Es una verdad universalmente aceptada que toda traducción es una traición. Pero habría que añadir a continuación que en verdad cada traición es diferente. No es lo mismo el asesinato de Julio César a manos de su amado Bruto que el fichaje de Luís Figo por el Real Madrid a golpe de talonario. No, no todas las traducciones traicionan igual.

La traducción de La biblioteca en llamas de Susan Orlean (2019, Temas de Hoy) es especialmente traidora porque traiciona la parte más visible del libro, el título, y lo traiciona mucho: el original es The Library Book. ¿De dónde han salido esas llamas?, ¿qué ha pasado con el Book? Cambiar una de tres palabras representa modificar ni más ni menos que el 33% del texto. No sé si la decisión de traicionarlo tantísimo fue del traductor o del editor, pero podrían haber elegido El libro de la biblioteca, más fiel y simple, o, al menos, El libro de la Biblioteca Central de Los Ángeles. Además, le añadieron un subtítulo que la versión original no tiene y que, como la traición del título, más que explicativo es reductor: «Historia de un millón de libros quemados y del hombre que encendió la cerilla». Las llamas, el millón de libros quemados, el hombre de la cerilla: parece una novela policíaca o un true crime, pero nada de eso aparece en la portada original. ¿Se puede ser más traidor en una sola página?

Lo peor de las traducciones más traicioneras es que pueden alejar demasiado del texto original al lector sin que este se dé cuenta nunca, convirtiéndose en la traición perfecta. Pero si el lector de La biblioteca en llamas se acerca sin prejuicios al libro, pasa el traicionero título y lee lo que sigue, en seguida se da cuenta del desajuste entre lo prometido por la portada y lo ofrecido en el texto. Leídas unas cuantas páginas, se descubre fácilmente la traición.

Porque La biblioteca en llamas no es solo un reportaje del incendio que el 29 de abril de 1986 destruyó buena parte de la Biblioteca Central de Los Ángeles y quemó gran cantidad de libros (en concreto, 400.000 libros fueron quemados y 700.000 quedaron dañados; ese «millón de libros quemados» del subtítulo también es muy traidor). El libro de Orlean no es solo una investigación del origen del incendio, cuyo sospechoso principal era Harry Peak, un bocazas aspirante a actor que confesó haber quemado la biblioteca y luego se retractó y nunca fue condenado. No: el incendio, la destrucción de la biblioteca, la investigación policial y la biografía del peculiar Harry solo son el pretexto, el punto de partida de una crónica mucho más ambiciosa. En realidad, La biblioteca en llamas relata buena parte de la historia de Los Ángeles y de su Biblioteca Central, expone las múltiples funciones que esta institución casi centenaria tiene hoy en día y reflexiona sobre el futuro de las bibliotecas en nuestro mundo hipertecnologizado. Presente, pasado y futuro de las bibliotecas se encuentran en la obra de Orlean, que tiene algo de crónica, de ensayo e incluso de autobiografía, pues la autora también habla de su relación personal y familiar con las bibliotecas. De ahí que el título original, más genérico, sea mucho más adecuado que el título traicionado.

Pero por todo esto resulta verdaderamente sorprendente que la crítica profesional se haya tragado la traición de la portada. Todas las reseñas de La biblioteca en llamas que he leído mencionan las llamas y el humo, la investigación, el sospechoso Harry Peak, los libros destruidos o que el incendio tuvo lugar pocos días después del accidente nuclear de Chernóbil, por lo que la atención mediática se desvió hacia el otro lado del Telón de Acero. Pero no dicen nada más sobre el resto del libro: ponen el énfasis mediático en el incendio. Se me ocurren tres explicaciones para este curioso fenómeno periodístico: o bien los reseñistas de El País, La Vanguardia, El Periódico, The Objective, La 2 Noticias y eldiario.es apenas han hojeado el libro, o bien no han entendido nada, o bien solo querían resaltar su aspecto más llamativo. En un caso el pecado es la pereza; en el otro, la negligencia; en el último, el amarillismo.

El lector que lea toda La biblioteca en llamas descubrirá en seguida que la investigación del incendio no es muy interesante y que la biografía de Harry Peak no se sostiene por sí sola. Por contra, los capítulos que Orlean dedica a hablar con diversos bibliotecarios, desde la base hasta la cúspide jerárquica de la institución, son fantásticos: descubrir su amor por el trabajo y sus problemas diarios sí merece la pena. También merece la pena descubrir la función social de la Biblioteca Central de Los Ángeles, pues trata de acercar los sin techo a la sociedad (y viceversa) y ofrece, entre otros, cursos de educación sexual para adolescentes. Y descubrir la historia de la biblioteca angelina, que empieza a mediados del siglo XIX, fue pionera en la contratación de bibliotecarias mujeres y en 1905 sufrió una Gran Guerra de la Biblioteca entre quienes apoyaban a Mary Jones, directora de la biblioteca despedida solo por ser mujer, y quienes defendían al excéntrico Charles Lummis, el poeta y periodista que acabaría arrebatándole el puesto a la legítima directora. Y leer la crónica de la conferencia de la Asociación de Bibliotecas de los EE. UU. de 2013, donde se discutió el futuro de la biblioteca como institución.

Pero lo más irónico de leer La biblioteca en llamas es descubrir que, probablemente, el gran incendio fue un simple accidente. El edificio de la Biblioteca Central de L. A., construido en 1926, envejeció mal y la ciudad no se preocupó de reformarlo, por lo que, además de estar sucio y malogrado, tenía muchos problemas de seguridad y de ventilación. En verano, los bibliotecarios se quejaban de que las temperaturas dentro del edificio superaban casi a diario los 30 ºC. Con tantos grados y tantos libros, lo raro es que la biblioteca no se incendiara antes.

Entre finales de mayo y principios de junio de 2019, las bibliotecas públicas de Barcelona convocaron tres huelgas para protestar por sus malas condiciones laborales y exigir más inversión en personal, servicios e instalaciones. Y desde el 27 de junio, una de estas bibliotecas públicas, la Joan Oliver del barrio de Sant Antoni, permanece cerrada por un problema con la climatización. Esos días la terrible ola de calor elevó la temperatura de Barcelona hasta rozar los 40 ºC. Después de leer La biblioteca en llamas, sabemos que no hace falta ningún hombre de la cerilla para que ocurra una desgracia. Pero sobre todo sabemos que hay que valorar las bibliotecas y apreciar el trabajo de los bibliotecarios y bibliotecarias. Las llamas de las bibliotecas son la precariedad laboral y el descuido institucional.

Biblioteca Sant Antoni-Joan Oliver; fotografía de la escritora barcelonesa Tina Vallès, compartida en su Twitter y utilizada con su permiso

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