se mantengan inermes ante otra que hace temblar a los de más allá. Esa es la gracia. Eso es lo mágico. En esa capacidad sí que creemos todos.

«Un deleite de referencias cultas y menos cultas, un “Dónde está Wally” cultural que satisfará a cualquier paladar»

Planteada la idea Melkovian empieza a juguetear con la manida autoficción a ratos, solo para hacer un pequeño inventario de cómo las experiencias artísticas se han presentado como mágicas a lo largo de la historia. O lo han sido, vaya. Insisto, el disfrute no viene de la credulidad, sino de la experiencia. Aparecen por estas páginas John Dee, claro, ese tipo que firmaba como 007 (igual les suena). También Alan Moore, que tiene tanto pelo en el rostro como historias buenas en su producción. O el metal extremo, el black noruego, esos chiflados de Mayhem que tan mal acabaron (la verdad, eso se veía venir desde el principio, amigos). También juega con la arquitectura mágica en las ciudades (seguro que alguna vez la han experimentado, aunque fuera de forma inconsciente) e incluso se pone metaficcional mientras habla de Pynchon y sus metaficciones. Un deleite de referencias cultas y menos cultas, un “Dónde está Wally” cultural que satisfará a cualquier paladar.

Quién sabe, quizá al final de todo este libro sí que deja un cierto regustillo mágico…

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