La primera vez que oí hablar de Baba Yaga fue hace unos años, paseando por las calles de Koprivnica. Se trata de una pequeña ciudad croata muy cercana a la frontera con Hungría, de donde es originaria mi pareja, Ivana. Debía de ser una de mis primeras visitas a Koprivnica, porque Ivana me estaba explicando dónde estaban la escuela o la iglesia, a qué bar solían ir, en qué tienda hacían la compra, hasta que al pasar por delante de una casa de color rosa recordó que, siendo ella niña, allí vivía Baba Yaga. A continuación se preguntó en voz alta si la vieja todavía seguiría viva y si aún se acordaría de las travesuras que ella y sus amigos le hacían: llamaban al timbre y salían corriendo, le tiraban el envoltorio de la merienda adentro del jardín, le pegaban chicles en el buzón y le gritaban «Baba Yaga» por la ventana. Cuando le pregunté qué significaba eso, me explicó que era un personaje del folclore eslavo, una especie de bruja mala, vieja y fea, que se comía a los niños, también a sus propias hijas. A la pobre señora de la casa rosa no tenía que hacerle ninguna gracia que aquellos chavales la compararan con Baba Yaga.

Me sorprendió reencontrarme con estas dos palabras en el título de la última novela de la croata Dubravka Ugrešić publicada en español: Baba Yagá puso un huevo (Impedimenta, 2020). Y no solo me sorprendió por llevar una extraña tilde en Yagá, sino por tratarse de un personaje extraño, intraducible, y por ese huevo que, no sabía yo por qué, puso. La novela sigue la línea autoficcional y miscelánea de Zorro, obra publicada unos meses antes en la misma editorial, aunque en croata Baba Yagá puso un huevo apareció unos años antes. Y si en Zorro este animal y la génesis de los relatos eran los temas que relacionaban los diversos fragmentos que la componían, en Baba Yagá puso un huevo el elemento que unifica sus dispersas partes es, cómo no, Baba Yaga o Yagá.

En concreto son tres las partes en que está dividida la novela, que arranca después de una breve pero brillante introducción que reivindica a las «Señoras mayores, pequeñas, dulces. Al principio no las ves. Pero luego, de repente, están ahí en el tranvía, en la oficina de correos, en la tienda». La primera parte es una novela corta autoficcional en la que Ugrešić habla sobre su propia madre, ya mayor y con alzhéimer u otra enfermedad de la tercera edad, a pesar de lo cual sigue siendo una mujer beligerante, presumida y obsesionada con la limpieza del hogar, una auténtica matrona eslava. Además, la escritora croata viaja a Bulgaria para visitar el lugar de nacimiento de su anciana madre a instancias de esta, que ya no puede hacerlo, en un intento de fotografiar algún lugar que despierte su recuerdo.

La segunda parte se aleja genéricamente de la primera, dando el salto a la ficción más convencional, y también geográficamente, trasladándose desde Croacia y Bulgaria hasta Chequia. Las protagonistas son tres amigas croatas de edades diferentes que van a un balneario checo porque la mayor de ellas, Pupa, decide que ya le ha llegado el momento de morir. Los diálogos sobre la muerte y la eutanasia de este Leaving Las Vegas de la tercera edad tienen un aire surrealista, como todo lo que les sucede en ese extraño balneario, regentado por un experto en longevidad vital y lleno de extravagantes personajes. Poco a poco, el lector va conociendo el pasado de las tres mujeres, a priori invisibles, que a pesar de su aparente nimiedad esconden unas vidas difíciles, en ocasiones trágicas o heroicas. Y esta es la genialidad de Ugrešić: no solo trae al presente a la mítica Baba Yaga sino que la resignifica y revaloriza en los diversos personajes femeninos.

La tercera parte de la novela da otro giro, esta vez metaficcional: se trata de una monografía sobre Baba Yaga en el folclore eslavo. Además, incluye comentarios y análisis de las dos partes anteriores, jugando borgianamente con la literatura y el lector. Aquí se evidencia la erudición total de Ugrešić y su jugada maestra: la vindicación de Baba Yaga. La bruja mala de los cuentos rusos, polacos, serbios o eslovacos es mala porque el patriarcado, temeroso de ella, la ha marginado y convertido en un monstruo. En esta línea, y sin querer desvelar mucho, el final de Baba Yagá puso un huevo es sublime; de hecho, sus últimas páginas parecen un manifiesto literario del movimiento #MeToo, pero en verdad se escribieron en 2007. Solo para llegar hasta ellas merece la pena leer la novela.

 

Hace años, paseando por las calles de Koprivnica, delante de aquella casa rosa, mi novia también me humanizó a su Baba Yaga. Una noche de Carnaval, ella y sus amigos salieron a pedir caramelos entre los vecinos del barrio. Una chica provocó al grupo: «¿A que no os atrevéis a pedirle caramelos a Baba Yaga?». Ivana y dos amigas, las más valientes, se acercaron a la puerta. Cuando llamó, sus amigas salieron corriendo, dejándola sola frente a la dueña de la casa, que acababa de abrir la puerta. No sé si por miedo, empatía e incredulidad, le cantó una canción, como es tradición. La vieja, la Baba Yaga, le puso unos bollos en las temblorosas manos y le sonrió. No se comió a Ivana y cuando esta más tarde se comió uno de los bollos, descubrió que no estaba envenenado.

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